Un puñado de competidores se enfrenta a tres reputados cocineros que evalúan sus habilidades culinarias. La idea parece sencilla, pero traducirla en un programa de televisión no lo es.  ¿Cómo lograr en cada capítulo una tensión tal que el espectador no quiera cambiar de canal ni apagar el televisor pese a la hora de emisión? ¿Cómo hacer para que el acto de cocinar en cámara luzca como algo digno de presentarse en pantalla? ¿De qué manera pueden los competidores —personas comunes y corrientes— alcanzar el estatus de personajes sin que muestren el cuerpo ni se involucren sentimentalmente? Todas esas preguntas que no encontraban respuesta en Top Chef de TVN —técnicamente desprolijo y narrativamente tedioso— la encontraron en MasterChef de Canal 13.

La principal diferencia entre los dos formatos es que mientras Top Chef hacía competir a cocineros profesionales, MasterChef reclutó aficionados. Esto, a la hora de elaborar un reparto variado de personalidades, debió jugar a favor de la apuesta del Trece que logró la popularidad y sintonía que no tuvo el programa de TVN.

El espacio muestra un crisol de personalidades como pocas veces es posible ver en la televisión chilena, tipos humanos alejados del racismo tácito que impera en la pantalla y que convocan una diversidad inusual en horario estelar: un par de estudiantes, algunas dueñas de casa, un recolector de basura, un ex jugador de fútbol, un profesor con look rockabilly, una asistente de vuelo retirada, una anciana, un inmigrante español y tres severos jueces que no titubean a la hora de aleccionar a los pupilos. Las breves confesiones a la cámara, en dosis justas, dan cuenta de las aspiraciones y rivalidades de cada uno de ellos, desde la dulzura empalagosa de la octogenaria Eliana, hasta las reflexiones insólitas de Karla pasando por el humor escéptico y coqueto de Leo. 

La nitidez en el perfilamiento de los rasgos de cada quien ha sido fundamental para el ritmo del programa, no sólo en el caso de los competidores sino también en el de los jueces. Los tres chef han encontrado un rol que les acomoda y son vestidos con particular cuidado para ejercerlo. Está el duro, pero comprensivo encarnado por Christopher Carpentier, el rol paternal del italiano Ennio Carota y el villano Yann Yvin quien ha logrado hacer del maltrato una especie de retórica artística, estableciendo una relación de dependencia sadomasoquista con gran parte de los competidores. 

 En suma MasterChef es más que una receta bien lograda, una diversión bien preparada.