Pasa el tiempo. Son casi quince años de su gigantografía semidesnuda en el corazón de Manhattan. Leonor Varela era presentada al mundo como Cleopatra. ¿El inicio de su carrera? No. Pero, sin duda, sí fue la partida de esa frenética espiral por marcar su posición en la competitiva industria hollywoodense que, en el papel, monopolizó su currículum. Hoy la actriz sigue tan moderna y guapa en los afiches, como aquel día en que su cuerpo veinteañero lo rodeaba una serpiente. Pero la energía es distinta. Es más pausada, sin prisas. Viene de la mano de su hijo Matteo, que muestra orgullosa en su última foto de celular. Esta vez su búsqueda es personal.

Es ineludible asociar este nuevo aire con el calendario. Leonor ya cruzó la meta de los icónicos 40. Década que la encontró con un amor latino, maternidad y la película de sus sueños macerándose. Parte su segundo tiempo y quiere liderar el juego.
Lleva una semana de visita en Chile con una agenda llena de compromisos con clientes. Todos alrededor se mueven a su ritmo: como reloj. “Tantos años en Estados Unidos he aprendido a trabajar así, viene de ahí”. Es entretenido verla en esa dinámica. Es una pro.

—¿En qué momento de su vida la alcanzan los 40?
—No sé, fíjate. Todavía no me identifico mucho con ese cliché, quizá para gente que no se ha realizado puede ser un tema… Creo que he vivido tan plenamente, con tanta entrega a las oportunidades que se me han dado y a las pasiones que he tenido, que siento que he podido cumplir muchos de mis anhelos, deseos, expectativas y sigo teniendo más, ¡por supuesto! Los 40 no fue tema para mí.

—¿Pero los celebró?
—Mi marido me obligó a celebrarlo. A mí  me daba lo mismo. Me dijo:  Pero no, ¿cómo? Entonces ahí le respondí ‘Bueno, ya’. Tenía a mi hijo recién de un mes, así que uno tampoco está como para irse de fiesta, cuando das pecho y estás en todo aquello. Efectivamente, lo festejamos con quince amigos en la casa. Así que fue de la mejor manera que lo hubiera podido desear: junto a mis seres más queridos.

—Otro estilo de cumplir 40.
—O sea, yo siempre imaginé que iba a hacer una gran fiesta,  al estilo ‘Ya, cumplo 40, vamos con bombos y platillos’. Pero en verdad, no correspondía, no era el momento y sentía que no nomás.

—Entra al segundo tiempo de la vida.
—¡Qué bueno que me lo digas, no me había dado cuenta! Sigo igual de acelerada (se ríe).

—Pero, ¿se veía mamá a esta edad?
—Sí.

Matteo tiene ocho meses. Primogénito de su relación con el productor argentino Lucas Akoskin (34) que partió en 2011 y con quien coincide no sólo en los afectos, sino que también con el mundo en que desarrollan el trabajo: Los Angeles. En California viven en Santa Mónica, cerca del mar, referente indispensable para la activista de la organización ecológica Oceana.

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Ese nuevo núcleo le ha movido su brújula. “Hay un cambio: dedicarse más medida al trabajo. No tan entera porque ahora tengo una familia y eso es mi prioridad. Así,  de pronto, todo el resto tiene que mirarse de otra manera”.

Tras una pausa continúa: “Existe otra perspectiva. Antes se trataba de una entrega absoluta a mi carrera. Mi vida personal era plena –porque siempre he tenido muchas amistades y amores que me han hecho muy feliz–. Pero tienes razón que ese ‘segundo tiempo’ podría leerse en que observo mi trabajo desde otro ángulo: el de una mujer que tiene una familia, que le da prioridad a ésta y que siente que quiere dedicarse a su profesión de manera más selectiva”.

La actriz es enfática en ese punto: embarcarse sólo en cosas que anhela. Y, en particular, llevar a la pantalla un proyecto en el que ha invertido ocho años de energía: la película sobre la vida de la legendaria italiana Tina Modotti, uno de los referentes de la fotografía del siglo XX, gracias a sus retratos épicos del México campesino y revolucionario.
La cinta que prepara Varela se basa en el libro La mujer infinita, de su amigo José Ignacio Valenzuela (Chascas). La  publicación juega con los tiempos: sigue a la retratista en la convulsionada sociedad azteca en los años 20 y en su relación amorosa con el dirigente cubano Julio Antonio Mella; y, en paralelo, también se centra en una actriz que en este siglo quiere interpretar a la fotógrafa. Ese doble juego –doble vida– es a lo que se zambullirá Varela.

—En términos de carrera, ¿ahora piensa distinto?

Para mí esta película es otro hijo. Así quiero dedicarme a trabajar: solamente con gente que quiero y con la que me siento cómoda.

Para mí esta película es otro hijo. Así quiero dedicarme a trabajar: solamente con gente que quiero y con la que me siento cómoda. No quiero lanzarme a las aventuras, a ver cómo va en algún nuevo proyecto. No,  ya no estoy para cosas experimentales en este minuto de mi vida.

—Lucía Puenzo está en la dirección.
—Esta cinta la produce mi marido y la he desarrollado con mis mejores amigos. La dirige Lucía, una mujer que es extraordinaria, de una sensibilidad bellísima y una inteligencia francamente admirable. Esa es la dirección que me gustaría continuar: hacer cosas que realmente sean mías.

—¿Significa que su foco laboral ahora apunta hacia Latinoamérica?
—Sigo radicada en Los Angeles y vamos a seguir en esa ciudad.  Ahí está nuestra vida e industria. Nunca diría dejo Hollywood, porque estamos basados ahí. Y nuestra película apunta a no ser simplemente latina. Sí, la cinta toca nuestra identidad (hispana),  y nada mejor que hablar de las cosas que uno conoce desde el lugar donde uno realmente proviene. Y yo vengo de la cultura latina. Más que elegir esta iniciativa por sobre Holly-wood, opto ya que es parte de mi mundo y quiero compartir ese punto de vista. Y no descarto que el día de mañana también quiera explorar mi cultura más internacional.
Por lo pronto, el largometraje será en español. “Siempre quise que Tina fuera una cosa auténtica. Y hacer una producción que se sitúa en el México en inglés me parecía demasiado burdo”, explica. “Would you like to go with me?”, dice en un diálogo  ficticio y con tono chicano para enfatizar su punto.

Wp-leonor-193(2)—No puede evitar relacionar su proyecto con la forma en que Salma Hayek trabajó Frida: involucrando a sus amigos y a su novio (Edward Norton). ¿Es así de personal?
—Si esta es una idea mía. Esto nace de mi interior. Me enamoré de este personaje y hablé con mi amigo Chascas (Valenzuela), le encantó y se leyó todo. Hizo una investigación increíble y lo trabajó en talleres en Europa.

Leonor tenía 16 años cuando llegó a sus manos la primera cámara de fotos. “Pedí que me regalaran una para Navidad. Era una Nikon que para mí era increíble. Me obsesioné  como dos años y sacaba muchas fotografías que iba a desarrollar a un laboratorio. También hacía las impresiones. Me encantaba”.

—¿Dónde estaba a esa edad?
—En París. Me gustaba, sobre todo, tomar retratos: a mi hermano chico, a mi papá. Las caras de las personas siempre me fascinaron, lo mismo las composiciones interesantes. Después me metí en la danza… y chao cámara. Luego en el teatro… y chao danza. Así terminé en lo que hago ahora (ríe).

—Entonces, ¿su ex novio fotógrafo no tuvo nada que ver con la fascinación por este arte y Modotti?
—Efectivamente tuve un novio fotógrafo (Anthony Mandler) y me gustaba mucho compartir ese mundo con él. Un mundo que entiendo, amo y aprecio. De hecho, cuento con muchos amigos que se dedican a esa profesión. Valoro mucho el componer, el punto de vista, la mirada que transforma el sujeto. Finalmente, quizás es un poco esotérico lo que voy a decir, pero la realidad que vivimos la vamos creando nosotros. Es lo que también decía mi papá (el biólogo Francisco Varela). Esotérico, aunque igualmente científico: hay una simbiosis, un intercambio entre el sujeto y cómo uno observa. Es lo que hizo Tina y por eso me gusta tanto ella. Fue una mujer que supo crear su propia realidad: mostró la belleza de los campesinos, trabajadores y gente humilde. Así lo sentía y creía. Esa veta social tan fuerte la supo materializar en la fotografía.

Leonor Varela fue seducida. Así de simple. Pasaron los años y no pudo olvidar la biografía de esa heroína-artista-guerrillera. Modotti es  “una mujer adelantada para su época y con una mirada fuera de lo común”, comentó al anunciar su proyecto.

—¿Se imagina a Tina Modotti con Instagram?
—(Da carcajadas) No, para nada, era el contrario a eso. Manejaba otro ritmo, no la  inmediatez de hoy.

Ya existe calendario para Tina. A inicios de 2014 parte la preproducción para rodar en México. En los meses anteriores la actriz  estará trabajando el personaje. Ya encontró a una coach para manejar el español con un dejo del acento italiano de Modotti. En cine, lo último  que la tuvo en pantalla este año fue Odd Thomas, junto a Willem Dafoe y bajo la dirección de Stephen Sommers (La momia).

—¿Sigue siendo difícil el tema del casting?
—Obviamente no compito con Penélope Cruz. Ella está en otra estratósfera. Es una superestrella. Pero, hoy me llaman mucho, porque ya me conocen y quieren volver a trabajar conmigo. Ultimamente he filmado poco porque significa viajar y dejar a mi familia. Elijo con pinzas los pocos casting a los que voy. Me da buenos resultados, tengo muy buen feedback y me siento bastante segura. Ha sido interesante todo este cambio de vida. Soy otra persona.

—¿Ya no es cosa de vida o muerte?
—No. Hay que pasarlo bien y disfrutar. No hay que angustiarse. Uno tiene que transitar por todo ese proceso para llegar a esa conclusión.

—¿Se junta con Cote de Pablo (chilena con gran éxito en Hollywood gracias a la serie NCIS)?
—Fíjate que no nos cruzamos. Me la he topado, pero no soy cercana a ella. No la conozco bien. Somos de otra generación, yo tengo familia. En el pasado me he juntado más con Angélica Castro y con Santiago Cabrera.

—Tuvo una crianza en viaje, ¿quiere repetir ese modelo con Matteo?
—Necesito buscar más estabilidad en este minuto de mi vida. Así que estoy rechazando cosas que implican mucho traslado. Si mi hijo va a ser viajero, veremos.

Wp-Leonor-193-2(2)—¿Cómo lo va a vincular con Chile?
—Vamos a seguir viniendo siempre, porque la tierra llama y uno es de acá y eso no se cambia. Me haría mucha falta a mí. Mi marido es de Argentina y él tiene una familia estupenda a la que quiero mucho.

Más allá de esos sellos en el pasaporte que indican los ingresos de Leonor Varela al país, ella ha mantenido un lazo permanente con Chile a través de causas, especialmente ecológicas. ¿Las actuales cruzadas políticas? No la mueven (literalmente, no hace ningún gesto en su rostro perfecto). Y tiene sus razones.

“Desgraciadamente, yo y todos los chilenos que vivimos afuera estamos privados de voto. Y hace mucho tiempo que mi énfasis ha sido ese. No podemos tener una voz,  y si no la tengo para qué  voy a dar mi opinión si no la puedo ejercer. Ya que no puedo sufragar no me pregunten, porque mi opinión no vale.

—¿Es duro?
—No. Es una posición un poco extrema para hacer evidente que hay voces de millones de chilenos que viven en el extranjero que no pueden votar,  que nuestra opinión no vale.

—¿Y le interesa lo que pasa acá?
—Obviamente. Pero, otra vez, no voy a entrar en detalles ni a dar mi opinión si no puedo votar. ¿Para qué?

—Más allá de los temas políticos, ¿la mueven los asuntos sociales: las marchas por la educación, las movilizaciones en Aysén? ¿Le dan ganas de conectarse y apoyar?
—Sí, los sigo y me mueve. Por supuesto. Los entiendo y observo a mi manera. Tuiteo para temas que van dirigidos más contra HidroAysén o en favor de la campaña de reforestación de la Patagonia. Pero, sorry, lo que más me ha motivado a movilizar mi tiempo y energía ha sido Make a Wish, una fundación que ayuda a niños con enfermedades terminales y de alto riesgo. Y uno no elige los sentimientos que te mueven.

Se le cree a Leonor. Cuando se regresa a la cancha para la segunda mitad hay que hacer las jugadas justas. No sobran los minutos. Se ajusta el foco. Hay que vivir como una pro.