Hay programas que se van puliendo al aire, se afirman en la medida que existen y otros que derechamente de ser originalmente una cosa terminan transformándose en algo muy diferente. Mentiras verdaderas de La Red es del segundo tipo. En sus inicios era una especie de late con ambiciones: un conductor de carácter junto a una rotativa de invitados y panelistas que debían hablar sobre la actualidad con liviandad y agudeza.  El espacio remataba en la presentación de una banda nacional con despliegue en vivo. Todo indica que el esquema no surtió el efecto esperado y rápidamente el espectáculo fue podando elementos, simplificando las aspiraciones, aplanando el formato, es decir, chilenizándose.

El proceso de chilenización de Mentiras verdaderas significó una cada vez mayor relevancia del conductor. Eduardo Fuentes pasó de articular un programa con exigencias de malabarista, a sostener uno de entrevistas diarias que remataba en una suerte de carnaval de chistes sobre sexo reservado a los días viernes, la única forma de rasguñar la sintonía de Primer plano. Fuentes creció, se fogueó y finalmente abandonó La Red para volver fortalecido desde donde había salido: Canal 13.

El cambio de conductor fue la última mutación de un espacio que redujo ostensiblemente sus ambiciones iniciales. Jean Philippe Cretton reemplazó a Eduardo Fuentes y continuó la senda del entrevistador cómplice, aquel que pregunta jugueteando, aunque en su caso extrema la táctica con alevosía. En la entrevista al ex candidato Laurence Golborne —el que fue invitado junto a su hija— parecía estar tratando de conseguir una cita con Ignacia Golborne, un coqueteo que pudo haber sido simpático en una pregunta, pero que cuando se extiende sin límite lleva a la audiencia a la incomodidad y la vergüenza ajena. Cretton aún no se sacude de muchas de las claves chinchosas del programa juvenil que condujo en TVN. Cuando logra dejarlas de lado la conversación fluye y es posible asistir a epifanías como escuchar a Paloma San Basilio hablar de política, de la ‘erótica del poder’ y de la ocasión cuando en plena dictadura quisieron censurarla en el Festival de Viña. Falló, eso sí, en algo: No aprovechó el momento de preguntarle por su supuesta relación con el rey Juan Carlos.

El problema más grave del programa surge cuando el entrevistado es invitado por razones de sospechosa calaña, como la entrevista a Jorge Romero Firulete. Aquella entrevista reaviva un fenómeno local: la tendencia de los humoristas chilenos a apelar a la lástima del público en algún punto de su carrera.

Mentiras verdaderas tiene el encanto del programa que se sabe humilde, cierto guiño del viejo canal Rock and Pop que podría modernizarse y una variedad de invitados que puede ensanchar el horizonte cuando no cae en el sótano del patetismo más propio de la chimuchina farandulera de la que debiera tomar apropiada distancia.