Faltan más de dos horas antes que comience la marcha de los enfermos y en las inmediaciones del puente Pío Nono ya están los primeros asistentes. Una señora que tiene cáncer a la vejiga y no puede ser operada por un problema al corazón, se apoya en uno de los postes. Se llama Rosa y viene de Peñaflor, espera a su hija que se acaba de recuperar de un tumor al pecho. A escasos metros, dos jóvenes de unos veinte años que viajaron toda la noche en bus sostienen un pendón que dice en grandes letras azules: “Los enfermos de Coquimbo”. Al cruzar la calle, dos niñas con leucemia pasean en sillas de ruedas.

Más temprano, parecía que el día iba a estar nublado pero a medida que el Parque Forestal comienza a poblarse, el termómetro suma grados. Cuando Ricarte Soto Gallegos se baja de la camioneta junto a su mujer Cecilia Rovaretti y la hija de ambos Alzira, son varios los manifestantes que se agolpan a saludarlo. “También tuve cáncer al pulmón como usted, me salvé pero me quedé en la ruina”, le dice un señor de no más de 50 años que viajó desde Valparaíso para sumarse al evento. El lo mira con la misma atención con que escuchará a los cientos de personas que lo buscarán para manifestarle su apoyo en la cruzada que emprendió para denunciar el desamparo en que el Estado de Chile deja a sus enfermos y exigir la creación del Fondo Nacional de Medicamentos.

Wp-Ricarte Soto 193-2Un jockey blanco protege su cabeza completamente calva por los efectos de la quimioterapia, mientras camina junto a parte del equipo del Buenos días a todos entre los jardines. La gente sigue llegando y ya supera las diez mil. Ricarte se emociona pero al mismo tiempo siente que está a punto de desplomarse. Por diez minutos aguanta el calvario en silencio. Con la sonrisa en su rostro, el contraluz le da un aire místico, nada más lejano a sus creencias.  “Dios creó el universo pero hace miles de años que no se interesa por este planeta. Si estuviera preocupado cómo el ser humano podría haber cometido tantos crímenes, desde la Inquisición al Holocausto y la hambruna en Africa. Donde quiera que esté se olvidó de los terrícolas”, confesará días después.

Entre los asistentes, niños, jóvenes, madres y abuelos se pierden entre la multitud, en la que también marchan algunos rostros conocidos como la periodista Cecilia Serrano que lucha contra la esclerosis múltiple, la conductora Paulina Nin de Cardona que padece hace años mal de Crohn y el animador Julián Elfelbein, operado de un tumor cerebral, quien no escatima elogios para su compañero de matinal. “Por la energía que tiene va a vivir más que cualquiera. Es un tipo que jamás vas a ver abatido. El llega todas las mañanas mucho antes de su bloque, conversa con la gente de audio y podría perfectamente quedarse en su casa. Aunque esté con dolores, nunca se queja y lo que consiguió ahora con la marcha es admirable”, dice. Esa es la misma sensación que dejan las palabras de la actriz y opinóloga Macarena Tondreau.  “Dentro de todo creo que Ricarte está pasando una linda etapa, anímicamente está bien, lo que es clave para esta enfermedad y de alguna manera todo lo que ha vivido lo ha convertido en parte de esta gran lucha que está dando para que abramos todos los ojos y entendamos que la salud es algo demasiado frágil como para seguir aguantando tanto desamparo. Yo sé que sus propuestas van a ser escuchadas y el día de mañana sabremos que fue por esta batalla”, exclama, emocionada.

Para Ricarte el momento más emotivo de la marcha es cuando sube al escenario el periodista Enrique Ramírez Capello, quien quedó tetrapléjico luego de que se le hiciera una infiltración en la espalda y  que derivó en un infarto en la médula espinal. Ahí se le apretó el corazón. “Darle la oportunidad  de hablar a una persona que por una mala praxis nunca reconocida perdió todo fue uno de esos momentos en que uno podría decir no somos más que parte de un plan superior, pero para un hombre formado en el rigor de la razón, cualquier interpretación metafísica está de más.

Todos los días recibo una pastilla de quimioterapia que me afecta igual que si me la inyectara. Entonces mi cerebro parece torre de alta tensión pero sí me emociona harto lo que estoy haciendo

Todos los días recibo una pastilla de quimioterapia que me afecta igual que si me la inyectara. Entonces mi cerebro parece torre de alta tensión pero sí me emociona harto lo que estoy haciendo”, reconoce, mientras avanza entre la multitud que superó los doce mil asistentes.

Antes del BDAT, Ricarte era conocido como el hijo del destacado cineasta, escritor  e intelectual Helvio Soto. El peso del ex director de Televisión Nacional de Chile y realizador de cintas emblemáticas como Caliche sangriento y Llueve sobre Santiago estuvo sobre sus hombros hasta que la farándula llegó a su vida y él supo, con agudeza e ironía,  utilizarla para decir las cosas más importantes. “Yo digo en alto todo lo que la gente dice despacito”, explica mientras  pide un expresso, en una cafetería del barrio de Vitacura donde transcurrió su infancia antes de partir a Buenos Aires. “Vivíamos en la calle Perú y la verdad ahí sí que fui feliz aunque mis papás salían harto y pasaba mucho solo”. De regreso en Santiago y con pocas ganas de estudiar, se autoimpuso una especie de castigo para terminar las humanidades y se inscribió en la Escuela Militar. Entre sus compañeros figuraban Armando Fernández Larios y Miguel Krassnoff,  quienes años más tarde alcanzarían notoriedad pública por sus vinculaciones a violaciones a los derechos humanos. “Lo que aprendí de ese tiempo es algo que me ha servido mucho en estos días, como sobreponerse al dolor y seguir adelante”, sentencia. Tras el golpe militar, se refugió en París, donde su padre se codeaba con lo más selecto de la nouvelle vague, la nueva ola del cine francés, mientras filmaba y denunciaba la represión en Chile.

“Mi padre era pura razón y nada de emoción. El quería que yo fuera cineasta y cuando le dije que prefería ser periodista no le gustó mucho”, recuerda sin nostalgia. Luego de estudiar en La Sorbonne entró a trabajar a Radio Francia, desde donde no se cansó de enviar proyectos a Chile: Una revista, una radio, un programa, buena ideas con un final inconcluso. En los noventa de regreso al país, encontró su espacio en la Radio Monumental pero al tiempo las radios AM entraron en crisis y hubo que buscar nuevos rumbos. Estuvo detrás del programa Puntos de vista de La Red y tras varias apariciones en espacios políticos una noche aterrizó en el estelar mundialero Con mucho cariño que dirigía Mauricio Correa. De ahí al Buenos días a todos, un paso.

Wp-Ricarte Soto 193En la mesa vecina, un señor de setenta años deja el diario que lee a un lado para pararse a saludarlo y felicitarlo por la convocatoria de la marcha de los enfermos.  Igual lo hicieron el ministro de Salud, Jaime Mañalich, el candidato radical José Antonio Gómez y la senadora democratacristiana Soledad Alvear,  con quien espera reunirse en un futuro. Cuando ya hay quienes hablan de la ley Ricarte, él se apresura en aclarar: “No voy a avalar  ninguna cosa intermedia porque ya tuvimos la experiencia de la reforma a la educación. Aquí todo se hace a medias”, reclama.
En este sentido, asegura que el sistema de salud es tan cruel que confunde a los usuarios. “Antes pensaba que era privilegiado pero no es así. Yo recibo las cosas que tengo que tomar porque soy un ser normal, los anormales son los que no tienen esa posibilidad y eso es lo increíble. Esa es la estela que dejó el pinochetismo. Es tal la deformación de este país tan subdesarrollado, si Chile es como la Corea del Norte del capitalismo, aquí pasan cosas que uno dice ‘no puede ser’”.

—En definitiva si no tienes plata, te mueres, ¿a eso se refiere?

—Exactamente. Qué hace alguien con el salario mínimo y no estoy hablando sólo del cáncer porque lo que es peor en Chile son las enfermedades raras. Tú sabes que para que te reembolse el Estado la enfermedad tiene  que estar decodificada por Fonasa y las enfermedades raras casi nunca lo están, por lo tanto no te dan ni un peso. Y eso sin contar con el drama que viven los médicos cuando tienen que pagar hasta 15 millones de pesos para tener acceso a un cubículo en una clínica privada.

Según la Organización Mundial de la Salud, OMS, Chile está entre los diez países con el sistema de salud más caro del mundo. Y Ricarte lo sabe bien. Mensualmente paga casi dos millones y medio de pesos por la medicina que lo mantiene con vida. “Este medicamento funciona cuando ya falló la primera y segunda línea de quimioterapia, o sea, estamos llegando a un margen en que si no tomo esto me muero”, explica. Gracias al seguro complementario paga apenas 160 mil pesos mensuales. En España, una persona en su misma condición desembolsa apenas 5.000 pesos al mes. Lo mismo ocurre en Portugal donde por medicamentos los enfermos no deben cancelar más de un euro.
“Y pensar que el patudo de Piñera le dijo a Rajoy  bienvenido a un mundo mejor. Como puede ser tan chanta”, exclama y se ríe. “Aquí todo es cañufla. Los consejeros son los campeones del consejo penca como Enrique Correa que por un lado hace lobby a todas las empresas que le hacen mal al país y por otro aconseja a los candidatos socialistas… de qué estamos hablando. La otra vez  dije que el directorio de TVN era la copia del binominal… pero si así es. Chile duele, como no va doler si uno quiere a este país, por algo volvió. Por algo se irrita”.

Son las 8 de la mañana y en el set promocionan la campaña para sumar nuevos socios para el Hogar de Cristo, Ricarte conversa con el mono Flo y cuando termina la transmisión camina hacia la puerta del estudio siete donde graban el matinal. Lo hace como arrastrando los pies y un poco encorvado pero hay  prestancia en sus movimientos. Algo que la doctora María Luisa Cordero define como “un aire francés”.

Hace tres años que le detectaron el primer tumor en el pulmón y admite nunca se deprimió. “Hay un personaje del humor argentino que me refleja fielmente, es don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia. Ese soy yo, jugueteo mucho con mis cosas y hago lápices”, cuenta, mientras muestra las manos manchadas de tinta. “Esta lapicera la estoy armando con una de los años cuarenta que compré en eBay. Puedo pasarme horas, soy muy hijo único y siempre tuve que jugar solo”.

Cuando Ricarte caminaba hacia los 16 años nació su hermana Pascuala, fruto de la unión de su padre y la actriz Patricia Guzmán. Ella sí estudió cine. Cuando a Helvio le descubrieron un avanzado cáncer al pulmón, su hermana decidió dejar de fumar, en cambio él siguió, hábito que incluso hoy reconoce que extraña. “Si vienen y me dicen que no hay nada más que hacer feliz me fumaría un Malboro rojo”.

—¿ Si pudiera echar el tiempo atrás sabiendo el daño que provoca volvería a fumar?
—Es tan iluso pensar que uno puede ir por ahí sin muletas, si la vida es muy difícil. Además, si está el factor genético te puedes cuidar mucho pero te vas a enfermar igual nomás.

Hace años, cuando estuvo separado de su mujer, Ricarte sucumbió ante los llamados insistentes de un amigo que lo invitó a los talleres de Chileworks. Tal como lo hicieron otros personajes de la elite social y económica del país, Soto se sometió a extenuantes sesiones de introspección en las que debía bucear en sus dolores más profundos. Un día prometió no ir nunca más y hoy recuerda que pocas veces en la vida se ha arrepentido tanto de algo como ir a esa “verdadera tortura”. Hace unas semanas, decidió nuevamente mirar hacia adentro pero primera vez en su vida optó por pedir una hora al siquiatra. El resultado ha sido enfrentar una carga emotiva que los años de razón no lograron borrar. “Lloro bastante pero me di cuenta que ayuda. Fui porque tenía una relación no tan satisfactoria con mi hija. Ahí entendí que el timbre de mi voz tiene un dejo de autoritarismo feroz, imagínate lo que habrá sido para ella cuando era más chica”, confiesa por primera vez.

A poco de empezar la terapia sufrió una crisis de pánico que presumió era el fin.

Estaba seguro que iba a morirme de un infarto y pese a que tomo somníferos me resistía a dormir porque mi convicción era tal que no quería cerrar los ojos.

“Estaba seguro que iba a morirme de un infarto y pese a que tomo somníferos me resistía a dormir porque mi convicción era tal que no quería cerrar los ojos. Como a las dos de la mañana después de deambular y de algunos lloriqueos me di cuenta que no me iba a pasar nada… pero lo que realmente me angustiaba era repetir la historia de mi padre y entendí que eso estaba haciendo hace veinte años con mi hija. Siempre peleábamos porque ella, que estudia Arquitectura, deja las bolsas de té repartidas por cualquier parte. Cuando pasó la angustia lo único que quería era que ella despertara para decirle que Oscar Niemeyer nunca estuvo preocupado de leseras cuando estaba creando sus proyectos. O sea, no te desgastes por weas”.

—Y ¿qué le dijo ella?

—Desde hace quince o veinte días nuestra relación ha cambiado completamente. Ella es mucho más amable conmigo y yo ya no le ordeno nada, sólo le sugiero. Ayer por ejemplo se quedó con la boca abierta porque tiene una batería y venía un amigo a tocar. Como al lado de la casa hay un viejito que tiene 97 años y es medio cascarrabias había que ir a avisarle, y fui yo. Antes…. jamás lo habría hecho, dice, con un dejo de orgullo.