La telenovela nació en la Cuba pre revolucionaria, de allí saltó a México, Brasil y Argentina, depurando sus códigos y transformándose en el género audiovisual latinoamericano por excelencia. Un tipo de ficción que mantiene rasgos muy propios de las sociedades al sur de Río Grande, uno de ellos es el rol que se le asigna a la mujer. Ella es representada en las telenovelas como una criatura nacida para la maternidad cuyo principal sueño, aparte de parir, es conquistar al hombre de sus sueños y llegar al altar con el firme propósito de dar testimonio de su logro. 

La teleserie turca Las Mil y una Noches sigue al pie de la letra el recetario latinoamericano, pero lo adereza con un tono diferente y levemente encantador. Una especie de aliño oriental contenido y sigiloso, diferente de la exuberancia habitual de las producciones mexicanas o brasileñas. 

El personaje protagónico es Sherezade, una talentosa arquitecta, viuda del heredero de una gran fortuna. Pese a su éxito profesional y la experiencia de un matrimonio a cuestas, Sherezade se comporta de manera tímida y sumisa. El galán es el rudo Onur, dueño de la firma en la que Sherezade trabaja. El drama lo desata una urgencia de salud: Sherezade tiene un pequeño hijo que necesita de una costosa operación para sobrevivir. Con este dato nos enteramos que la sociedad del bienestar europea no se expandió más allá del Adriático. La mujer desesperada le pide dinero a Onur, su patrón, sin contarle la razón por la que necesita la elevada suma. El decide dárselo a cambio de una noche de sexo. Ella, atribulada, acepta sin siquiera dar aviso al sindicato de la singular propuesta del patrón. Todo pudo haber terminado ahí, pero sucede la magia: el seductor magnate turco queda deslumbrado con el encanto melancólico de Sherezade. El enamoramiento terminará de fraguarse cuando Onur se entera de la enfermedad del hijo de Sherezade: Entre la culpa y el amor hay sólo un capítulo de distancia.

La teleserie que rescató a Mega del descalabro de audiencia fue producida en un país, que tal como Latinoamérica, parece ser una especie de frontera entre la modernidad y la más añeja tradición. En Las Mil y una Noches conviven el siglo XXI con el siglo XIX. Hay momentos en los que incluso pareciera colarse la Edad Media en el guión. Una mezcla con un regusto familiar y a la vez ajeno, en una estética híbrida, más pausada que el vértigo habitual de las producciones nocturnas locales. Esta telenovela turca es como una extraña droga de diseño, tan adictiva como el mejor de los relatos orientales y tan conservadora en su propuesta como el más didáctico cuento de hadas.