El fenómeno Mad Men es rarísimo. Así como un buen porcentaje de gente dice no haber enganchado ni una pizca después del primer capítulo, también hay un cortejo de fans enlutados hasta las entrañas por el fin de la serie, que terminó el 17 de mayo después de ocho años de historia. Para los primeros, Mad Men es una sinopsis fría del estilo: el drama de Don Draper, un publicista de Madison Avenue en los Estados Unidos de los años ’60. Para los segundos, es todo menos eso: es el espejo trizado de la colérica y chillona década de 1960; es el backstage feroz de esa fábrica de quimeras llamada Sueño americano. Es la revuelta de dos mujeres —Peggy y Joan— por quebrar los límites que las confinan a un rincón de la sociedad; y es el delirio autodestructivo de un hombre irresistible, de un tipo que esconde, tras su terno viril, más fracturas emocionales que cualquier personaje femenino de la serie. 

Pero no, los hombres no lloran. ¿Alguien vio llorar, acaso, a Humphrey Bogart? La verdad es que sí, en La legión negra (1937), de rodillas y con escándalo, pero nadie se acuerda de eso frente a la imagen pétrea del tipo rudo e impenetrable que, con suerte, es capaz de sonreír. Así es el primer Don Draper de Matthew Weiner, creador de Mad Men: un clon perfecto del galán del Hollywood clásico, un ejemplo ideal de la masculinidad hegemónica de la primera mitad del siglo XX. En otras palabras, un modelo de hombría para el género masculino y un anzuelo para el género femenino; un macho blanco, dominante y autoritario; un esposo y un padre proveedor que, en nombre de su virilidad, tiene derecho a ser infiel.

Wp-mad-men-mas-her-450

Un breve contexto: Don Draper (interpretado de manera sublime por el galán tardío Jon Hamm) es el publicista estrella de la agencia Sterling-Cooper, un lugar dominado por los hombres, y en el que las mujeres están relegadas al cargo de secretaria, como es el caso de Peggy, el personaje que encarnará mejor que ningún otro la liberación de la mujer. En su casa, lo espera su esposa, Betty, una especie de Barbie humana con quien tiene dos hijos. El resto, se puede resumir en estas estadísticas que publicó la cadena NBC: en los ocho años de serie, lo veremos durmiendo con 18 mujeres distintas; y en su trabajo, él y sus compañeros beberán 369 vasos de alcohol y fumarán 942 cigarrillos.

Hollywood y la publicidad —precisamente el mundo al que pertenece Draper—nos acostumbraron a esa definición de hombría: ahí está Clark Gable llevando a la fuerza a Vivien Leigh por las escaleras en Lo que el viento se llevó (1939) —escena que, por cierto, insinúa una agresión sexual— o Cary Grant botando de un golpe en la cara a Katherine Hepburn en Historias de Filadelfia (1940). Digamos que Don Draper es más civilizado en ese sentido, quizá, porque vive en los años 60, una época en la que el sexismo dominante tendrá un punto de giro.

¿Pero quién es este hombre que dejó viudos por todo el mundo tras el fin de Mad Men? Don Draper es el epítome del self-made man, del hombre que, de ser nadie, se convierte en un tipo deseado y exitoso. Tiene la elegancia y el magnetismo indomable de Cary Grant; el cuerpo y el porte varonil de Burt Lancaster; la melancolía seductora, la dureza y el talante misterioso de Humphrey Bogart. En el ámbito privado, es un amante compulsivo al estilo de Clark Gable, y en la vida pública, es un 007 de escritorio, el hombre diestro y resuelto al que todos se quieren parecer. Y, claro, como buen macho, también es un buen bebedor (y quizá demasiado). 

Según se ha dicho, la fuente de inspiración que tuvo Weiner para crear a Draper fue el personaje de Gregory Peck en la película El hombre del traje gris (1956), con quien comparte (además del amor por los trajes grises) un pasado traumático marcado por una guerra, que en el caso de Draper se trata de la de Corea. Ese hecho lo cambiará para siempre (y aquí es mejor parar para no lanzar un spoiler); pero también pondrá en duda una virilidad que va a defender a través del sexo desatado y de una coraza de hombre duro. Detrás de la hombría, está la inseguridad: si ésta fuera una característica natural, los hombres no tendrían que luchar para demostrarla.

Wp-mad-men-black-and-white-450

Pero, ¿por qué un macho a la antigua como Draper sigue siendo atractivo hoy, después de tantas oleadas de feminismo? La respuesta podría estar en el cliché del bad boy o en su físico. Pero hay más. El primer Don Draper no sólo es el rey de Sterling-Cooper y de su hogar. Además es el rey de la sospecha: “La razón por la que no ha sentido amor es porque no existe —le dice a Rachel Menken, una de sus futuras amantes—. Lo que usted llama amor fue inventado por alguien como yo para vender medias de nylon”.

El descreimiento de Draper es posmoderno y atractivo. “Naces solo, mueres solo, y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso. Pero yo nunca lo olvido. Vivo como si no hubiera mañana, porque no hay mañana“, dirá en el primer episodio, casi como si Bukowski hablara a través del cuerpo fornido de Robert Mitchum. 

Pero hay algo aún más fascinante en Don Draper: su masculinidad muta con los tiempos. De cierta forma, la caída libre del hombre que vemos al inicio de Mad Men puede leerse también como la caída de la masculinidad hegemónica en los ’60.  Si Draper rechazaba la idea de una esposa trabajadora, se abrirá a la idea; si el divorcio era la gran pesadilla social de la época, el tipo terminará firmando papeles (y más de una vez). 

Es más: es él el que rompe con las convenciones culturales y empuja a su secretaria Peggy a ascender a un cargo creativo. Megan, en tanto, su segunda esposa, simboliza la nueva masculinidad de Draper: bohemia, independiente y liberal, esta mujer franco-canadiense abre la mente de este macho a la antigua y relaja, en algún grado, la tensión de esa virilidad rígida, casi como lo hizo la modelo inglesa Jane Birkin al conocer al otrora empaquetado cantante Serge Gainsbourg.

No será un proceso fácil ni del todo logrado. Draper nunca se sacará de encima el look cincuentero acartonado, como sí lo hará su jefe, Roger Sterling, un hombre mucho mayor que él que seguirá tratando a las mujeres como objeto, pero que adaptará su aspecto a los nuevos tiempos. El de Draper será un cambio interior: de una copia fría de Humphrey Bogart, terminaremos en las últimas temporadas viéndolo un poco más cerca de la versión indómita que hace de Bogart Jean-Paul Belmondo en Sin aliento (1960); como un Steve McQueen engominado, o como un Peter Fonda en Easy Rider (1969).

Es cierto: el cambio no será radical. Tampoco podrá, por ejemplo, deshacerse de ese sello de rudeza llamado alcoholismo. Pero entre el Don Draper del inicio —el que abandona una reunión porque no permite que una mujer le hable duro como un hombre— y el del final —que termina dialogando de igual a igual con Sally, su hija adolescente— habrá una distancia visible. Tan visible como las lágrimas que veremos en sus ojos hacia el fin de la serie. Después de todo, eso nos enseñará Don Draper: que los hombres también lloran.