En 2002 en el programa El Termómetro —que tuvo su primera temporada en 2000 y se extendió hasta 2006— un grupo de panelistas discutía la performance creada por el argentino Luizo Vega y que había capturado la atención pública. La performance consistía en los desnudos callejeros que protagonizaba una joven apodada Baby Vamp.

Los desnudos de Baby Vamp eran momentos fugaces que Vega preparaba convocando a la prensa. La chica aparecía repentinamente en alguna calle de Santiago junto a su mentor, cubierta con un impermeable del que se despojaba por algunos minutos. Los medios elevaron a la dupla al rango de celebridades contraculturales del pop. Todo esto sucedía en pleno auge de las fotografías de Tunick y la moda de los cafés con piernas.

El Termómetro convocó a Vega junto a un grupo de personalidades para hablar sobre el trabajo artístico ejecutado por Baby Vamp. La conversación desembocó en una gresca. El argentino fue insultado, agredido e incluso tratado de pedófilo al aire. El debate no fue tal, sino más bien un juicio a la calidad moral del invitado y una reivindicación al insulto y la homofobia. El espacio, en cierta medida, se encargó de tomar la temperatura de los valores imperantes.

El programa Modo Termómetro recién estrenado por Chilevisión, es una puesta al día de su antecesor, pero en condiciones diferentes. Por lo pronto los nuevos estudios del canal, permiten una puesta en escena más amplia, inspirada al parecer en El Informante de TVN.

Hechizada

La producción del programa enfatiza, además, la participación de la audiencia a través de las redes sociales, en un gesto que se supone que lo pone al día con los tiempos. El problema es que el espíritu de hace diez años sigue imperando en el enfoque de los temas que se ponen sobre la mesa, pese a los beneficios de Twitter y Whatsapp. Hay una persistencia en la forma de entender el debate tal y como sucedía en 2002; la manera que se asume como la exposición de una sociedad binominal que a estas alturas resulta un pelín añeja: para hablar de un libro de sexo se convoca a un obispo, a un siquiatra y a un activista gay.

En ese sentido el Modo Termómetro no sería otra cosa que el espacio en donde los extremos se encuentran para expresar lo que piensan con el apoyo de ‘expertos’ que la mayoría de las veces no son más que activistas. La ciudadanía debería estar interpretada por ellos, del mismo modo en que alguna vez otros expertos como el seudo economista Rafael Garay o el comentarista Ricardo Israel encarnaban la voz de los sin voz.

Modo Termómetro necesita algo más que un ajuste tecnológico para ponerse al día con la época: entender que es necesaria una manera más fresca de enfocar los conflictos y un nuevo repertorio de voces para abordarlos.