Trabaja en dos series que pasa la televisión abierta (El reemplazante, TVN y Cobre, Mega) pero en su departamento no tiene televisor. Se pasea por Lastarria como soñando que está en otro país, lleno de gringos y brasileños. Se cambió al barrio hace pocos meses y le gusta eso. Mirar gente andando en bicicleta, ir a darse una vuelta por el GAM y ver un recital o una obra cuando se le ocurra. En eso anda Ignacia Allamand Lyon (31 años, separada), quien eligió el café Gabriela para conversar un rato sobre su vida.

El día anterior, el de la sesión de fotos, llega al estudio con unos tubos estilo doña Florinda, buzo y zapatillas. De improviso y después de varios cambios de vestuario donde bromea con el peluquero, se pone a temblar. 5,7 grados Richter se escucha en una radio. Ella ni se enteró, mientras todos corrían a mirar el celular. Segura, se planta frente a la cámara con soltura, como si fuera Claudia Schiffer y se burla de sí misma y su look glamoroso: “Oye, voy a un cumpleaños de una sobrina al Mampato… ¿Les gusta mi ropa? Estoy súper piola ¿Se nota? Jajaja”.
Actriz e hija del ministro de Defensa Andrés Allamand, Ignacia tiene un par de tatuajes. Uno del grupo Radiohead en el tobillo y una frase escrita en su muñeca, en serbio, durante un viaje a ese país. “Es como un Post it personal eterno”, dice misteriosa mientras pide un cappuccino.
Por estos días, los programas de farándula la emparejaron con el hermano de Boris Quercia, Antonio; volvió a la televisión, pero no a las teleseries, y tiene varios proyectos en cine, como Aftershock, Desaparecidos, y Qué pena tu familia, de Nicolás López.
—¿Piensas que este es un año importante en tu carrera?
—Este año salí de mi lugar seguro. Me abrí a otros formatos, a trabajar con otros directores, en otros canales. En ese sentido ha sido importante. Siento que dejé la guarida, que es lo que pasa cuando estás mucho tiempo en un lugar haciendo lo mismo. Ha sido un año bien movido, como de decir qué quiero hacer.
—Ahí juega también el cambio de folio. Cumpliste 31 y hay un replanteo de ciertas cosas…
—Me fui de la casa a los 23 a vivir a Buenos Aires, enamorada, estuve en pareja tres años… Soy independiente desde chica, nunca tuve mesada ni nada. Me da risa porque el otro día me dijeron: ‘Ignacia Allamand hace de hijita de papá en la tele, no actúa’, por mi papel en El reemplazante. Yo digo: ¡Esta gente no me conoce! Ahora, si piensan eso, tan mal no lo hago…
—¿Te molesta tener que estar demostrando siempre que eres buena en tu trabajo?  En Se Arrienda (2005), tu debut en cine, el comentario era ¿qué hace acá esta rubia pesada y cuica haciendo de ella misma?
—Pero si hiciera de niña mapuche también me criticarían, entonces no puedo hacer nada. ¿Sabes? Hay veces en que me da lata y encuentro que es súper injusto. Este es un país en donde se habla mucho de igualdad, todos la piden… ¿Pero a la hora de conceder? ¿Por qué yo no puedo ser igual a todo el mundo?  Yo no puedo ser actriz, no puedo hacer escenas de sexo, de lesbiana, porque soy la hija del ministro… A mí me sorprende mucho, pero cada vez me importa menos. Si alguien me critica por mi trabajo, bien. Pero si me dicen que soy igual a mi personaje y no me conocen, ahí simplemente hay prejuicios y yo no me voy a hacer cargo de eso. El otro día salió una nota en Terra. ‘¿Qué pensará el ministro de Defensa de las candentes escenas de Ignacia Allamand?’ ¡Que además son lo menos candentes que hay comparadas con otras teleseries! ¿Me entiendes? A la hora de pagar impuestos o los partes, somos todos iguales, pero cuando quiero trabajar al igual que mis pares ¡No!
—En la sesión de fotos decías, riéndote, que era muy fome ser consecuente…
—Siento que no puedes cambiar de opinión. Si tú piensas algo, tienes que defenderlo hasta el final y si no, eris mula. Y una va madurando, va creciendo, teniendo experiencias ¿Por qué no vas a poder creer algo en un momento y en otro no creer más? ¿Por qué todo el mundo se siente con el derecho de decirte constantemente qué está bien o mal?
—Tienes un tema con la sobreexposición.
—Si estuviera tan traumada me hubiese dedicado a otra cosa. No tengo un rollo con la exposición, pero sí con la forma hostil y prejuiciosa en que la gente se relaciona desde el anonimato. ¿Y por qué te tienes que hacer cargo de la opinión negativa e infundada de gente que no te conoce? A mí no me pasa mucho, pero a la larga lo negativo siempre resalta… Como lo que le pasó a Américo, que no sé si le robaron o no el celular… ¿Cómo fue? Es que no tengo televisión…
—¿Cómo que no tienes televisión?
—Me cambié de casa, me demoré en traerla y me gustó no tener. Estoy en eso desde julio. Es lo que me pasó, honestamente. La tele la tiene mi hermana (Olivia, pintora) y no la fui a buscar. De repente dije: ¿sabís que? Soy mucho más productiva, duermo el doble, volví a leer, puedo hacer cosas pendientes… Pero si tengo la tele, la prendo y me quedo dormida tarde. Además de la cantidad de cosas terribles que se ven… Al contrario de lo que muchos piensan, soy súper sensible. De repente veía cosas que me afectaban mucho y me angustiaba. Y ahora ¡no me entero! ¿Por qué tengo que andar contaminada de penas y problemas que no son míos? No quiero sonar indiferente, pero elijo cuidar mis emociones.
—¿Quiénes entran en tu círculo más íntimo?
—Creo que las relaciones más importantes que uno tiene en la vida son sus amigos. La familia es súper incondicional, la pareja está en el presente… Yo no tengo hijos y de repente ahí me quedo coja. Pero a los amigos uno los elige y constantemente tienes que estar retribuyendo, interesándote, es un ítem que siempre tienes que trabajar. Soy muy cercana con mis amigos. También con mi familia, con mi hermana  y mi hermano Raimundo, que termina la Escuela Naval este año. Mis amistades vienen de todos lados, algunos del teatro, otros del colegio.

LECTORA COMPULSIVA Y VIAJERA FANÁTICA, SU TRABAJO ES UN MEDIO PARA PODER RECORRER EL MUNDO. “Me encanta y prefiero que sean viajes largos a muchos. El año pasado me fui cinco meses a Croacia, Serbia, Amsterdam, Berlín, Rusia, Bulgaria, Lisboa, París y Londres”. Y se nota. Pareciera que Ignacia siempre viene llegando de una larga travesía. “La tele es muy inestable y por eso hay mucha gente que se instala en un solo lugar”, dice. Este año Ignacia llegó al otro extremo. Está pudiendo elegir dónde estar, tras cinco años y cuatro teleseries en Chilevisión, donde debutó exitosamente en 2007 con Vivir con 10, donde interpretaba a una quinceañera.
—Tuviste buen ojo para hacer el cambio… A La sexóloga no le ha ido nada bien.
—La verdad es que no la he visto.
—¿Y El reemplazante y Cobre, sin tele, las has podido ver?
—A ratos, ningún capítulo entero porque están en el mismo horario, pero siento que en su estilo, tienen cosas que me gustan. Cuando te ofrecen un proyecto, vas un poco a ciegas. Uno responde por su parte, quieres que quede bien y a la gente le guste. No hay ningún actor que trabaje para sí mismo…
—¿Para quién trabajas tú?
—Siempre supe que quería ser actriz. Desde chica me encantaban las películas, La novicia rebelde, Grease brillantina, la de Luis Miguel con Lucerito ¿cómo se llamaba? ¡Fiebre de amor! Jajaja. Quería ser todos. Finalmente eso tiene este trabajo, que es tan bonito… Acá puedes jugar a ser otra persona.
—Te casaste y separaste de Tiago Correa, actor, y entiendo que ahora estás en pareja con el director de fotografía Antonio Quercia, que también trabaja en algo cercano, ¿cómo enfrentas ese tipo de relaciones, donde compartes profesión?
—Cuando me enamoro, no ando preguntándome si la persona trabaja o no conmigo, porque el amor es muy poco racional. Cuando me dices que estoy en pareja para mí es súper raro, porque yo no me siento así. A mí me emparejó la prensa… Yo empecé a salir con Antonio, pero no te dan espacio para saber si estás en algo y ¡ya estás! ¡Qué poco respeto! ¡Si las relaciones también tienen que ver con procesos donde uno se conoce, se encanta!… A mí no me dejaron hacer eso. Fue como ‘ella está con…’. ¿Crees que alguien me llamó para preguntarme si era verdad? Es tan poco rigurosa la prensa de repente. ¿Qué les cuesta ir a la fuente? Y después dicen que no les hablo… ¡Por algo no les contesto! Porque entro en el juego y a mí no me gusta.
—¿Pero entonces en qué estás ahora?
—Estoy tranquila. Jajaja. Siento que no tengo que dar una explicación. ¡Si es problema mío! ¿Por qué tengo que rotular el estado de mi situación e informarle al mundo? ¡Es algo privado, que a nadie le interesa! No quiero decir en qué estoy. Es mío. No es algo que quiera compartir. Me atengo a la quinta enmienda… El amor sucede y para mí ha sido así siempre.
—¿Y cuando el amor se acaba? Después de tu separación viviste tu propia “travesía en el desierto”.
—No me fui a viajar porque me separé. Iba a hacerlo igual. Estaba terminando una teleserie, tenía tiempo. Podría haber seguido con contrato en Chilevisión y haber viajado hasta que me lo permitieran, pero yo quería replantearme.
—Después de casarse y separarse es difícil volver a creer en el compromiso.
—Creo en el compromiso, en el amor y el matrimonio, pero no sé si lo volvería a hacer. No estoy en una onda “nunca más” ni tampoco “lo volvería a intentar”. Honestamente, no lo sé.
—¿Qué sacaste en limpio de tu separación?
—Que uno tiene que escucharse mucho.
—Ahora te estás escuchando más.
—Sí, me resulta natural y eso me tiene tomando mis decisiones con la guata, el corazón y no con la cabeza. No para generar cosas en otro. Hay un tema con las expectativas que es muy difícil para todo el mundo, porque uno las tiene y los demás también tienen sobre ti. Y de repente tu vida se encamina a solo cumplir expectativas. Uno puede tener planes, pero si te das cuenta que no es lo que quieres, ¡modifícalo, cámbialo, escúchate! Siento que me fui por un tubo y dejé de preguntarme todos los días: “¿Hola Ignacia? ¿Qué onda? ¿Te gusta estar aquí? ¿Te mueve, te atrae lo que estás haciendo?”. Eso respecto a todo, no sólo en relación a la pareja, sino que con uno. Eso cambió en mí. El hecho de no querer algo, ya es motivo suficiente para no hacerlo.
—¿Ese es tu renacer?
—Sí, aunque renacer me suena a que me morí… Jajaja.
—La separación no te mató.
—Es que separarse nunca es fácil. Menos después de tanto tiempo. No tuve depre, pero estuve triste, por supuesto. O sea, los únicos separados que flotan por el aire son los de TVN… Jajaja. Para mí eso es un capítulo cerrado en mi vida.
—Me imagino que por ahora la maternidad tampoco es tema…
—No y no sé si lo sea algún día. Digo no sé porque ya entendí que no hay que decir no, pero nunca he sentido ese instinto. La maternidad es una opción y no necesariamente la tienes que tomar.
—¿Cómo es la relación con tus padres?
—Muy buena. Con mi mamá (Bárbara Lyon) somos de hablar mucho, de almorzar juntas. Ella es súper libre mentalmente. Es artista, arquitecta, pintora, escultora, cocinera. Tenemos una relación de iguales. No tengo secretos. La escucho y la admiro mucho. Con mi papá la relación es súper normal. Por lo general está muy ocupado, pero trabaja cerca de mi casa, entonces de repente almorzamos, él me cuenta sus cosas…
—¿Cómo ves a tu papá con toda esta vorágine? Nunca antes había tenido la opción real de ser presidente…
—El tiene un nivel de intensidad que, independiente de lo que esté haciendo, pone toda su energía. Con eso de la “opción”, me carga especular. Es caldo de cabeza. Por supuesto que lo apoyo. Si se le ocurriese poner un circo lo apoyaría igual. Siento que él está contento, ha estado bien en su rol de ministro y lo percibo porque mucha gente me lo hace saber… Pero no me pongo en situaciones que no son.
—Estás involucrada en la campaña para reforestar la Patagonia, estuviste en Haití viendo el trabajo de América solidaria… También tienes inquietudes sociales.
—No creo que exista nadie que no esté de acuerdo con reforestar la Patagonia, es la causa más fácil del mundo y lo de América solidaria es increíble. Un amigo que tenía un orfanato me invitó a Haití. Y a mí me gusta ver, no que me cuenten. Fue súper fuerte, porque venía de Estados Unidos, donde sobra todo y llegas a un lugar donde no hay  nada. Ni agua. ¡Y son 40 minutos en avión! Está bien, acá también hay pobreza, pero por lo menos hay algún grado de sistema que ayuda. Allá no. También trabajé con la Sociedad Protectora de la Infancia. Y acuérdate que mi mamá creó una fundación para niños con parálisis cerebral (Alter ego). He estado vinculada con niños con capacidades especiales desde muy chica.
—¿Cómo fue esa experiencia familiar de tener a tu hermano tan enfermo y verlo morir joven?
—Yo lo viví desde los siete hasta los 23 años. Es muy fuerte, pero así es la vida nomás. Estuvimos súper juntos siempre. Es una pena grande, pero tengo un sentido de tragedia súper disminuido. Los accidentes son accidentes. La muerte y la enfermedad son parte de la vida. Es un súper cliché, pero todos nos vamos a morir, pero hay gente que no lo asimila. Eso lo entendí desde chica. Y está conectado con un desapego a la continuidad de las cosas, pero también a aferrarse a tratar de estar bien, ser feliz, de que la vida es ahora. Que no hay que esperar.  Hay que buscar estar contento, disfrutar. Vivir el momento y aprovechar a las personas que uno quiere, porque no sabes si de un segundo a otro ya no van a estar. Estamos todos prestados acá y todas las otras certezas son falsas.
—Siempre te han colgado el cartel de mujer fría, dura, ¿qué tan fuerte eres en realidad?
—Soy fuerte porque me sostengo de pie ante la adversidad. Tampoco me gusta mentir ni maquillar mis opiniones. Sí creo que muchas veces, por estar a la defensiva, paso por pesada. La timidez también se confunde con pesadez, y soy tímida. Jamás se me ocurriría cantar en un karaoke. ¡Me muero!
—Pero tampoco haces nada diferente para cambiar esa percepción.
—No, porque las personas que me conocen o me van a conocer se van a hacer una idea de mí. Y yo no puedo dedicarme a caerle bien a todo el mundo.
—¿Y ahora cómo estás?
—Contenta. Con proyectos, viviendo sola, tranquila, preocupada de mí. Me siento bien. Obvio que todos tenemos yayitas…
Ignacia, pudorosa, protege las suyas. Las seca al sol, caminando, cocinando o viajando. Ahora, en una mesa contigua, un grupo de hombres la observa insistentemente. Ella se ríe, los mira fijo y les hace una mueca de extrañeza. Toma un sorbo de agua y habla: “El otro día leí a una actriz que había hecho toda una carrera interpretando personajes de mala y decía: ‘Cuando soy buena, soy buena, pero cuando soy mala, soy mucho mejor’, jajaja. Y me pasa lo mismo. Me gusta hacer de mala. Es entretenido, lo disfruto”.

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