En esta mañana de noviembre, sentadas tomando café cortado en el patio de su casa de Santa María de Manquehue, hablamos durante dos horas de periodismo, de trabajo, de nuevos proyectos, de los desafíos de una mujer a los treinta y tantos, de la maternidad. Pero recién cuando conversamos sobre los dolores fuertes, una de verdad cierra el círculo y termina por comprender las razones de la periodista Marlén Eguiguren Ebensperger para tener esta inusual escala de prioridades en la vida que la llevaron a renunciar a la cúspide del periodismo televisivo en Canal 13 —un lugar al que muchos anhelan llegar— y simplemente optar por sentirse más llena y feliz.


Sucedió hace cinco años: la muerte imprevista de su padre, Sergio ‘Chefo’ Eguiguren, que tenía apenas 55. Con su madre, la periodista Karin Ebensperger, estaban separados desde que Marlén tenía 15 años, pero mantenía una relación sumamente estrecha con la mayor de sus hijas. “En esa época trabajaba en CNN, tenía a mis dos niños, todavía estaba casada. Fue sumamente rudo, para mi mamá, para mis hermanos, para todo el mundo, porque fue muy inesperado. Pero lejos lo más fuerte es mirar las cosas en retrospectiva y darse cuenta de que había señales que una no tomó en cuenta. Preguntarse, ¿En qué fallamos?, ¿Cómo fue posible que no estuviéramos suficientemente atentos y conectados para darnos cuenta de que uno de nosotros no quería seguir viviendo? simplemente, no puede ser”.


—Las decisiones profesionales que tomas deben estar bastante marcadas por esta pena.


—Mis decisiones profesionales se explican en parte porque le he tomado el peso a la vida.


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Cuando me recibe, Marlén está regando el pasto desde el borde de su piscina. Su cara está embetunada con protector solar. Lleva una blusita negra de algodón, una mini que deja ver sus piernas tan alabadas —son realmente bonitas y largas, aunque opto por no darle la lata otra vez con el asunto— y zapatillas de deporte. Son cerca de las once y se escucha ese habitual ruido de las mañanas que da cuenta de que las cosas empiezan a funcionar en su casa y en la de los vecinos: sonidos de cocina, de algún taladro, la aspiradora. De 35 años, madre de dos niños de 10 y 8 —Max y Rafaela—, separada, con pololo y dueña de un staffordshire llamado Benito que da vueltas por el jardín. Ella se encuentra en un momento de receso cuando realizamos esta entrevista. Hace apenas algunos días dejó de salir en pantalla en Canal 13, donde conducía desde diciembre de 2013 teletrece noche y teletrece domingo. Era su primer trabajo como conductora de noticias en un canal grande y de señal abierta, pero lo dejó antes de cumplir un año para hacerse cargo del portal emol, del grupo El Mercurio, que pretende convertirse en una multiplataforma informativa con contenidos escritos y audiovisuales. “Emol tiene un gran equipo, han estado haciendo muy bien las cosas y se tiene una excelente evaluación de los profesionales que ahí trabajan. La idea ahora es aprovechar mi experiencia en prensa escrita, web, revistas, televisión por cable, televisión abierta y radio para introducir el concepto de multimedia. Si uno piensa que nuestro fin es la información y que no hay barreras de formato para transmitirla, las noticias se enriquecen y la transparencia empieza a ser cada vez mayor. Esa es mi tarea: hacer de emol un gran portal multimedia y líder, por lo tanto, en información”, cuenta visiblemente entusiasmada.


La primera pregunta a Marlén Eguiguren parece obligada en un medio donde muchos piensan que a la televisión se llega para quedarse, que es la coronación de una carrera en el periodismo y donde resulta difícil comprender que una conductora que tuvo oportunidades y un ascenso relativamente rápido deje todo tan pronto para asumir un cargo que, aunque interesante también, resulta menos glamoroso que la pantalla y las luces. ¿Por qué renunciaste, Marlén?, le dije para comenzar y luego le comento que muchas periodistas de televisión se hubiesen jugado cosas bien relevantes por haber estado en su lugar y que algunas incluso, como Margarita Hantke, se atrevieron a decir pública y directamente: “Quiero el puesto de Marlén”. En esta batalla por el éxito, insisto, ¿no era demasiado pronto para cambiar de caballo?


—Para mucha gente es muy raro lo que hice, porque probablemente mi nuevo papel es menos lúcido. Me llamaron muchas personas para decirme. “¿Cómo? ¡Lograste llegar a la televisión y ahora la dejas!”. Pero yo pregunto: ¿Logré qué? Si todavía no consigo lo que quiero: llevar adelante un proyecto grande, que requiere años de trabajo, donde pueda enfocar mi energía y me sienta absolutamente cómoda en lo personal y profesional para desarrollar en un ciento por ciento los distintos ámbitos del periodismo.


—Una mirada tradicional indica que todo conductor de televisión aspira al menos a llegar a conducir el noticiero central.


—Nunca vi la conducción del noticiero central como la coronación de mi carrera.


—¿No estabas cómoda en la televisión?


—En la televisión uno puede desarrollarse mucho y estoy sumamente agradecida de este año en Canal 13, de sus tremendos equipos de periodistas. Quizá no hubiese renunciado si no hubiera llegado esta tremenda oferta para liderar un proyecto tan estimulante y desafiante como emol.


—Quizá tampoco no hubieras aceptado si hubieses estado totalmente contenta en Canal 13.


—Mientras estuve en la televisión siempre tuve la inquietud de buscar nuevas fórmulas para transmitir información, con mayor flexibilidad. Si me hubiese quedado, probablemente habría estado inquieta, porque me siento mucho más cómoda en un lugar donde no se tiene que pelear con el tiempo y el rating. En Canal 13 nunca me dijeron que hiciera una pregunta determinada para subir la audiencia, pero la industria televisiva es esclava del rating. Resulta impresionante por ejemplo que un Informe Especial de Santiago Pavlovic sobre Gaza, un programa tan bien hecho, elaborado por chilenos, que implicó tanto esfuerzo periodístico y de recursos, termine en un punto. Después de eso, ¿Cómo la gente exige calidad?


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Le comento que en la serie House of Card, la periodista Zoe Barnes quiere dejar el diario y marcharse a la televisión, cuando recibe el consejo del senador Frank Underwood: ‘Sigue escribiendo. La tv es algo extra. Eres más que una cabeza parlante’. Porque al escuchar el relato de Marlén Eguiguren, de alguna forma una se pregunta si en algún minuto se habrá sentido poco desafiada como conductora de noticias. La periodista formada en la Universidad Católica, sin embargo, no está de acuerdo con la afirmación del personaje que interpreta Kevin Spacey en la serie de Netflix y señala que “La televisión tiene la ventaja de tener un tremendo impacto, pero está sometida a un formato poco flexible”. En cualquier caso, dice, tiene que ver con un asunto de gustos personales y de momentos: “No es la primera vez que tomo decisiones profesionales que a la mayoría de la gente le cuesta comprender. Me he arriesgado y muchas veces me han dicho que estoy loca”.


Cuenta que comenzó en 2002 como practicante de política en La Segunda y luego pasó a la web. En 2005 dio un giro brusco y empezó a trabajar en revistas de decoración y espectáculos, la ED y la Paparazzi. “Me preguntaban ‘¿Por qué, si te gusta tanto el periodismo duro?’ Pero era una etapa de mi vida en que estaba absolutamente abocada a mis guaguas. Necesitaba enfocar mis energías en mis niños, estar con ellos, darles pecho hasta el año. En ese momento era lo que necesitaba y lo pasé increíble en las revistas, aprendí mucho de mundos distintos”. Luego regresó a La Segunda, pasó por economía y, otra vez, se instaló en política. Dice que estaba en un ambiente confortable, cuando en 2008 le ofrecieron ser parte del equipo fundador de CNN Chile. Nuevamente sorprendió con el vuelco: “¡¿Estás loca?! ¡No sabes nada de televisión!”, le dijeron. “Pero sé de periodismo y sé de economía”, contestaba. “No voy a ser la mejor al principio, pero voy a aprender. ¿Por qué no?”. En CNN fue editora y conductora de Agenda económica, un espacio que inventó y al que pocos le tenían fe.


—Luego a comienzos de 2013 fichaste por 3TV, del grupo Copesa.


—Tampoco fui demasiado comprendida. ¿Cómo me iba a ir a un proyecto nuevo como 3tv? Pero había contribuido a echar a andar CNN, entonces ¿Por qué no? Finalmente fue un fracaso, porque el canal no salió adelante. Fue bastante duro para mí y todo el equipo. Para muchas personas probablemente tomé una mala decisión, pero estoy convencida de que las decisiones conllevan riesgos y me encanta correr riesgos. Luego, justamente a partir de eso, surgió una nueva oportunidad: Canal 13. Tuve la suerte de que Cristián Bofill, cuando supo que se había caído el proyecto de 3TV, inmediatamente me llamó para decirme: “Quiero que trabajes conmigo”. Nuevamente la gente me dijo: ‘Estás completamente loca. La televisión abierta es muy distinta’. ‘Está bien —respondía—, quiero aprender. La información finalmente es una sola’.


Debutó entonces el 2 de diciembre de 2013 en el Teletrece noche con una entrevista a Michelle Bachelet. Fue la conductora por la que apostó Bofill, el ex director de La Tercera que había llegado en septiembre como director general de prensa del Grupo Canal 13 y que actualmente es el director ejecutivo del canal. “Tenía muchas ganas de trabajar con él y, además, aprender de televisión abierta”, cuenta la periodista que en los meses siguientes comenzó a estar a cargo de coberturas importantes: la transmisión de nueve horas del fallo de La Haya en enero, por ejemplo, y el terremoto del norte e incendio de Valparaíso, en abril. Le pregunto si no piensa que quizá su aterrizaje en el Canal 13 fue demasiado violento, pero lo descarta: “Finalmente, en estas cosas una está o no está. Yo soy súper apasionada, intensa y me gusta meterme en los temas profundamente. Si estoy en el canal y estamos haciendo periodismo televisivo, hagámoslo con todo. Hay que vivirlo a concho”.


—¿No tienes la sensación de que te lanzaron a los leones demasiado rápido?


—En ese sentido Bofill es un poco parecido a mí: todo o nada. Me llevé muy bien con él, porque los dos estábamos metidos en esto y queríamos sacar el proyecto adelante. A veces me daba un poco de vértigo, pero es parte del trabajo y es necesario lanzarse. Evidentemente uno siempre está cuestionándose. Sin embargo, traté de meterle acelerador y aprender. Conlleva un riesgo bastante grande, porque la televisión es expuesta a los errores, pero de otra forma te demoras mucho en manejar el oficio.


—¿Cuál es tu autoevaluación de este año? ¿Crees que lo hiciste bien en la televisión?


—El oficio lo aprendí: estuve todos los días de un año y muchas horas al aire. Sin embargo, siento que me falta por mejorar. Para llegar a la excelencia en televisión hay que practicarla: hacerla, hacerla y hacerla. Es la única manera de seguir avanzando.


—Eres usuaria de Twitter. ¿Lees los comentarios que se hacen sobre ti? ¿Qué te parecen?


—Evidentemente hay algunos que tú dices: ‘Ay, qué rico’. Con otros en cambio: ‘Chuta, la embarré’. Obviamente me importa lo que digan de mí: No soy ET, vivo en sociedad. Pero me importa en su justa medida: las alabanzas no me elevan y las críticas, aunque puedan llegar a ser fuertes, tampoco me botan.


—En un ambiente de bastante competitividad y envidias, como el de la televisión, ¿cómo fue tu relación con los otros conductores?


—Fueron acogedores, buena onda. La Cony Santa María fue un siete, me ayudó mucho al principio. Lo mismo Ramón Ulloa, con quien había trabajado en CNN. Se dice mucho que la televisión es competitiva y se generan muchas envidias, pero como iba bien advertida por mi mamá y mis amigos que trabajan en el medio, me mentalicé para no verlas. No digo que no existan, pero no enganché. Una capta las cosas finalmente cuando les pones cabeza. Pero no perdí ni medio minuto en eso. No podía preocuparme de si había mala onda, de las uñas, de la ropa y el pelo. Al que le gusta bien y al que no, lo siento”.


Marlén eguiguren se refiere a la opción que tomó cuando llegó a la televisión en diciembre de 2013 y se dio cuenta de que tenía dos alternativas: “Ser esclava de los asuntos de belleza -manicure, peluquería, por ejemplo— u optar por no meterse y ser un poco más libre. Porque cuando te enganchas, imagino, no puedes parar”.


Lo que piensa sobre la estética es apenas el asomo de un hecho profundo que marca la vida de esta mujer de 35 años con apariencia sencilla, quizá más parecida a la de una deportista de elite que a un rostro de la televisión: le concede un inclaudicable valor a la libertad. Cuenta que probablemente desde la muerte de su padre en 2009, cuando intentaba buscar respuestas a aquellas preguntas complejas que quizá nunca termine de responder, comenzó a reflexionar sobre el verdadero sentido de la vida. Relata que, por esa razón, cuando va a tomar una decisión siempre se pregunta: “¿Para qué?, ¿esto es realmente lo que quiero?, ¿es indispensable y necesario?”.


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Por eso la periodista se conforma con un celular Samsung S1, pudiendo tener el móvil de última generación. No cambia su auto. Elige bien a qué evento profesional asistir. Se resiste a renovar su viejo y aparatoso PC que todavía le sirve (pese a las bromas de sus compañeros de radio duna por su apego a su antiguo equipo). No ha querido comprarse casa en la playa y cuando se escapa se aloja en la de su mamá en Zapallar. “Finalmente —explica— te pones mochilas sobre la espalda y eres esclava de más cosas. Y no quiero ser esclava de nada, ni siquiera de un trabajo”, señala la periodista que habla acelerado, con energía, como si su cabeza fuera a mayor velocidad que las palabras. “No busco hacerme millonaria ni hacer viajes caros. Me hace feliz una excursión en carpa al cerro con mis niños, como lo hicimos el fin de semana. Necesito mantener mi libertad para que mis neuronas estén totalmente concentradas en lo que realmente me interesa: en mi trabajo, mis hijos, mi familia, mi pareja”.


La decisión de dejar la televisión tuvo un fuerte componente profesional, como explica, pero también un ingrediente importante que tiene relación con su vida privada. Los horarios de Canal 13, dice, “tuvieron un costo personal, evidentemente”. “Nunca más fui a una comida en la semana y en gran parte dejé de tener vida social, que en general se hace en las noches. Me acostumbré a descansar muchas menos horas. Aunque me acostaba a las dos de la mañana, igual me despertaba un cuarto para las siete para levantar a mis niños y llevarlos al colegio. Después desarrollé la capacidad de seguir durmiendo, pero iba a destiempo con el mundo y eso no es real”.


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Para la rubia que se presentaba todas las noches con esa frase que se transformó en marca —soy Marlén Eguiguren— es importante estar conectada con la gente que quiere. Darles atención y una cierta cantidad de tiempo, no sólo calidad. Por eso no resulta extraño que pese a que su mamá fue un rostro de Canal 13 por 25 años, finalmente optara por un camino distinto: “somos una nueva generación. Más espontánea, que se permite cometer errores, con muchas menos ataduras”. Cuenta que antes de tomar la decisión, lo conversaron mucho y que Karin Ebensperger, como siempre en la vida, la apoyó. Como cuando aterrizó en Teletrece noche y su mamá le advirtió los riesgos de enceguecerse por el aparente glamour de la televisión.


—¿No llegaste a obnubilarte?


—Estaba bastante advertida de que eso podía llegar a pasar y tomé la precaución de estar consciente. Siempre mantuve a raya mi egolatría, porque sé perfectamente de mis defectos y limitaciones. Quizá por todo esto la televisión no me deslumbró. De lo contrario, no la habría podido dejar.


—¿No le tuviste miedo a que tu salida de la tele fuera interpretada como un fracaso?


—Dejar la tv no fue un fracaso. Estoy demasiado entusiasmada, ilusionada y entretenida, entonces, ¿Cómo podría creer que alguien lo advierta como un fracaso? no puedo hacerme cargo de esa mirada.


Marlén, la periodista, está contenta y desafiada con su nueva etapa en EMOL, donde trabaja directamente con Cristián Edwards, Vicepresidente ejecutivo de El Mercurio.


Marlén, la deportista, nieta de Marlene Ahrens —ex atleta y medalla de plata en las olimpiadas de Melbourne—, no concibe la vida sin el ejercicio: anda regularmente en bicicleta y tiene el propósito de trasladarse en ella a su nuevo trabajo.


Marlén, la mamá, se siente una partner de sus hijos Max y Rafaela, sus dos amores. Juega con ellos y se siente una niña, como hace un par de semanas en que el pequeño se lanzó de un cerro en bicicleta y le dijo: “mamá, es que tú no puedes”. “¿No puedo?”, contestó ella. Y se lanzó cerro abajo, con caída de por medio. Le gustan los desafíos, aunque en ese tiempo todavía estaba en Canal 13 y las maquilladoras tuvieron que trabajar mucho para borrarle los moretones de las rodillas.


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Marlén, la hija, no olvida a su papá. Era un hombre hermoso en su juventud, como se ve en las imágenes que muestra en medio de esta entrevista. Acaba de enmarcar muchas fotografías antiguas, probablemente una veintena, que delatan de alguna forma que la periodista quizá se encuentra en aquellos momentos de paréntesis donde se cambia de rumbo y se necesita tener la certeza de que existen cosas que perduran.


Marlén, la mujer, tiene una escala propia de prioridades y parece no confundirse.