Aparece solitaria en el café Survenir, en Avenida Italia, ubicado a unas cuadras de su casa. Este es su lugar, se diría que su segunda oficina para sus diversas reuniones como autora de numerosas teleseries, obras de teatro y novelas. Ultimamente su nombre —y el del equipo de otros tres guionistas, incluido el de su marido, Marcelo Leonart— volvió a llamar la atención en Secretos en el jardín, la producción nocturna de Canal 13 que terminó convertida en fenómeno de culto. Aunque con un rating discreto (fue tercera en sintonía después de Las mil y una noches, de Mega; y Vuelve temprano, de TVN) fue comentada ampliamente en las redes sociales, llegando a instalarse como Trending Topic mundial en Twitter. “Era una teleserie un poquito más sofisticada, no estaba hecha para ‘la señora’ en su casa’. Curioso; hace tiempo que hago producciones que han sido muy exitosas (algunos de sus hits han sido Alguien te mira, Dónde está Elisa?, El laberinto de Alicia); pero esto nunca me había pasado: aquí el público fue muchísimo más entusiasta, muy groupie; interpretaban la teleserie, le veían la cuarta pata, hicieron estallar las redes sociales, sin embargo eso no se reflejó en la sintonía”.

Mientras prepara la escritura de una nueva teleserie para Canal 13 (la segunda para esta estación después de toda una carrera en TVN), sigue imparable en su faceta como escritora. Con su cuarta novela, Space Invaders (2013), sobre dos niños que crecieron en dictadura, reafirmó una de sus más potentes obsesiones: las historias cotidianas en los oscuros años ’70 y ’80. Algo que también reflejó  en su primera pieza teatral, El taller (2012), basada en los cursos literarios que realizaba desde su casa de Lo Curro la agente de la Dina y mujer de Michael Townley, Mariana Callejas, y que le valió el premio Altazor 2013.

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“Me interesa hablar de la dictadura. tiene que ver con mi biografía, con una marca vital”, asegura ella, quien también recibió un Altazor en 2012 al mejor guión por la primera temporada de la serie Los archivos del cardenal.

Criada en el barrio Matta, hija única de madre soltera, estudió en el Colegio Santa Cruz de Santiago y después en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, donde conoció a su marido, el también actor y guionista Marcelo Leonart. No fue una niña fácil, solía decir que no a todo, lo que le valió el apelativo de Nona. Como adolescente era inquieta, activa y opinante políticamente, participaba de los movimientos estudiantiles, a quien la dictadura no le era indiferente. “Tenía claro que pasaban cosas horribles. Pero era muy difícil saber toda la verdad, todo eso era parte de un acontecer que uno no terminaba de entender, porque tampoco nadie te contaba mucho más; había miedo, temor, un tremendo misterio”.

Hoy, descorrer el velo a los misterios de una época oscura es claramente una obsesión. Se diría que hasta un deber. No pocas veces la han tentado, a ella y a su marido, para partir a México y a Estados Unidos a trabajar con gigantes de la industria, un camino que ya han seguido figuras como el escritor Pablo Illanes, Coca Gómez, Sebastián Arrau o Chascas Valenzuela, hace años radicados fuera del país. Pero Nona, tal vez la única cronista televisiva de aquellos años negros en Chile, se ha autoimpuesto la misión de continuar rindiendo cuenta de aquel período. Es su deber moral, su compromiso. “He recibido ofertas que han sido económicamente buenas, pero lo que me mueve es la posibilidad de hacer algo que me interese, que me movilice, donde me sienta útil y pueda aportar. Ahora tengo cuarenta y dos años y al fin puedo darme el lujo de elegir mis proyectos. Cuando tenía veinticinco comprenderás que hice cualquier cosa, pero todo se fue dando y me fui dirigiendo hacia un lugar que ahora para mí es irrenunciable y donde nunca echaré pie atrás. Siempre he sentido que la televisión tiene un rol público fundamental y lo mío es un intento por aportar. En vez de hacer una historia estándar —como podría ser una teleserie para el extranjero— prefiero involucrarme socialmente. Puedo ser pelotuda, naif, pero creo en la televisión pública”.

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—¿Entonces por qué se fue de TVN después de toda una carrera ahí?

—Porque nunca se me había ofrecido la posibilidad que me dieron en el 13 de enfrentar una teleserie como Secretos en el jardín, que fue tremendamente política.

—¿El canal estatal había perdido su misión editorial?

—En el área dramática, sí. Es que no es fácil; un canal público que funciona igual que uno privado, a punta de rating y de auspiciadores. Si estuviera completamente financiado por el Estado, yo creo que le podríamos exigir más, pero está pauteado por el mercado, lo que es una pena. Pero tengo plenas esperanzas que Carmen Gloria López (hoy directora ejecutiva de TVN, con quien trabajó en Los archivos del cardenal) traerá nuevos aires.

Por poco fue a trabajar con Quena Rencoret a Mega, algo que hoy no descarta después de haber desempeñado gran parte de su carrera profesional en el área dramática del canal estatal. “Nos llamó (dice por ella y su marido, con quien ha formado una indivisible dupla laboral), pero ya estábamos palabreados acá en el Trece. Me parece bueno que una mujer como Quena, que tiene mucha experiencia, abra esa área, del mismo modo que será bueno que TVN se renueve, con otra energía”.

En plena faena para su nueva entrega para el canal de Luksic (una teleserie nocturna junto a Leonart, Ximena Carrera y Simón Soto, el mismo equipo de Secretos en el jardín) reconoce que seguirá aplicándose sobre esa veta. De hecho, para ella, esto está recién empezando. “Todavía hay muchos misterios que no han sido develados; pasamos de la opacidad total de los años ’80, del miedo a contar la verdad, a la ‘explosión’ informativa por los cuarenta años del Golpe. De la oscuridad estamos pasando a la luz. Conocemos una verdad oficial, pero la historia doméstica de esos años, a ésa recién nos estamos aproximando”.

Ahí está precisamente el interés de Nona. Como lo ejemplifica con su única obra de teatro, El taller; “Mariana Callejas y Townley eran pareja; tenían diez años de diferencia y él era muy celoso. Tenían niños y cuando tuvieron que ir a Buenos Aires a cometer el atentado contra Carlos Prats no tenían con quién dejar a sus hijos y tampoco encontraban una baby sitter… ¡Imagínate la chifladura! Ese es uno de los casos más horrorosos de nuestra historia oficial, pero la trastienda es esta otra y nos acerca a aquellos agentes que eran personas igual que uno. Es súper fácil poner a los malos ahí y a los buenos acá, pero entremedio está todo lleno de grises. Para mí esa es la verdadera historia”.

Otro de esos casos opacos y al mismo tiempo fascinante para Nona es el Caso Anfruns. “Ahora la investigación se reabrió. Para mi generación se trata de una historia feroz. Tú no entendías qué estaba pasando, no podía ser que fuera un niño el desaparecido… Además que era precioso, como un ángel. Me acuerdo de don Francisco haciendo campaña para encontrarlo”. 

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—Historias como las que usted menciona, o casos como el asesinato de Alice Mayer, se han convertido en material atractivo para hacer series.

—Es que ya tenemos una distancia histórica que nos permite abordarlo con cierta autoridad e investigar, porque sobre la marcha no se podía.

—Pero también se han transformado en un producto muy rentable comercialmente. ¿No le incomoda?

—Me pasó cuando hicimos Los archivos del cardenal. Dentro de esta historia tremenda, basada en el rol que jugó la Vicaría de la Solidaridad en tiempos de dictadura, había que incorporar a una asistente social que se enamora del abogado, para que la gente enganchara… Me preguntaba, en términos éticos, hasta qué punto puedo llevar una historia así a la pantalla y hacer de esto un bien de consumo. Pero finalmente la televisión es un negocio y es mejor que hechos así se cuenten a no hacer nada. Lamentablemente en Chile las cosas, si no pasan en televisión, es como si no hubieran existido. 

—Es curioso cómo en los ’90 hablar de la dictadura a través de la televisión y el cine provocó un cierto hastío, se diría que hasta rechazo; los que insistían eran tildados de ‘lateros’, ‘pegados’. Hoy, en cambio, existe una especie de avidez por saber más.

—Mi impresión es bastante clara; en los ’90 vivimos un proceso democrático, con un silencio pactado oficialmente como una manera de asumir esta nueva etapa. Pero en rigor no se habló, o fue hasta por ahí nomás. Hoy está empezando a destaparse un poco el tema porque hay más distancia. Estamos en un momento histórico, con un movimiento ciudadano mucho más efervescente, con la gente que ha vuelto a tener un compromiso político, que ya no le parece que el futuro del país sea una huevada, desconfiamos de nuestros representantes, pero entendemos que el ejercicio extra-partidista es importante, una manera de organizarse. Y dentro de eso, la mirada histórica no puede estar exenta.