Pensaba que bastaría con ver un episodio, dos, tres.
Porque para tomarle el pulso a un documental hay que observar al menos tres aspectos: el rigor de la investigación; el peso y la cantidad de fuentes realmente diversas y contrapuestas que se incluyen; y que todo ese material esté organizado de tal modo que resulte sencillo de entender, a la vez que entretenido.

El problema con “Making a murderer” es que ¡no te suelta!

No solamente cumple con todas esas condiciones sino que las sobrepasa.

Porque, por si no lo saben, no se trata de varios documentales sobre encarcelados por un crimen que no han cometido, sino de un solo caso, tan singular que uno por momentos duda si no será una serie de ficción que se la están pintando a uno como si fuera realidad (algo así como la publicidad de “La Bruja Blair”).

Pero no.

Esta docu-serie de Netflix -estrenada el 18 de diciembre- fue filmada a lo largo de ¡10 años! para seguir el inédito caso de Steven Avery, miembro de una familia que manejaba un negocio de almacenamiento de automóviles y grúas en el condado de Manitowoc, Wisconsin, y que pasó 18 años en prisión por un delito que no cometió.

Probar su inocencia y conseguir su libertad no fue nada sencillo.

Asesorado por Wisconsin Innocence Project, Avery demandó a la policía, alguaciles, fiscales por los años perdidos a causa de su negligencia. Estando en medio de este proceso se produjo el asesinato de una joven fotógrafa. Y adivinen quién fue acusado del crimen.

En 10 capítulos desesperantes, intensos, intrigantes, se va relatando esta pesadilla kafkiana en la que surgen a cada paso nuevos misterios, datos sorprendentes, giros desconcertantes.

Y todo sigue pasando.

No se autoespoilee leyendo Wikipedia. Porque esto es noticia en desarrollo.

¡Brillante e imperdible!

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