Se entusiasma hablando de su personaje cuico, de política y critica la falta de compromiso con la cultura de los distintos gobiernos.

Hay algo etéreo, frágil y delicado en María Amparo Noguera Portales. Esa silueta enjuta, casi vaporosa, va bien con un tono de voz delicado, suave y pensante. Podría pasar por instructora de yoga. Sentada en una pieza en el subterráneo de TVN, da la sensación de que en vez de lanzar convicciones profundas y severas en política, cuestiones sociales y asuntos culturales, relatará su último viaje por el Tíbet o la India.
El caso es que ese cuerpo delicado poco tiene que ver con una mente musculosa y plagada de convicciones. La actriz jamás ha tenido complicación en defender íntima y públicamente lo que cree. No escatima costos: si hay que aparecer en un spot por el aborto terapéutico, ahí está disponible.
Nunca le importó no pasar por un altar, optar por vivir en pareja —con el actor Marcelo Alonso— ni haber postergado la maternidad. Como sea, lo de Amparo Noguera (47) es una existencia más bien retraída, intimista y profundamente familiar que poco tiene que ver con Virginia Donoso —su personaje en la exitosa Pobre rico— y el mundo de cristal roto de esta cuica algo hiperventilada que ha terminado por convertirse en una arribista y clasista que resulta más entrañable que detestable.

“ME DIJERON QUE EXISTÍA LA CRISIS DE LOS 40, pero a mí no me pasó nada. Tuve cambios importantes en mi vida y también buenos trabajos. Sí me han pasado cuestiones que tienen que ver con cosas físicas y sociales. Por ejemplo, me siento cercana a gente más joven. No sé si será por el medio en que trabajo o porque no tengo hijos. Luego voy a cumplir 50 y lo que de verdad me afecta es ver el paso del tiempo. Uno cree que no es así, pero de repente te cercioras de que sí. A veces me encuentro con actores jóvenes que vi cuando estaban en las guatas de sus madres. Ahí digo: ¡Chuta, cómo ha pasado el tiempo y yo sigo en el mismo tono emocional que tenía antes!”.
—¿Qué hay de lo físico?
—Bueno, aparece la patita de gallo y esas cosas. En todo caso, tampoco es algo que me importe.
—¿Qué convicción tiene hoy?
—(Piensa un rato antes de contestar). Quizá la política, las diferencias sociales, el abuso de poder… Pero tampoco son verdades absolutas en la medida que uno tiene la esperanza de que esas cosas se movilicen. Lo que sí encuentro injusto es que la única certeza sea la muerte, saber que uno va a morirse. ¿Por qué no tener otras? Es injusto.
—¿Le gustaría vivir mucho?
—No tanto. Es raro también, porque parece ser una contradicción respecto de lo que pienso de la muerte. Lo que pasa es que me da susto la vejez. Me gustaría estar siempre como ahora. Creo que tengo un rollo con el paso del tiempo y los momentos que se fueron: volver con la persona que amaste, elegir el oficio que querías, hacer la obra que deberías haber hecho a los 30 años o la maternidad…
—¿Y a usted se le pasó el tiempo de qué…?
—Todavía no lo sé. Estoy en el límite. Por suerte, en mi familia y el medio laboral en que me muevo hay mucha diversidad y eso es una cuestión que ayuda a no establecerme con ciertos códigos que me harían la vida muy difícil. Es maravilloso que el teatro me permita compartir un día, por ejemplo, con la Delfina Guzmán y otro con Simón Pesutic. Eso rompe esquemas, especialmente lo que tiene que ver con las jerarquías. Y es algo que me da una existencia más llana.
No fue una colegial popular. Recuerda que su delgadez espantaba a los muchachos a la hora de los lentos.
—¿Cómo cree que la ven hoy los hombres?
—Te juro que no lo sé. Y me moriría de vergüenza además contestarte.
—Pero está claro que tiene algo interesante y atractivo…
—Sí fíjate… Pero no sé qué será. Lo que sí tengo es una opinión de los hombres respecto de las mujeres. Sé que el exceso de vanidad, moda, silicona y botox, finalmente, no les gusta a ellos. O, por lo menos, los que a mí me interesan. Quizá por eso he estado con tipos tan atractivos toda mi vida. Y es porque, además de ser guapos, son inteligentes y sensibles.
—Da la impresión de ser simple, despreocupada y liberada de vanidades. ¿Es así?
—¡Para nada! Tengo enormes grados de vanidad. Pero más allá de que no te los cuente (lanza una sonrisa pícara), lo que no me gusta observar en un hombre y una mujer es cuánto les costó la vanidad. No me gusta estéticamente. Pero soy súper preocupada. Me compro harta ropa, eso sí, no se puede notar. Me aproblema andar a la moda.
—Físicamente, ¿se enchularía algo?
—Ahora no. Me da miedo caer en un viaje del que no pueda salir. Pero me cuido harto. Me preocupo de mi físico. Lo que sí me gustaría lograr es que, por ser una actriz tan notable, y pese a las arrugas, siguiera trabajando para siempre.
—¿Es posible eso?
—En este país cuesta harto. Y en televisión es complicado porque pareciera que las únicas historias que vendieran fueran las de juventud.

ESTÁ NERVIOSA PORQUE ESTE AÑO NO HARÁ TEATRO. “Pero sé que sería muy irresponsable si lo hiciera”. Se refiere a la vorágine de grabaciones de Pobre rico y pronto las de Prófugos que apenas le dejan espacios libres. Pero la actriz ya está mirando el próximo año. Y aparece en el horizonte una obra de Alfredo Castro, la posibilidad de participar en dos películas y regresar a las tablas con la obra El jardín de los cerezos en el Teatro Camino, al mando de su padre.
—¿Cómoda con las teleseries-comedias?
—Muy cómoda. Además, la producción ha sido bien recibida y me da risa algunas cosas que maneja, como una actualidad súper ingenua. Lo que hay que entender es que no estamos haciendo un documental. Y eso me parece bueno.
—¿Por qué cree que hoy gana la comedia?
—El formato para llorar está a las 14 horas. En la tarde la familia come junta, se preparan las cosas para el colegio… Es una buena instancia para que los adultos se rían y los niños vean TV sin riesgos. En un país que ha sufrido tanto estas teleseries ingenuas son necesarias. La vida está re dura…
—¿Cuáles son sus gustos en TV?
—Veo televisión abierta. De farándula miro un poco porque me termina por aburrir. Me encanta la Doctora Polo. No puedo creerlo, me digo a mí misma: ¿Cómo puedo estar pegada con este programa? Pero la encuentro increíble. Quiero saber dónde vive, cómo es su pieza… ¿Es casada? ¿Es gay?
—¿Qué le atrae tanto del programa?
—No sé. Los cahuines de la gente que no tengo idea si serán o no verdad. Insólitos, me dan risa.
Cuando mira el país, dice estar convencida de que existen muchas Virginia Donoso. “La vida de ellas es una parodia. ¡Sin duda! Es una existencia que tiene muy pocas preguntas, escasas herramientas y una dosis enorme de angustia”, reflexiona.
—¿Pero que son felices por tener plata?
—Diría que están más angustiadas y ansiosas. Lo que pasa es que no tener herramientas o posibilidades hace que te vuelques en el consumo. Y comienzas a teñirte el pelo rubio, a ponerte botox, comprarte la ropa apretada y subirte a la 4×4 que tiene que ser igual a la de la amiga. Hay una falta de calma que las hace tener que ir con un modelo de auto o de barrio. Todas las cosas de las que uno puede proveerse a través del dinero son frágiles. Y me parece que hay muchas relaciones que se basan en eso: un negocio. Ahora, es feo decirlo, pero no lo encuentro grave, sino muy humano.
—¿Cómo así?
—Es algo que tiene que ver con el miedo y la fragilidad. También hay terror a la diferencia. Y eso limita. Imagínate que la gente no va al teatro por el miedo a que les roben el auto. Y así, en vez de tener una experiencia de sensibilidad, prefieren no hacerlo porque dicen: Qué lata, en Bellavista, me van a robar…
—¿Y qué hay del contacto entre distintos sectores sociales que muestra Pobre rico?
—¡El roteo existe de una manera impresionante, excesiva y sin la simpatía con que se muestra en la teleserie! Lo tratamos de una manera liviana, pero en el Chile real esas diferencias son violentas.
—Es pesimista entonces…
—Sí, porque a la gente que tiene el poder para modificarlo le da miedo la pobreza. Y necesita que la persona que trabaja para ella tenga el mínimo de información posible para así cometer con mayor facilidad abusos laborales. Hay que truncar la información y por eso la gente acepta lo que sea. Si les ponen un puente, son felices; si les suben un par de lucas en la jubilación, son felices… Pero el hecho es que no dejan realizar abortos terapéuticos, tampoco permiten las relaciones homosexuales, exigen pareja única para combatir el Sida y rechazan la píldora del día después…
—¿Chile ha cambiado con un presidente de derecha?
—Básicamente es el mismo, pero con detalles espantosos que tienen que ver con las libertades individuales.
—¿Qué sentimiento le genera mirar a la Concertación?
—Lo encuentro triste y complicado. Debieron haber cambiado el sistema y no fue así. Fue una oportunidad que se perdió. Este gobierno de derecha es una demostración del fracaso de la Concertación. Pero confío en la gente. El país está despertando violentamente.
—Se han repetido las quejas y movilizaciones de los actores en contra de los canales por los pagos por repetición de producciones…
—Es que era un robo, un abuso. Los canales se estaban quedando con dinero ajeno.
—El tema es que, si antes los actores estaban más involucrados en batallas políticas hoy parecen más enfocados en cuestiones gremiales…
—Es que recuperar la democracia era una necesidad enorme y única. Pero todo eso cambió. Se comenzó a hilar más fino y también se hizo evidente que a los gobiernos tampoco les importó mucho la cultura. No ha existido, en ninguno de ellos, un compromiso real con ella.
—¿Le gusta ver actores de ministros?
—Me da lo mismo la profesión. Lo relevante es que cubran las necesidades de su gremio. Lo que pasa es que uno piensa que, por ser colegas, van a tener más cercanía y comprensión. Pero no ha ocurrido. Se inauguran salas de teatro, pero no los proyectos que debieran llenar esas salas. Hay un renacer del teatro comercial y de los musicales, que no me parece mal, pero lo encuentro raro, como si los huasos para el 18 cambiaran sus botas por unas vaqueras. Me parece que debiera existir una cultura teatral más transversal.
—¿Qué evaluación hace de la gestión del ministro Luciano Cruz-Coke?
—Ha sido desequilibrada. No ha estado cerca de los compañeros de obras pequeñas, que son los que sustentan la cultura de este país. Tampoco me parece bien que el ministro se arriende mejores lugares en infraestructura, pero esté mandando a la gente del ministerio en buses fuera de Santiago a hacer su trabajo. Me va a odiar el Luciano, pero bueno, él sabe lo que pienso.
—¿Usted aceptaría un cargo de gobierno?
—¡Jamás!
—¿Ni aunque se lo pidiera Bachelet?
—Tampoco. Pero la invitaría a todos mis estrenos.

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