Martín Cárcamo Papic (38 años, casado, 3 hijos) se baja de una van medio de incógnito, con boina y de inmediato parte riéndose de sí mismo. No viene manejando y ya no tiene problemas para buscar estacionamiento. La camioneta lo pasa a buscar y a dejar como si fuera el pasajero inquieto de un transporte escolar. Y él, obediente, no se hace problema. Desde su detención en enero por manejo en estado de ebriedad que tiene su licencia retenida.

“Hay mucha gente que dice ‘bueno, a todos nos ha pasado’. Es verdad, mucha gente ha vivido algo así, pero tuve la suerte de que no hubo ni un accidente ni lesionados.  Además, tengo una obligación y una responsabilidad como comunicador e  inmediatamente enfrenté el tema con la verdad, sin decir las cosas a medias o tratar de sacarle ventaja al tema por sintonía”, cuenta.
Y  ahora, aunque estaba de vacaciones, se dispone a una larga sesión de fotos y entrevista. Impaciente pero relajado, se ríe del increíble bronceado de su asistente y de sus vacaciones en Italia, mientras él con suerte va a Maitencillo, dice entre bromas.

La gente se le acerca y él no para de conversar, de copuchar, tal como lo hacía de chico en Viña del Mar cuando su casa se llenaba de mujeres que iban a hacer cursos de manualidades con su mamá. Ahora, como uno de los rostros más importantes de Canal 13 y con casi 18 años en televisión, Cárcamo sigue en lo mismo. Conversador, bueno para la talla pero siempre disponible para generar espacios de intimidad y para hablar sin caretas.

Tras meses pesados, parece haber madurado bastante. El eterno reemplazante y rostro promesa se estabilizó. Finalmente, Bienvenidos, luego de duras batallas, le está ganando la pulsada en rating a Buenos días a todos; ya está preparando la segunda temporada de Vértigo (que vuelve a pantalla este mes) y además se da tiempo para cosechar éxitos como productor de cine —trabajó en Gloria y a fin de año aparece 09, la primera película chilena grabada con celulares—, como locutor de radio Top y rostro publicitario.

Wp-martin-193En una entrevista a CARAS, Katherine Salosny dijo que el público de los matinales había cambiado mucho, y que los programas se estaban poniendo muy policiales por el rating.
—La Kathy tiene razón. Las pautas han cambiado mucho, los matinales y los públicos. Hay otro tipo de exigencias, la gente es muy crítica. Nos preocupamos de no vender pomadas y de no asustar a la gente, pero también de mostrar la realidad de un país que tiene asesinatos e injusticias.

—¿Cómo enfrentas a ese público en una época en que la política está tan polarizada? ¿Hasta dónde llega el Martín “rostro” y el que tiene una opinión?
—Yo tengo opinión, pero no de todo. De las cosas que no domino, no tengo, tan simple como eso. De las que sí tengo una postura, que son hartas, las expreso.

—Dame un ejemplo.
—El tema de los estudiantes. Yo creo en la educación gratuita. Es la única forma en que el país puede desarrollarse. Eso es una obligación del próximo mandatario o mandataria. Para allá se tiene que ir. Además, siento que la clase media está siendo muy perjudicada, porque no tienen las subvenciones de los pobres y tampoco la plata de los ricos y finalmente son ellos los que se endeudan y mueren encalillados para pagar la educación de sus hijos, dice convencido.

“Es muy injusto el sistema en Chile, está mal hecho, es nefasto, antiguo, demoniaco y finalmente te termina aplastando. Entonces muchas veces la gente, por darle educación a sus hijos, se priva de salud, o se le está cayendo la casa a pedazos o no pueden tomarse vacaciones. Un tema tan sensible como ese finalmente termina matándote… Genera demasiadas externalidades negativas. Creo en un país mucho más justo y solidario, más lleno de oportunidades”, completa mientras fuma y le da un sorbo a su Coca-Cola Light.

—Pero muy pocos animadores manifiestan su opinión personal en pantalla. Se cuidan mucho.
—No, yo creo que hay algunos que se manifiestan. Julián (Elfelbein) opina, Lucho Jara también. Ahora, cada uno sabe para dónde quiere dirigir su carrera y para mí el tema social tiene relevancia, porque participo en América Solidaria, entonces conozco esa realidad. La gente valora que digas lo que piensas, porque eso te hace más libre e influyente. En el matinal, la caja de resonancia es mayor, tus opiniones tienen peso y también hay que ser cuidadoso, porque cuando cometes un error, se amplifica al máximo. Yo lo viví en enero (con su detención por conducir en estado de ebriedad), entonces tengo claro que tiene que haber límites.

—Dijiste que los animadores encaminan sus carreras ¿Hacia dónde quieres ir tú?
—Soy como una mezcla entre lo que es mi vocación y mi pasión que tiene que ver con lo que estudié (ingeniería comercial). Me he ido convirtiendo en productor de las propias cosas que hago. No me gusta que me traigan la pega hecha. Uno tiene que participar, ser gestor, porque ahí es cuando el trabajo tiene tu sello, y yo estoy encaminando mi carrera en un 360 grados absoluto, eso es lo que he buscado en radio, televisión, publicidad, cine y producción.

—La nueva temporada de Vértigo empieza este mes. ¿Cómo es tu relación con Diana Bolocco?
—Extraordinaria, mucha química.

—¿Cómo te mueves en este mundo de la televisión, lleno de tentaciones? Siempre se te ha visto muy estable…
—No soy ni tan estable como parezco y tampoco son tantas las tentaciones. Tengo la suerte de trabajar con Diana y Tonka, que son guapísimas y además particularmente encantadoras conmigo. Todos nos hemos preocupado de cuidar la relación, de no saturarla. Soy súper respetuoso, conozco sus parejas y nos llevamos bien. Pero encuentro que también un coqueteo es siempre bienvenido…

—Te has ido soltando con el tiempo. Quizás hace años eras más controlado, tranquilo…
—Me criticaban mucho eso antes: Que no mostraba mi sensualidad como conductor …y yo sentía que no me salía. No andaba por la vida de galán porque no me gustaba, pero después empecé a darme cuenta —debe ser porque los rubios somos muy pollos cuando jóvenes— que ese lado sensual también lo podía mostrar, pero tenía que descubrir la forma para que no fuera burdo. Lo dejo aparecer cuando amerita y Vértigo es un programa que da para eso, y la relación con Diana además es muy graciosa porque somos muy parecidos…

—Prenden con agua.
—¡Claro! Somos una mezcla explosiva, entonces también hay que ser cuidadosos de no hacer explotar el set. Y con la Tonka tengo una relación que es muy abierta, de confianza. Ellas me toleran, soy fácil pero también tengo mis mañas: Fumo, soy hiperkinético, me cuesta quedarme sentado, entro y salgo del set en comerciales, siempre me estoy moviendo… Subo a la sala de dirección, alego, me retan y después me felicitan… ¡Mi personalidad es así! ¡Soy ansioso! Me acuerdo que me lo dijo un doctor: ‘si no fuerai así, no podriai trabajar en esto’. Después caché que tenía bradicardia, o sea, menos latidos del corazón que la gente normal… Por eso que tengo una capacidad física para dormir poco y hacer muchas cosas, porque mi corazón tiene que bombear menos…

—Te daban Ritalin cuando chico.
—Si po’, pero a mí me aceleraba más, entonces el doctor le dijo a mi mamá que me metiera a cuanta cosa pillara. Hacía clases de pintura, practiqué teclado durante ocho años, teatro, tenis… Eso fue definiendo mi personalidad.

—A propósito de tu hiperactividad y de los egos gigantes que dan vueltas en pantalla,  ¿has ido a terapia?
—Antes no pescaba eso pero en los últimos años empecé a darme cuenta de que no solamente era necesario, sino que era una obligación.

Wp-martin-193-2—¿Por qué?
—Porque la vida de un comunicador tiene muchas limitaciones y a medida que vas creciendo, se empiezan a agrandar. Tú no puedes hacer lo que hace una persona común. La gente opina sobre todo. Entonces me di cuenta de que tenía que enfrentar la vida desde otra perspectiva. Me puse muy cuidadoso de tratar de no exponerme tanto. No sé, a veces me visto de mujer y mis hijos se matan de la risa… me ven en YouTube. Claro, para ellos es normal, pero también sus compañeros opinan cuando el papá sale en la prensa o cuando se equivoca.

—¿Y te ha servido?
—Sí, antes miraba en menos las terapias y era soberbio. Ahora me doy cuenta de que es una forma muy importante de entender quién soy y comprender que hay cosas que no puedo hacer, porque la vida pública es muy limitante. Te va encapsulando, atomizando.

A estas alturas, Martín se ha parado y sentado varias veces de su asiento.  Y conversa relajado sobre su vida acelerada con la misma actitud que puede tener una madre que le cuenta a sus amigas la última gracia de su hijo.

—Al parecer, tu lado femenino está muy desarrollado.
—Desde niño siempre lo tuve muy asumido, porque tenía una mamá muy fuerte. Ella hacía clases de pintura en la casa y todos los días había 25 señoras, entonces llegaba del colegio y en vez de hacer las tareas, me quedaba con ellas en el living tomándome un café y conversando.

—Y en ese sentido,  ¿cómo asumes tu rol de padre de tres hijos?
—Soy una mezcla, un papá muy cariñoso, de piel, que da muchos besos, abrazos, que permanentemente les dice a los hijos que los ama, pero al mismo tiempo tengo una obsesión con el tema de la rigurosidad, en términos de estructura y de educar la voluntad. Me interesa que ellos entiendan que las cosas se tienen que lograr con metodología. Sin eso, no sabes por qué te va bien o mal.

—Eres un padre muy presente. Incluso decidiste adoptar un hijo haitiano (Mariano) ¿Cómo lo han manejado como familia?
—Ese es un tema que obviamente trato de no amplificar, porque estoy en una etapa de descubrimiento. Sé que es muy atractivo que tenga un hijo adoptado, que además es de raza negra. Claramente es algo llamativo, pero al mismo tiempo es súper normal…

—Para ti.
—Y para todo mi entorno… y finalmente para todo el mundo. Es súper normal cuando tú lo ves de esa forma, pero esto es un proceso de aprendizaje, entonces es algo que se hace con mucho cuidado, donde uno se asesora y cierras todos tus flancos. Eso no quiere decir que no hagamos una vida normal, pero sí me cuido. Todo lo que te diga es poco: siento mucha alegría, mucha bondad. Es una experiencia que a todas luces es una de las más enriquecedoras y más llenas de amor que un ser humano podría vivir.

—Adoptar suena bonito…
—Porque es bonito, pero es una gran responsabilidad, uno tiene que estar atento a que hay cosas que se enfocan de manera distinta, que hay formas de expresar las cosas que son distintas. Todo el proceso para llegar a adoptar no es menor, es muy largo, costoso y uno comete errores… estoy en un período de aprendizaje.

—Queda poco para conmemorar el segundo aniversario de la tragedia de Juan Fernández ¿Qué perdió la TV con la muerte de Felipe Camiroaga y qué perdiste tú?
—La televisión perdió al número uno. Perdió frescura, provocación, honestidad, los valores que tenía Felipe. El fue la punta de lanza para hacer un cambio en la tele. El era una persona que tenía muy claro para dónde iba la micro, pero no se ponía en un pedestal, sino que más bien en la vereda de la creatividad y del rupturismo.

­—¿Y qué perdiste en lo personal? Hay muchas personas que dicen que fueron su amigo, ¿cuál era tu relación con él?
Wp-martin-193-4—A mí me pasó algo particular: con Felipe nos vimos la noche anterior, y estuvimos una hora y media encerrados en una pieza esperando para filmar la película de Kramer. Llevábamos como cuatro meses sin hablarnos, porque había comenzado el matinal y teníamos que competir. Tuvimos un par de diferencias y ese momento fue como un regalo divino, porque en el fondo estábamos los dos solos y empezamos a hablar y a arreglar las cosas, pero más que eso, tuvimos una conversación súper profunda acerca de lo que se venía para adelante, fue muy notable para mí.

—El era amigo tuyo.
—Sí, yo lo consideraba mi amigo. Eramos muy cercanos. Yo perdí una suerte de hermano mayor dentro de la tele.

—¿Piensas que le habría gustado ser padre? Ambos estuvieron en Haití y se sabe que tenía interés en adoptar…
—Sí. Sin duda. Yo sé que él quería ser padre.

—En algunos días van a aparecer un par de biografías. ¿Qué mitos deshonran su memoria?
—¿Que era un latin lover? ¡Eso no lo deshonra! ¡Jajaja! Hay mucho de verdad en lo que se dice de Felipe, lo que pasa es que se agrandan las cosas y ahí agarran calidad de mitología.

(…)

—¿Qué pasó cuando te detuvieron en enero? ¿Estabas pasado de revoluciones o fue un descuido?
—Fue un descuido que no me hubiera pasado en otro escenario…

—¿Cómo?
—Porque llevaba dos años sin manejar de noche para no cometer un error y fue una vez y sucede esto. Venía muy agotado, trabajando mucho. Ese día, como todos los jueves…

 

Lea la entrevista completa en la edición del 19 de julio.