Unos pocos días en Zapallar, otros en un campo de Córdoba, encuentros familiares y la celebración de los 44 años de la actriz fueron la tónica de las vacaciones de Leonor Varela que dividió entre Chile y Argentina junto a su marido, el productor y actor trasandino Lucas Akoskin (37), y sus hijos Matteo (4) y Luna (2). Fue también un tiempo de pololeo para ellos, que mientras estaban en Santiago, se escaparon a Buenos Aires.

Un espacio que, admiten, necesitaban para reencontrarse, hablar de otros temas y salir un rato de la rutina familiar que en su caso es muy demandante, debido al mal degenerativo y genético que afecta a Matteo, quien requiere de atención las 24 horas. Una situación fuerte y dolorosa que no cualquier pareja es capaz de sortear junta, pero que, sin embargo, Leonor y Lucas la han experimentado con madurez.

“Por fortuna, tanto Leo como yo, pudimos ver muy rápido cuales eran esas oportunidades que la vida nos estaba poniendo frente a nuestros ojos. Esto no disminuye la gravedad de la condición de Matteo ni lo duro que puede ser para nosotros como padres, pero si abre un modo de ver la vida y las situaciones extremas, que en un principio es difícil de reconocer”, reflexiona el productor de Nightingale y Captive, entre otros filmes, quien por estos días se encuentra en plena promoción de su última película On the Milky Road.

Ya son siete años los que llevan juntos. Una historia poco conocida que se remonta a Buenos Aires, a fines del verano de 2010. Los presentó un amigo en común, el director colombiano de la serie Narcos, Andi Baiz. Leonor recuerda: “Fui a filmar un comercial por tres días, y Andi me invitó a comer.  Me dijo que iríamos a un restorán con un muy amigo suyo (refiriéndose a su actual marido). Al final, Andi no pudo ir ese día, y con Lucas decidimos salir igual para conocernos. Lo único que sabía de él es que era productor y vivía hace 10 años en NY”. Lucas, a diferencia de ella, sabía perfecto quién era la actriz por sus trabajos en el cine.

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Leonor rememora la buena onda que surgió apenas se vieron. “Pasó a buscarme, fuimos a comer y no paramos de hablar. Eso sí, nunca sentí alguna presión suya ni que me tirara los ‘cortes’, por lo que incluso pensé que era gay. Después me llevó a tomar helado, paseamos por el parque y nos matamos de la risa hasta la madrugada”.

Aunque por lo visto Lucas no lo demostró, él reconoce que se ‘enganchó’ de inmediato. “Me sedujo su risa, frescura y sencillez. Su forma de ver el mundo y su fantástica predisposición a tomar helado ¡sin parar! (ríe). Como se diría en porteño, ¡me pareció una bestia!, que en traducción delicada significa: una mujer bella por fuera y por dentro también”.

—Bueno, ¿y qué pasó entonces?

—Leonor: Al día siguiente me iba. Y aunque él estaba grabando una película, me preguntó si podía ir a verme. Hizo el esfuerzo, se escapó del ensayo y me invitó a comer pizza. Recuerdo perfecto que íbamos a cruzar la calle y él puso su mano en la parte baja de mi espalda; ¡fue como un golpe eléctrico! Recién ahí sentí una intención suya. Después entró a una tienda y salió con alfajores con forma de corazón. “Toma, para el viaje”, me dijo. Ahí me cayó la ‘teja’ que podía gustarle. Es que yo soy bien…

—¿Lenta para reaccionar?

—Es que no andaba buscando y como te contaba, pensé que era gay y todo bien… Nos despedimos con un abrazo y quedamos en comunicarnos.

Leonor partió a Texas para grabar Dallas, 
y los tres meses siguientes fueron de intensas conversaciones por Messenger y Skype. “Al principio era uno, dos mensajes al día que fueron aumentando. Después ya esperaba que me escribiera, me vi muy enchufada, ¡nos matábamos de la risa! Terminamos hablando ocho horas diarias por Skype; comíamos juntos, lo acompañaba al gimnasio, hasta que un día comentamos que sería lindo verse. Estábamos enganchados, pero nunca nos dijimos algo sexual. Es interesante conocer a alguien de lejos, porque te conectas a nivel de cabeza, alma y corazón”, rememora la protagonista de Cleopatra, quien en esos días debió regresar a Chile, mientras él  seguía en Buenos Aires filmando una película. “Nos juntamos en el aeropuerto de Santiago y me lo llevé a la playa. Pasamos juntos ese fin de semana y nunca más nos separamos”, recuerda.

Lucas, por su parte, cuenta que a la semana de conocerse “supe que estaba frente a la futura madre de mis hijos. Muchas cosas que admiro y deseo de una mujer las encontré en Leo. Que mantenga sus valores intactos, con una voz muy personal, que sabe bien lo que quiere y no se detiene hasta lograrlo. Que sea honesta, transparente y sincera. Que sea independiente, diga lo que piensa, sea tolerante, paciente, con sentido del humor y se ría de mis chistes malos. Que me permita ser yo mismo, tenga un corazón de oro, sea generosa y nunca deje de soñar”.

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—¿Y usted Leo, por qué escogió a este hombre siete años menor?

—No siento esa diferencia. Lucas es más maduro en lo emocional y yo me veo más joven (ríe)… Más allá de bromas, hay un equilibrio en nuestros modos, en cómo somos partner y nos repartimos las tareas. El tiene mucho humor, cuando me caigo, me recoge; lo mismo yo con él.

—¿Es muy distinto al prototipo del hombre chileno?

—No me gusta generalizar, solo puedo decir que es un hombre que a los 19, sin ningún peso, contacto ni apoyo familiar, se fue a Estados Unidos para estudiar teatro y cine. Se hizo un camino solo, que muchos no tienen los cojones de hacer. Trabajó en varias cosas para mantenerse y 10, 15 años después ya era un productor respetado en Hollywood. Eso te habla del tipo de persona que es, valiente, que fue capaz de construirse a sí mismo.

—Con lo admiradora que es de su padre, ¿tendía a buscar alguno de sus rasgos en sus parejas?

—Mi papá se casó tres veces; fue bien mujeriego, ¡para qué estamos con cosas! Buscaba lo contrario en un marido, que yo fuera su mujer y punto. Necesitaba a alguien inteligente, que rompiera el prototipo del hombre infiel. En ese sentido, me casé con el mejor del mundo, que tiene  una gran capacidad de amar. Es una persona sana de corazón; me ha enseñado a discutir, a enojarse, sin dejar de amar; a estar siempre ahí, incondicional. Siento que todo lo hace por mí, por nosotros. Me casé por amor, sin duda, porque él no era ni el más guapo, ni el más rico, ni el más famoso. Y no es por tirarme flores, pero esas opciones estaban…

—¿Le habían pedido matrimonio antes, Leonor?

—Muchas veces, pero siempre faltaba algo. Y era esa gran capacidad de amar y de entrega que tiene. Es gracioso, me entretengo mucho con él, es muy partner e increíble como papá. Mi marido ha sabido querer a un hijo muy difícil de amar, poniéndose a la altura de una situación donde tres cuartos de los hombres saldrían corriendo.

Lucas coincide en lo doloroso y complicado que ha sido este camino con Matteo, quien a los cuatro meses fue diagnosticado con una leucodistrofia; una enfermedad de origen genético, hasta ahora sin tratamiento y de mal pronóstico. “Ante las situaciones más difíciles, hay dos caminos: ponerte en el papel de víctima y reclamarle a Dios, al universo o a quien sea, ¡¿por qué yo?! O ver y entender bien cuál es la oportunidad que estos desafíos traen”.

Recuerda que el primer año de relación con su mujer tuvieron altibajos, con Leo viviendo en Los Angeles y él en NY, sin tener claro cómo manejar los tiempos y distancias, mientras aun no terminaban de conocerse.

“Sin embargo, vivimos todo lo que debíamos antes de que llegara Matteo. Para ese momento la relación era sólida. Es difícil decir cuánto hemos crecido; cada pareja tendrá su manera. En nuestro caso, Matteo —que requiere el ciento por ciento de nuestra atención y de toma de decisiones que pueden ser drásticas— el unirnos y consolidarnos fue uno de los tantos regalos que nos trajo y el porqué le estamos agradecidos. Nuestro hijo nos hizo una pareja de hierro”.

—¿Nunca tambalearon?

—Lucas: Una situación así trae tantas presiones que, o te destruye como pareja y persona o te fortalece. En mi humilde opinión, salir adelante se logra con cariño. Si hay amor puro y verdadero, se puede enfrentar lo que sea. Este te da la confianza ciega de apoyarte en el otro, para así transitar este recorrido de a dos, donde jamás te sentirás solo. Leo es extraordinaria para todo lo que es “investigación”. Por suerte vivimos en Los Angeles, donde las terapias alternativas y suplementos naturales más sorprendentes existen; y que ella no sé cómo los encuentra. Matteo va creciendo y sus necesidades cambiando, por lo que la investigación es diaria y constante. Ambos hacemos todo lo necesario para que él tenga un día a día lo más feliz posible.

—Leonor: La lealtad, el respeto y la admiración mutua son fundamentales. También el humor permite atravesar cualquier situación difícil; reírse de uno, ayuda a alivianar la carga. Lucas ha crecido mucho. Lo que yo he ganado en sanidad y corazón, él lo ha hecho en profundidad de alma. Tengo una conexión espiritual fuerte, miro las cosas desde ese nivel y veo que él ha ampliado su universo.

—Y su mujer, ¿cuánto ha crecido, Lucas?

—Descubrí que la fortaleza, pureza y amor incondicional que es capaz de dar, no tiene fin. Ojalá todas las madres entregaran su corazón y su alma a sus hijos de la forma que lo hace Leo. El mundo sería un mejor lugar.

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Están trabajando en su primera película juntos, que estará centrada en la vida de la legendaria italiana Tina Modotti; uno de los referentes de la fotografía del siglo XX —por sus retratos épicos del México campesino y revolucionario— y que está basada en el libro La mujer infinita, del gran amigo de Leonor, José Ignacio (Chascas) Valenzuela. “¡Lo obligué!”, dice bromeando la actriz sobre la participación de su marido como productor de la cinta, donde ella será la protagonista.

“Ha resultado más largo de lo que esperábamos, pero el cine es así. Lucas incorporó a la gran directora argentina Lucía Puenzo, quien acaba de ser mamá, por lo que se ha tomado un poquito de tiempo en terminar la última pulida del guión. Yo creo que en un año más la podríamos estar haciendo”, cuenta Varela, que por estos días está grabando el filme The Solutrean —que Sony lanzará este año— y en marzo viajará a Juan Fernández con NatGeo, para ayudar a difundir la creación de un nuevo parque marino en la zona.

“En los momentos en que uno de los dos está filmando, el otro toma el timón y aguanta el fuerte hasta que termine la película”, cuenta Lucas sobre la manera que tienen de organizarse con el trabajo y la casa, donde hace dos años llegó su segunda hija Luna a revolucionar el ambiente familiar.

“Lunita es un ser mágico. Nos dio la posibilidad a Leo y a mí de experimentar la paternidad desde otro punto de vista. De un modo u otro, fue comenzar de cero y descubrir día a día el crecimiento de un nuevo ser que nos apoya y acompaña en todo momento y que ilumina cada rincón que pisa”, cuenta el orgulloso padre. Leonor agrega que la pequeña les ha aportado una gran dosis de alegría.

“Es un terremotito, con quien nos matamos de la risa. Es tan buena… Nos salió un niño muy difícil y una niña muy fácil, como para equilibrar las cosas. Se duerme sola, es colaboradora, aunque sabe muy bien lo que quiere y lo manifiesta, que me encanta. No queremos educar a una niña perfecta que obedece, sino que piense, tenga su propia ética moral y capacidad de evaluación.

—Y Matteo, ¿tiene conciencia de su hermana?

—Sí, aunque estuvo muy enojado con nosotros desde el último tercio del embarazo, hasta el primer año de Luna. Era su manera de manifestar sus celos; lloraba todas las noches, con pataletas, berrinches, sin embargo, llegaba la cuidadora y se mataba de la risa. A su hermana ¡la ama! Ella, quilombera, llega con todos sus ruidos, Matteo la mira, se ríe y Luna le da besitos. No sé aún si ella tiene conciencia de este hermano con necesidades especiales, no me lo ha dicho, pero es observadora y sensible; algo entenderá. Va al jardín con otros niños y debe darse cuenta de la diferencia. Mi miedo era que se frustrara con él, que pudiera morderlo o pegarle para que jugara con ella, que tuviera alguna reacción. Ha sido lo contrario, le baila, le pone juguetes en su mano, no sabe pronunciar su nombre y le dice ‘Makga’,‘Makga’.

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—¿Cómo está él? ¿Ha tenido avances?

—Mi gordo está bien, con sus altos y bajos. Está más grande, maduro, yendo al colegio, abriéndose al mundo y curioseando. Ya descansa y se duerme en el auto, que es un avance. Puedes moverlo más, aunque sigue con mucha dificultad para pasar las noches; de hecho no las pasa, se despierta siempre. Es imposible tener un juicio sobre las terapias alternativas a la que hemos recurrido. No sé qué hubiera pasado sin ellas porque no tengo puntos de comparación. El está relativamente bien comparado con el pronóstico inicial, pero eso nunca lo sabré. El tiempo dirá.

—¿Sigue esperando un milagro?

—Leonor: Siempre hay que esperar que ocurran. Basándome en la Teoría de Autopoiesis de mi papá, creo que también hay un tema de mirada y actitud, en cuanto a cómo uno mira las cosas, éstas van haciéndose. Cuando rezo, no pido nada específico para él, solo salud. Creo que a uno no le toca escoger el árbol, Dios te da el pino que te corresponde.

Lucas, por su parte, sólo aspira que Matteo sea quien es. “Que cumpla todos los objetivos que vino a cumplir. No le ponemos limitaciones ni presiones. Nuestra función como padres es entregarle nuestro corazón entero y fuerte, y tomarlo de la mano en este camino que eligió transitar”.

—¿Sienten que han debido postergarse mucho como pareja?

—Leonor: Intentamos dejarnos un tiempo en la medida que podemos, pero es difícil. No me siento cómoda saliendo mucho rato, aunque de a poquito hemos ido ganando esos espacios otra vez. En Los Angeles instauramos el date night una vez a la semana, entonces si o si va una babysitter y salimos a comer. Es el momento de conversar otras cosas que no sea colegios, enfermedades y doctores. No podemos olvidar de conectarnos como pareja, en cuanto a que está pensando el otro, sus añoranzas, sueños y en qué podemos aportarle para que se realice como persona e individuo.