Chillán era su lugar en el mundo, de eso no tenía dudas. Le gustaba estar ahí, cabalgando sin horarios, con más de una docena de perros que ladraban a su alrededor. Así quería vivir el resto de su vida, sin despegarse del todo de la televisión; idealmente con un estelar que no le exigiera trabajar más de tres días a la semana. Un sueño postergado, se diría. La última vez que habló de eso fue en las vacaciones que inició a mediados de agosto junto a su pareja Fernanda Hansen, y a colaboradores y amigos cercanos, pocos días antes de subirse al avión CASA 212 de la FACH con otros 20 tripulantes, entre los que se encontraban el líder de Desafío Levantemos Chile, Felipe Cubillos, un equipo de TVN y representantes del Ministerio de Cultura.

Era entonces, al recorrer sus 195 hectáreas ubicadas camino a Coihueco, cuando Felipe se sentía un hombre feliz. El campo había sido un viejo anhelo que partió al conocer a su amigo del alma, Luis García, integrante de la familia que lo incorporó como un hijo más. Había bastado el compartir un fin de semana a punta de risas y canturreo a inicios de los noventa. Era la época en que incursionaba por segunda vez en el área dramática de la estación pública —cuando encarnaba a Javier Escudero el antagonista que pretendía el amor de Angela Contreras en la telenovela Rojo y Miel—. Como su personaje era un polero quiso entrenarse en la Escuela de Equitación de Carabineros. Ahí se contactó con al coronel Juan García, hermano de Luis. Bromista y relajado, no demoraron en convertirse en compinches. Al poco tiempo, era uno más de la familia: al padre Juan Luis García lo bautizó como “ídolo” y a su mujer la llamaba cariñosamente “Silvita”.

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Con las tres generaciones de los García creó un lazo tan profundo que planeaba construir su casa en el campo vecino al de ellos. Era tal la cercanía que muchas veces llegaba de madrugada, se metía por la ventana y se acostaba en una pieza que, a fuerza de uso, consideraba propia. No le avisaba a nadie. Cuando no, eran los García los que pasaban largas temporadas en la parcela donde vivía el animador, en el sector de Medialuna San Guillermo, en Colina.

Campo lindo le hace honor a su nombre. La belleza de la región del Biobío está ahí. Tiene cerca de tres hectáreas de humedales que evocan a las colinas valdivianas. Esta es la primera vez que los García abren las puertas de ese mundo que compartían con  el animador que amaba la comedia, los asados y los boleros de Lucho Barrios. Todos los intentos anteriores por entrevistarlos chocaron con una barrera que ellos mismos levantaron con una mezcla de pena infinita y de mucho respeto a la intimidad de Felipe. Logramos atravesar esa muralla con el compromiso de que este álbum de Chillán fuera un homenaje a su memoria, a tres años de su partida.

“Cuando vino la primera vez Felipe se puso a cantar y altiro engancharon con mi papá. Yo estaba un poco impresionado porque nunca había visto a nadie de la televisión. Al otro día armamos panoramas para ir a andar a caballo o salir en moto. Mi papá tocaba acordeón y cantaba. Juntos planeaban la fiesta… ¡Cómo se reían!”, cuenta Luis, mientras avanzamos por un estrecho camino de piedras que Felipe recorrió muchas veces. Los queltehues cantan. El cielo es casi naranja.

“Curiosamente la primera vez que él visitó la zona, vinimos a cazar perdices precisamente a este lugar. Y la última vez, para sus vacaciones, estuvimos quince días juntos con muchas actividades: recorrimos el campo, revisamos los animales… El siempre quería hacerlas todas. Era un tipo muy entretenido, con mucho cuento y ganas”, recuerda.

El viento que comienza a soplar anuncia el aguacero que caerá después. A lo lejos se ve la Cordillera de los Andes y los volcanes de Antuco, Linares y Chillán. La puerta de entrada al terreno da cuenta de la entrañable amistad que construyeron los García con el animador: ahí, junto a una foto de Felipe, la gente ha levantado una especie de pequeño altar con flores y velas que se renuevan periódicamente. Si la verdadera muerte es el olvido, Felipe no puede estar más vivo. 

La verdad es que ahí, en Campo lindo hay recuerdos suyos por todas partes. Están las anécdotas y también la mesa de centro en forma de herradura que Felipe se empeñó en construirle a “Silvita” durante unas vacaciones, o una campana que logró rescatar del incendio de su casa en Chicureo. El registro fotográfico familiar está plagado de imágenes de quien fuera animador del Festival de Viña.

“Si a Felipe le hubiera faltado un riñón yo se lo doy y no tengo ninguna duda que él habría hecho lo mismo por mí. Una vez estábamos en España y los zapatos me hicieron una herida; entonces él me dijo: ‘No te preocupes, toma…’; me pasó los suyos y rápidamente se puso los míos. Era un gallo muy bueno, auténtico, de una lealtad única, solidario, siempre preocupado de ayudar a los demás. Nunca dijo que no a un beneficio y la gente constantemente le estaba pidiendo cosas. No hay día en que no nos acordemos de él”, confiesa con los ojos húmedos.

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La tragedia que enlutó al país hace tres años tuvo efectos devastadores en el patriarca de los García. Se deprimió, casi no comía… Al cabo de seis meses, murió. “La última vez que hablamos con Felipe me dijo: ‘Cuiden mucho al Idolo que está más viejito’. Le preocupaba, pero mi papá estaba bien, tenía más de 80 pero los llevaba impecable. Después del accidente, sin embargo, se vino en picada… ”, relata Luis, y es inevitable que haga una pausa antes de seguir… “Lo que más le gustaba era echar los caballos al camión y subir arriba hasta Aguas Calientes y Pichirincón, al otro lado de la cordillera donde viven los baqueanos que cuidan sus ovejas. Cuando recién compró el campo, trajo a toda la familia. A su padre, a sus hermanos Pancho, Paula y Soledad, a su amigo Daniel Sagüés y a Paco, el marido de su mamá. No había nada, apenas una casucha, pero él quería estar con todos y compartir esa tremenda alegría. Llegó con los coolers llenos para el asado. Un tiempo le dio por la carne de wagyu pero al final lo que más le gustaba era la plateada al palo”.

Al patriarca le había hecho la promesa de que su primer hijo iba a llevar su nombre, Juan Luis. Se querían mucho y Felipe se sentía a sus anchas con él: a veces se metía a su cama para tomar el desayuno juntos. Con él se mataba de la risa. En esa casa era pura espontaneidad. Una vez llegó arriba de un descapotable y fueron todos a Cobquecura, a casi 100 kilómetros de Campo lindo.

“Hay secretos de mi padre que Felipe supo antes que nosotros… Un día le preguntó cuál era el mejor perro que había tenido, y mi papá le dijo: ‘Un dratar alemán’ y como Bibiano (Castelló) estaba en España, le encargó uno y en cuanto llegó a Colina lo bautizó como Boss. Era muy malcriador, cuando aparecía por mi casa de un chiflido invitaba a mis perros a dormir con él, comía carne y les daba las grasitas. Nunca los supo domesticar, sus perros hacían lo que querían con él”, dice Luis.

Con el tiempo los García se vieron obligados a abandonar el campo. Cuando supo que se iban a vivir a Chillán, inmediatamente Felipe les ofreció comprar unas tierras para que pudieran vivir como en su casa. Ahí empezó una búsqueda intermitente que culminó apenas tres meses antes de su muerte. “No ‘Idolo’… ¡cómo se va a ir a vivir a la ciudad si usted es un hombre de campo! Yo voy a comprar unas tierras”, le prometió Felipe a quien consideraba como su segundo padre.

En esas últimas vacaciones —en las que estuvieron la pareja de periodistas Gonzalo Ramírez y Paloma Armijo junto a su hija Emilia—, el animador logró cumplir con su palabra. Y lo celebró en grande. Como Juan Luis y Silvita estaban pasando una temporada en Licanray, en la península del lago Calafquén, mandó a buscarlos con Abel —su mano derecha, lo llamaba mi gancho. Dentro de sus planes estaba construir una pista de aterrizaje. “Imagínate que antes que existieran los celulares venía en avión y daba vueltas por el campo en el que vivían mis papás y ahí partían todos al aeródromo. Es por eso, porque volé con él, que sé que si hubiera sabido realmente las condiciones del vuelo a Juan Fernández nunca se hubiera subido a ese avión. Muchas veces me vine con él a Santiago y sé lo preocupado que era; revisaba cada detalle, la bencina, que todo estuviera perfecto… Era en extremo meticuloso. Creo que ese día algo debe haberle dicho a los pilotos, debe haber tratado de ayudar; frente a la emergencia, seguro que no se quedó callado”, afirma con convicción.

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Campo Lindo fue la primera de las propiedades que la familia decidió vender tras la muerte del creador de Washington y Luciano Bello. El comprador fue un primo de Luis García que actualmente vive en Punta Arenas. Mientras avanzamos hacia su casa nos dice: “De alguna manera el plan de Felipe sigue en marcha aunque él ya no esté físicamente. Claro, cuando miro la televisión ya no encuentro un tipo tan simpático como él”. Cuando volvemos a cruzar por la puerta —esta vez para salir— un grupo de mujeres coloca una ofrenda bajo la foto del animador. 

Ese fatídico viernes 2 de septiembre Daniel Sagüés, amigo y director de los programas más emblemáticos del conductor —desde Pase lo que Pase a Animal Nocturno—, lo llamó cerca de las cinco de la tarde pensando que ya había llegado a la isla de Juan Fernández para saludarlo y pedirle un dato de un auto que quería comprar. Un rato después, luego de que una amiga le contara que habían parado las prensas de un conocido matutino a raíz del accidente del avión CASA 212 en el que viajaba Felipe, partió al canal… No tenía dudas de que su partner televisivo estaba con vida.

Se habían conocido en los pasillos de Chilevisión —entonces RTU—, cuando Felipe era un galán engominado y él —El huevito, como lo conocen en el ambiente televisivo— formaba parte del área deportiva de la estación. Hicieron algunas cosas juntos pero la sincronía artística se produjo cuando emigraron a Bellavista 0990 para ser parte del Buenos Días a Todos. Una vez les tocó hacer un móvil para enseñarle a la gente cómo comportarse arriba del transporte colectivo.

“Ahí se disfrazó por primera vez de Washington y yo de Rudy, dos personajes populares a los que les costaba seguir las normas. Nos reímos mucho aunque a veces la ansiedad nos jugaba en contra. Hasta un día en que nos juntamos en el estacionamiento y Felipe me dijo: ‘Tenemos que definir quién va a ser el chistoso. No podemos ser los dos’. Y yo le dije: ‘Bueno, sigue tú solo y no me pidas más ayuda’. Después, cuando le recordaba el episodio, me lo negaba”, cuenta Sagüés.

Como para muchos amigos de Felipe, ese viernes negro de 2011 marcó un quiebre dramático en la vida de Daniel Sagüés. Bajó varios kilos, se replanteó su carrera y dejó la televisión momentáneamente, aunque espera volver a conectarse con el proyecto de televisión pública que junto a Felipe Camiroaga —dice— quisieron sacar adelante. “El plan de Felipe era realizar un estelar una vez a la semana y el resto del tiempo pasarlo en Chillán. Siempre decía que a los 40, pero después empezó a anunciarlo para los 45; lo iba aplazando, pero quería hacerlo… Para quienes pudimos conocerlo, su vida era sencilla pero muy atractiva. Fue la envidia de tantos; era famoso, soltero, tenía carisma y dinero. Hay muchos animadores que empiezan a ser famosos y cuando ganan plata ya están casados. Entonces tienen que cuidarse de que no los pillen en nada paralelo; él, en cambio, hacía lo que quería”, sostiene.

—¿Qué crees hubiera opinado de las biografías?

—No le habrían gustado porque siempre resguardó su vida privada. Hacía televisión porque le gustaba no porque quisiera ser famoso. Jugaba el juego de la farándula y no le molestaba, pero lo que realmente le cargaba era el cahuineo mal intencionado que busca dañar gratuitamente, que desliza conjeturas, supuestos y asociaciones antojadizas, del tipo: ‘miren salió con ella pero la semana pasada salió con otra y con otra’. Eso no lo soportaba, menos cuando se trataba de alguien que, como él, estaba soltero.

Hubo dos situaciones vinculadas al programa Primer Plano que le dolieron especialmente. La primera, cuando dijeron que era gay. Sufrió mucho. “En esa oportunidad, yo estaba con él y fue la primera vez que lo vi llorar como cabro chico. Más que nada porque hablaban de su mamá… de que cuando era niño lloraba cuando veía la serie de dibujos animados Marco. Entre lágrimas, me dijo que efectivamente le ‘cagaba la onda’ porque se sentía identificado con ese niño que recorría el mundo en busca de su madre. Ese fue uno de los episodios más pencas que vivió en su carrera”, detalla Sagüés.

—¿Hay alguien de la televisión actual con quien compararlo?

—Creo que hasta ese minuto la imagen del animador de televisión era muy importante, decisiva. Hoy, sin embargo, los programas funcionan independiente de quien esté al mando. Con su muerte hay algo que ya no tiene esa fuerza. Se produce un quiebre en TVN, entre su gente, muchos se fueron, y otros se quedaron conviviendo con una tremenda pena que no les permitía seguir adelante.

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Esa tristeza constante es la que acompaña día a día a la persona quizá más decisiva en la vida del animador: su padre Jorge Camiroaga Puch. Tras una serie de intentos fallidos, a través de intermediarios y directamente, logramos conversar con quien debió asumir el rol de padre y madre de Felipe cuando María de la Luz Fernández partió a España después de la separación. A sólo minutos de iniciado el encuentro, Jorge deja ver la intensidad del recuerdo y también la pena de no tenerlo más a su lado. “¿Sabes lo que es sentirse adorado por un hijo? Son cosas entrañables y por eso lo echo tanto de menos. Mis recuerdos son de amistad, compañerismo, respeto y cariño”, dirá en un tono muy bajo, como susurrando y con un par de lágrimas que le asoman.

El encuentro se concreta gracias a uno de los mejores amigos del animador, Ernesto Mosso, el destacado joyero argentino avecindado en Chile hace más de dos décadas. Unidos por la pérdida, el amigo y el padre de Felipe crearon un lazo tan profundo que ellos mismos hablan de una adopción mutua y las miradas de cariño que nacen a lo largo del diálogo así lo comprueban. “Yo estoy bien, pero la pena no se va nunca, se le echa tanto de menos”, dice el padre del mítico animador. 

En la joyería Mosso —donde nos juntamos con ambos—, hay varios detalles que evocan a Felipe Camiroaga. Lo primero, una fotografía de los dos, muy compinches, en la primera versión de la Copa Mosso. Ernesto la mira y recuerda como si fuera ayer: “Ese fue el torneo de polo que hizo Felipito. ¿Ves la copa? Me la regaló en su cancha, en su casa. Todavía recuerdo cuando me dijo que lo hiciéramos, y yo le dije ‘bueno dale, pero con tu auspiciador’ y él me contestó: ‘no, tiene que ser la Copa Mosso, Ernestito’. Cuando se le metía algo en la cabeza, no había nada que hacer”, confiesa entre risas.

Ambos se conocieron cuando recién comenzaban a brillar. Uno como rostro de RTU en el Extra Jóvenes y el otro al mando de la joyería Antique & Geneve. Con el tiempo comenzaron a toparse en eventos sociales, pero lo que los unió finalmente fue el polo. “La pasión por los caballos, la adrenalina y el contacto con la naturaleza nos conectó a un nivel más profundo. El era una persona muy simple pero con una gran intuición y sabía muy bien a quién entregarle su confianza. El compartir los fines de semana con mis hijos, mi mujer, su padre Jorgito y con su hermanita fueron instancias muy lindas”, cuenta con emoción, al punto que reconoce que sin él “este hobby no es lo mismo de antes”.

Ernesto recuerda que, en sus tiempos libres, ‘El potro’ –así se referirá a Felipe varias veces a lo largo de la entrevista— soldaba y hacía artesanías, entre estas una parrilla de la que el joyero ‘se enamoró’ y que finalmente terminó obsequiándole. Se reunían en la parcela de Felipe, ubicada en la medialuna de San Guillermo, en Colina, detrás del cerro que volaron para construir la pista que une Chicureo con Vitacura.

Para sus hijos, el animador era simplemente el tío Felipe. “De hecho La negrita, mi hija del medio, que es bien pícara, le pedía muchos autógrafos y Felipito le preguntaba: ‘¿por qué tantos, Marina?’, y ella le respondía que la profesora de matemáticas la había suspendido, entonces le quería llevar uno para arreglar este asunto”, explica.

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Jorge lo interrumpe para contar que su hijo le dejó “una cosa” a Ernesto. Ernesto se ríe y relata que días después de la tragedia, un trabajador del campo no dejaba de mirarlo raro. Le decía ‘don Ernesto’ y después bajaba la vista. “Hasta que de repente me confesó: ‘La verdad es que soñé con don Felipe y me mandó a decirle que está bien y que lo quiere mucho, pero el sueño es raro, porque me pide que usted cuide de Rita’…  y yo pensé: ‘¿Quién es Rita?’. Dos o tres días más tarde llamo a Jorgito y le digo que estaba complicado con este tema y se mató a carcajadas”.

Rita era la mona de la raza papión sagrado, una de las mascotas regalonas de Felipe, desde que la llevó a su casa luego de que fuera rechazada por sus pares en el Zoológico Metropolitano. “Ernesto pensó que era una niña. Entonces, su situación era compleja porque un hombre casado con hijos hacerse cargo de una niñita… No era fácil”, explica Jorge.

La agenda le jugó a favor al joyero argentino. Por poco Mosso se sube a ese fatídico vuelo. Semanas antes de ese viernes 2 de septiembre, Felipe lo había invitado a acompañarlo en el viaje a Juan Fernández, pero la fecha coincidía con un rally de autos clásicos que partía desde su joyería, y no tenía cómo excusarse. “Incluso recuerdo que me dijo: ‘ya Ernestito, entonces vamos en octubre’… En eso quedamos”.

La mañana del 2 de septiembre, Mosso tenía una entrevista para el noticiero matinal. Se puso una chaqueta que ‘El halcón de Chicureo’ le había regalado, luego de subastarla en un remate en ayuda de los damnificados del terremoto. “No tengo idea por qué la saqué si me quedaba enorme. Era de los 100 años de Indianápolis, llena de parches, una edición limitada. Al llegar a la entrevista, recuerdo que el gerente del Club de autos clásicos me pidió que me pusiera otra cosa y yo le dije: ‘No, ésta me la regaló Felipito, déjame usarla’. A las 7.55 recibí un mensaje de mi compadre que decía: ‘Linda la parka, ja ja ja’. Fue mi última comunicación con él. Pero muchas veces siento que ‘El potro’ no se ha ido”.

Durante estos tres años, al padre de Felipe se le han acercado innumerables desconocidos para agradecerle acciones de su hijo hacia ellos. “El definitivamente no era de este mundo. Creo que los grandes como él dejan muchas cosas por hacer”.

Ese sentimiento lo comparten no sólo los que los rodearon sino también los que lo convirtieron en una de las figuras más queridas y exitosas de la televisión chilena.

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En cuanto al accidente mismo, aunque la justicia avaló la tesis de que la responsabilidad recae en los pilotos Carolina Fernández y Juan Pablo Mallea —rechazando las demandas de los familiares de todas las víctimas—, para sus cercanos resulta incomprensible que nadie responda por la cadena de errores que antecedieron al colapso de la aeronave. Desde la elaboración del plan de vuelo en adelante. “La FACH le debe una explicación al país y a los Tribunales de Justicia”, dice una amiga que prefiere mantener el anonimato para no ser tildada de oportunista. “Su partida fue uno de los golpes más fuertes de mi vida y lo peor es que se podría haber evitado. Este accidente es fruto de actitudes imprudentes”, afirma con la voz quebrada.

Después de la tragedia, la asistente privada del animador Rosa Elena Aravena también dio un giro radical. Abandonó Santiago y se refugió en la región de Magallanes, una zona que muchas veces visitó junto a Felipe a raíz de un ambicioso proyecto de conservación de halcones que el animador se proponía concretar. Actualmente, vive en Seatle y está decidida a mantener silencio absoluto sobre el hombre que conoció cuando recién llegó a TVN, cuando ella era la secretaria ‘buena onda’ que se encargaba de pagarle las cuentas y él, una joven promesa que ya despertaba el interés de los críticos de la industria por su carisma, empatía y su estilo auténtico y juguetón, que a poco andar lo convirtió en el favorito de la audiencia y en especial de las dueñas de casa.

A 36 meses desde la última vez que condujo el Buenos Días a Todosla herida de su muerte y de los otros 21 pasajeros del CASA 212, aún sangra… Pese a los clamores de familiares y amigos, el dictamen de la Justicia no ha arrojado nuevas luces sobre la investigación: el pasado 28 de junio la fiscal judicial de la Corte Suprema, Mónica Maldonado, recomendó al máximo tribunal confirmar el sobreseimiento definitivo de todas las causas relativas al accidente, ya que, a su juicio, la responsabilidad recaería en los pilotos fallecidos.

Mientras, en el paraíso personal de Colina, sus hermanos Francisco y Soledad habitan las cuatro hectáreas donde el comediante fue feliz sintiendo el sonido del silencio, caminando por los cerros y compartiendo con sus animales y con sus mejores amigos. Hace un tiempo murió Barquillo, el caballo que Mario Kreutzberger le regaló poco antes del accidente, y que desfiló en la ceremonia de su adiós junto al Orfeón de Carabineros. Inexplicablemente empezó a perder el pelo y, pese a los cuidados veterinarios, de un día para otro dejó de respirar. “Prefirió cabalgar con él en los cielos que quedarse en la tierra”, dice un amigo, compañero de interminables sesiones de pool en el subterráneo del animador, y a quien Camiroaga ayudó a salir adelante económicamente tras dos fallidos negocios.

Hace pocas semanas también partió su perro regalón Santos. El Staffordshire bull terrier, al que Felipe le decía ‘mi guatón’, era parte de la manada de ejemplares de raza y quiltros que él recibía sin distinción alguna; el mismo que sobresalía sobre el resto era por el entusiasmo y cariño apasionado hacia su amo. “Lo llevaba a viajar, era su perro más partner. Al fin se va a reencontrar con su dueño”, dice Ernesto Mosso, quien para este tercer aniversario planea salir de Chile para evitar revivir la tragedia. Nunca más prendió TVN y jamás volvió a Chicureo, el lugar donde vio cómo su amigo plantaba las palmeras que rodean la cancha de polo. “Uno aún espera que vuelva”, dice emocionado.

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Entre los trabajadores de la zona, recuerdan a Felipe con asados y cerveza. “Ahora tenemos que tomar lo que alcanza nomás”, dice un petisero de una parcela cercana. “Al igual que su vecino Alberto Bionda, Felipe era un caballero. Bueno de verdad, generoso como pocos y tan divertido… ¡cómo nos hacía reír!, era igualito que en la tele. Si nos trataba a todos por igual. ¡Cómo no lo vamos a extrañar!”.

Así, mientras los recuerdos brotan, el sol de invierno desaparece entre los cerros de Colina; un sol que no alcanza a entibiar la esperanza de quienes esperan por un regreso imposible.