Felipe conocía en detalle los trágicos episodios de la vida de Corina Lemunau. Nacida en Lonquimay con una deficiencia mental, fue encerrada por su familia en un gallinero. Ahí se crió y ahí creció, convirtiéndose en “la mujer gallina”.

Siendo adolescente, la sacaron del gallinero y la internaron en un hogar en Temuco. Fue abusada, tuvo dos hijos y ambos niños fueron entregados en adopción.

En esos días habíamos visto a Corina ya adulta, prematuramente envejecida, en las noticias de la TV comunicándose por skype con uno de sus hijos, Sebastián, que vivía en Suecia. Un reencuentro que hizo feliz a la madre y al hijo y que conmovió a Felipe. Me dijo que quería hacer una película con esa historia y me preguntó si lo podía ayudar.  Quedamos en que yo coordinaría una reunión con mi hermano Andrés y mi amigo y productor Patricio.

Ese hombre atractivo, exitoso, admirado, había elegido como su primera posible producción una historia de precariedad, abandono, intolerancia y soledad. Pero con final feliz. Corina vivía dignamente en un hogar de Padre las Casas y sonreía cada vez que miraba la fotografía de su hijo Sebastián.
A las pocas semanas de esa conversación, Felipe se hundió en el mar. Y Chile se llenó de altares con velas y fotografías del animador.
Esa misma Navidad, Corina Lemunau falleció de tuberculosis con la foto enmarcada de ella y su hijo Sebastián mirándola desde el velador.
Tiempo antes, Felipe me había hablado de las fotos de su madre, muerta en España unos años atrás. Era verano. Era febrero. Recién se había incendiado su casa en Chicureo. Y si bien estaba afectado, nunca en esos días lo vi perder la tranquilidad y el optimismo. Ni siquiera cuando se evaluó la posibilidad de que el incendio hubiese sido intencional. Estaba agradecido de no haber estado en su casa cuando se produjo el fuego, de que su hermana hubiese estado de viaje, de que sus animales estaban sanos, salvos y también que las fotografías de su madre no se hubiesen quemado.
La madre. El padre. Los hermanos. Las hermanas. Mi impresión es que nada hubo más importante para Felipe que su familia.

Niño solitario, se supo rodear de afectos incondicionales y ganar el corazón de muchos. Niño inseguro y caprichoso, jugó a seductor, dejando a muchas mujeres enamoradas-deslumbradas y a varias de ellas abandonadas-heridas en el camino.Niño lúdico, conquistó con su capacidad de juego el alma de los televidentes. Felipe era una fuente generadora de emociones: su belleza, su fragilidad, su coquetería, su risa.
Por su capacidad para acompañarnos y emocionarnos. Por todas esas horas de diversión y entretención que los chilenos compartimos con él es que debiéramos recordar a Felipe. No endiosarlo ni santificarlo, porque no era ni le interesaba ser santo.
Probablemente el mejor homenaje a Felipe Camiroaga no sean altares,  esculturas o discursos. Quizá bastaría con que cada mañana al levantarnos nos propongamos ser capaces de mirar y admirar la fragilidad de la experiencia humana, recordando ese avión con 21 almas que se hundió en el océano y a Corina Lemunau, la mujer gallina.

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