La serie podría haber sido la respuesta histórica a la fantasía medievalista de The Game of Thrones, pero la debilidad de la trama y el escaso encanto de los personajes la transformaron en un bosquejo desabrido con tendencia  al aburrimiento.

Uno de los conceptos más útiles de las producciones norteamericanas ambientadas en culturas que les son ajenas a los estadounidenses es el ‘etnocentrismo’. Ayuda a despejar la manera en que guionistas, directores y productores traducen una realidad distinta, la adaptan a sus propios prejuicios y la hacen digerible para sus espectadores imaginados. Usos, costumbres e incluso rasgos físicos son transformados a su manera de ver el mundo: si es Sudamérica el clima debe ser tropical y la gente tiene que bailar en las calles; si es Francia alguien usará boina; si se trata de una historia en África el ideal es una escena de safari. En cualquier caso los héroes y heroínas siempre hablarán inglés y serán blancos. En ocasiones las adaptaciones funcionan, logran encantar al público pese a las concesiones. En otras, como la película Exodo de Ridley Scott, son un fracaso. La serie Marco Polo de Netflix está más cerca del segundo tipo de producciones.

Marco Polo podría haber sido la respuesta histórica a la fantasía medievalista de The Game of Thrones, pero la debilidad de la trama y el escaso encanto de los personajes la transformaron en un bosquejo desabrido con tendencia al aburrimiento. Poner en escena las aventuras del expedicionario y comerciante veneciano en el imperio mongol era un desafío mayor, porque no se trataba de dos bandos en pugna, ni de una gesta coral. El pie forzado debía ser la experiencia de Marco Polo, un joven comerciante europeo en una cultura que le era completamente extraña. Una suerte de Cautiverio feliz en tono imperial, con un gran protagonista que da testimonio de lo visto y vivido. Pero en la serie la figura de Marco Polo se desdibuja en escenas que se suceden a pesar de él y que coquetean con el etnocentrismo antes descrito: las consabidas lecciones de artes marciales al estilo Karate Kid, los diálogos en metáforas que se supone todo habitante del Lejano Oriente mantiene, la sutil sumisión sexual de las mujeres asiáticas. Esta nube de clichés recuerda —más que a The Game of Thrones o a la serie Vikingos— a aquel programa infantil Erase una vez el hombre, una síntesis de la historia de Occidente para pre escolares. De hecho, la escena en que Marco Polo conoce a Kubilai Kan y éste le menciona que no tiene nada en contra de los cristianos porque él cree en todos los dioses —por si las moscas, porque uno nunca sabe qué es lo que se encontrará después de muerto— está resuelta del mismo modo en el programa infantil.  

Marco Polo más que una gran aventura de descubrimiento parece sucesión de constataciones de que el mundo más allá de las narices norteamericanas parece demasiado lleno de matices como para lograr un material que supere la frontera del lugar común.

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