“No te vayas a enamorar de mí”. Mira a los ojos al fotógrafo y suelta una carcajada. ¿Medio en broma, medio en serio? Queda la duda. Frente a la cámara, Celine Reymond es felina. Totalmente una sex kitten. Es su espíritu ‘empático’, como ella misma define a esa posición mutante que no puede evitar y que, como un juego automático, la hace tomar la personalidad de quienes se le cruzan. Casi como en la película Zelig, de Woody Allen. ¿Otro ejemplo? En el camarín deja atrás a la seductora y, en segundos, se transforma en una zíngara que ensaya fluidos diálogos en romané frente al espejo.
Miles podrán ver su manejo del lenguaje en abril, cuando cante como gitana con su grupo Kali Mutsa en el festival de rock Lollapalooza. Se trata de una propuesta con sonidos del misterioso pueblo nómade que mezcla melodías andinas y recursos electrónicos. Ahí ella es la carismática vocalista (otro lado de su caleidoscópica personalidad). Y llegará al megaencuentro de rock internacional con rodaje: desde su gira por clubes en Estados Unidos a mediados de 2012, hasta el reciente Festival Centro de Colombia. A ellos sumará en marzo, antes de tocar masivamente en Santiago, otra presentación con Kali Mutsa en Panamá.

Está claro que frente a la lente o con el micrófono en mano, Reymond siempre acapara miradas. Pero a la salida de las grabaciones de Bim Bam Bum, la nueva serie nocturna de TVN que recrea la vida del mítico cabaret nacional, la actriz se transforma en un personaje anónimo, mostrando otra vez su capacidad mutante.
Menuda, con un chaleco triple XL, llega a la esquina de Cumming con Alameda (allí está el teatro del colegio Don Bosco donde se hace la producción) con la cara lavada. Y parece una más de las universitarias del sector, pero tiene 30 años y una hija (Alma, de 8). Mientras caminamos por el casco antiguo habla de sus ensayos con la banda y los shows de este verano.

—¿Cuándo apareció el camino musical?
—Hace dos años. Me conecté con el músico Cristóbal Montes y empezamos esta aventura. Ya he compuesto varias canciones. Ahora preparamos un nuevo disco (ya tenían un EP) para lanzar este año.
—¿Cómo y cuándo se dio su conexión con el mundo gitano?
—Soy un alma errante, pero contenta. Si me ves, tengo cara de gitana. En Francia me preguntaban si venía de Rumania, y yo respondía que sí. Creo que tiene que ver con algo del pasado que no he encontrado; algún ancestro u otra cosa así. Me gustan ellos porque siempre son los que sobran en todas partes. Ruidosos, alegres y con un gusto muy excéntrico. Todo lo llevan a una cosa super teatral. Son salvajes, entonces no los puedes incluir en tu vida. Representan para mí un paradigma del ser humano, aquel que no se une a la manada sino el que está buscando.
—¿Como usted?
—También soy así. Siempre busco un lugar que quizá nunca voy a encontrar.

“EN EL VIAJE LOS GITANOS SE SIENTEN VIVOS”, asegura. Y ella, por su parte, todo el tiempo está en movimiento en una travesía poco tradicional. Ya sea buscando sus ancestros en Francia y Ecuador, haciendo familia temprana con un extranjero (el padre de su hija se quedó en Europa), grabando en Argentina, partiendo de gira. “Toda la vida fui distinta al resto de las niñitas. En el colegio Apoquindo la mayoría eran rubias y yo de color mate. Había diferencias físicas y de personalidad. Y a los 14 años vi Tiempo de gitanos (de Emir Kusturika)… No podía creer que existiera algo así y esa música. ¡Me encantó!”.

—¿Cómo maneja ese espíritu libre con la crianza? ¿Pone límites?
—Sí, debo ponerlos. Obligada. Forma parte del cariño porque quiere decir que te importa la persona. De lo contrario es como si diera lo mismo. Soy una mamá poco aprensiva, pero sí le pongo reglas a mi hija de actitud y educación, para que ella sea lo más exquisita posible y caiga bien en todas partes. Es hija y nieta única; se sabe muy amada, entonces puede caer en el egoísmo. Trabajo en ella para que sea más generosa.
—¿Alguna vez ella ha reclamado por su lado excéntrico?
—No, para nada. Me pregunta ¿por qué eres tan divertida mamá? (suelta unas carcajadas). Lo pasamos muy bien juntas.
Con ella fue de viaje al Norte Grande, donde se involucraron con la fundación Altiplano y su labor patrimonial. Mantiene el voluntariado y desde ahí se desliza la influencia aimara de su personaje en escena para Kali Mutsa. Claramente entre ellas hay una complicidad distinta a la que la actriz tuvo con sus padres, a quienes define abiertamente como conservadores. Por eso da crédito a otros representantes del árbol genealógico de su carácter menos convencional: “En mi familia hay hasta un poeta como Vicente Huidobro —primo de mi abuela—. Entonces siento que por genética me saltaron chispitas de otros, porque mis papás son quitados de bulla. Más en la tierra. Yo salí más volada”.

Ama revisar el pasado. “Siento que estamos todos viviendo en capas paralelas. Nada es porque sí”. Y sus últimos proyectos parecen estar en esa sintonía, con series ambientadas en el Chile de ayer. En Cobre (Mega) fue la heroína romántica Nora, una profesora de la primera mitad del siglo XX que les enseña a los mineros. Ahora está lanzada a las plumas, el baile y canto con Bim Bam Bum, producción independiente para TVN. Este último título tiene su sensualidad a flor de piel.
Es su regreso a la pantalla de la red pública, tras su repentina partida de Hijos del monte (2008). “Era una cosa de salud, un problema que ni siquiera da para hablar porque se trata de algo entre la gerencia de TVN y yo. Cosas de licencia. Algo super pragmático que, obviamente, generó aquelestrés extra que provocó mi salida. No lo hice por loca”, explica. Tras una pausa, enfatiza que puede parecer distinta a sus compañeros, pero “siempre cumplo con lo que tengo que hacer, soy responsable”.

Trabaja freelance. Antes de Cobre fue doctora en Vida por vida (Canal 13) y en Buenos Aires grabó por tres meses Los únicos (El Trece), donde encarnaba a Uma, una superheroína de peluca negra y vestida de cuero que tiraba cuchillos. Aprovechó ese tiempo en Argentina para tomar dos veces a la semana clases de música y composición. “Fue como tener de nuevo 20 años”. Caminaba para todos lados desde su departamento en Palermo, conoció la bohemia, llevó a su grupo, tocó en el tradicional club Niceto y tuvo los respectivos romances para la bitácora de una viajera.

Pese al currículo, con protagónico incluido (Primera dama) y backround musical con su banda, debió audicionar dos veces para el papel de la vedette llamada Margot. Tuvo que cantar para postular al personaje. Querían que interpretara a Sara Montiel, pero Reymond eligió a Chabela Vargas. “Partí detrás de una cortina y aparecí con fuerza al minuto. Matías Stagnaro (el director argentino a cargo de la serie) cachó que le puse harto color. Además, las otras postulantes hicieron el mismo tema y yo traje el que sabía. Sumé otro en francés, por si acaso…”.  Con el canto en el bolsillo, el mayor desafío era bailar, “¡soy una desconcentrada!”, dice y bromea sobre la exigencia de los pasos.
—Finalmente llega su oportunidad para hacer de showoman.
—Sí… ¡fue exquisito! Este papel me encanta porque es una mujer que acompaña al cómico. Divertida, tiene una hija con un hombre (César Calliet) que está casado con el personaje que hace Cata Pulido. El me tiene un departamento y vivo allí con mi niña. Soy buena mamá, pero a la vez soy una mujer de la noche. Obviamente me gustaría que todo fuera más excéntrico.

Lea la entrevista completa en la edición del 22 de febrero.