Luminosa. Con suerte supera el metro y medio de estatura, pero cuando entra a una tetería de la calle Pedro de Valdivia, atrae las miradas de los clientes. La mayoría son extranjeros y jóvenes. No identifican a la Walkiria, Susana Cecilia, a esa estrella que aparecía en la portada de la revista Ritmo o la que promocionaba café concerts en plena dictadura. Pero igual no resisten seguir con los ojos a esta mujer menuda, que gana sólo unos centímetros extras gracias a su escarmenado peinado. Su caminar entre las mesas parece ser seguido con el foco de un teatro. Como una diva.

Se sienta y disculpa.“Parece que llegué sin un aro. Me encantan, pero vivo perdiéndolos”. Es una de sus excéntricidades: andar impecable y con sólo un pendiente colgando de la oreja. De las pocas cosas que no controla, en su vocación de productora. Pero en el segundo encuentro —en los estudios de su academia MDA— aparece la artista. La del camerino con vestuario colorido. La que se calza malla y medias caladas. La que juega con una estola de plumas y hace pasos de A Chorus Line. La estrella que se mira fijo en un espejo infinito. La figura extraordinaria que este 2014 festeja medio siglo de carrera. La única cifra que reconoce, la edad sólo la desliza. Se descifra rápido, pero CARAS no ofendería con tal falta de delicadeza a una leyenda del showbiz nacional.

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“Muchos piensan que cuando cumples cincuenta años de trabajo estás despidiéndote. ¡Pero me siento muy activa! Dedicarme a la docencia, traspasar conocimiento es una celebración”.

La chica que a los 10 años dejó el colegio con toda justicia recibe de parte de sus alumnos el apelativo de “maestra”. Incluso en el Teatro Municipal, donde este año ofreció un Diplomado de Artes Escénicas Integrales. “Tengo la autoridad, aunque no tenga un cartón. Los hechos y mi recorrido me avalan”.

—¿Qué hecho marca estos cincuenta años?

—Mi debut profesional. Tenía 13 años y canté No tengo edad para amarte. Era el programa de TV El Tejado Musical, que conducía Carmen Barros (Marianela).

—Eso en lo formal, porque a esa edad ya era una ‘veterana’.

—Partí en programas de televisión fuera de Chile. En Venezuela y Puerto Rico actué en telenovelas y series. Fue mi despertar.

Su infancia fue itinerante. Recorrió Latinoamérica con sus padres. Su papá era el reconocido actor Raúl Montenegro. Mientras él actuaba, su mamá trabajaba para sustentar a la familia. Maitén también: apoyó con clases de cha cha cha y merengue a extranjeros.

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Su padre le dio un directo impulso a su futuro de show woman el día en que le cambió su nombre real —María Teresa Vásquez— por el de Maitén Montenegro. Compartió con él en El enfermo imaginario. “Y a los siete aparecí segundos en su película Un viaje a Santiago”.

—¿No se tentó por el teatro clásico?

—Siempre me mantuve distante. Con reparo. Mi padre era un actor brillante y premiado. Estuve soslayadamente en ese medio. Lo tomé, lo dejé, lo apliqué en la música. 

—¿El no quiso dirigir su carrera?

—Sólo eligió mi nombre. Las cosas entran por osmosis. Desde mi cuna lo vi haciendo máscaras y preparando maquillaje. Lo escuchaba y aprendía sus diálogos de memoria. 

—¿Cuándo despega su seguridad?

—A los 25 años, cuando me pregunté si yo habría elegido esta carrera. Tuve oportunidades y empecé a actuar. Luego, vino la necesidad de hacerme cargo de mi famila (se casó con el músico Fernando Allende y tuvo a su hijo Maximiliano). Esta profesión me envolvió y enamoró. Sentí que en esa edad debía ‘tomar los votos’, porque nunca lo había meditado. Ya tenía nombre, trabajos y disco grabados.

—¿Y qué pasó?

—Era lo mío. 

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—¿El teatro musical era para distanciarse de su padre?

—No. Fue por un sentido de autocrítica. Nazco en la música en tiempos en que los cantantes era muy buenos. Y me consideré muy discreta en capacidad vocal. No podía competir, tenía que hacer algo distinto: potenciar mi canto, incrementar el baile y aplicar la actuación que naturalmente me fluía por mi papá. Crear una fórmula que me hiciera diferente. Ni mejor ni peor, pero propia.

—Fue racional.

—Nací de mis debilidades. De hecho, no era bonita —más bien era el ‘patito feo’—. No entendía por qué las cosas se me iban dando tan bien. 

—¿Tenía algún referente? ¿Alguna diva?

—No. Eso llegó en 1967 con Maijope, el trío de música, comedia y baile que creamos con Pepe Gallinato y Jorge Rabel. Ellos me hacen conocer a figuras como Carol Burnett y Judy Garland. 

Ganó por tres años seguidos el premio de Mejor Show woman de Chile. Incluso, tuvo su propio programa en Canal 9.

—¿Y cuándo entra al Bim Bam Bum?

—El ’74. Antes del Golpe Militar vivía en Colombia (donde tenía con su marido el espectáculo Campeones de la risa) y regresé con mi único éxito en disco: Canción para una esposa triste. Fui la primera mujer de la música popular que llegaba al Bim Bam Bum. Salía con plumas, pero nunca me puse bikini.

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—¿Por qué quiso llegar a un espectáculo marcado por chicas con poca ropa?

—Era un desafío. Abrir un nuevo campo de trabajo. Además, Jorge Pedreros era el productor de esa revista. Y también participaba mi ‘padre putativo’, Paco Mairena, un hombre que me formó en el baile y la comedia. Cualquier escenario me merece gran respeto: tuve plumas en la revista y también trabajé en carpas. Hice bodegones y hasta en el Hotel Carrera.

En su reinserción en Chile fue el propio Pedreros quien la convocó al mítico Jappening con Ja, al que también se integraron Eduardo Ravani, Fernando Alarcón y Gloria Benavides. Fue parte de la troupe televisiva entre 1978 y 1980. Parece más tiempo en la memoria del público, dado a que incrustó en el recuerdo popular los personajes de Walkiria, Pindy y Susana Cecilia, entre otros.

¿Cómo es su relación con Gloria Benavides?

—Buena. Nos vemos siempre. La produje varias veces en Miami. Y el hecho que dejara el escenario nos puso en situaciones totalmente distintas. No estábamos compitiendo en nada.

—¿Había competencia en el Jappening?

—Nunca lo pensamos.

—La vida siempre las fue juntando: la música, Jappening, Miami.

—Ella se fue uniendo a mí por Pedreros. El Chino empezó a relacionar que nos gustaban las mismas cosas. Los caminos se encontraron. 

—Si tuviera que escribir un capítulo de ella en su biografía, ¿cómo sería?

—¡Uy! Todo ha sido fuerte y bonito. Nuestros hijos caminaron juntos. El mío le enseñó al suyo, Titín, a abrocharse los zapatos. El proyecto del Jappening fue demasiado fuerte y ambas perdimos nuestros matrimonios: yo un año antes y ella en la primera temporada. Compartíamos el mismo cable a tierra en la familia. Y también la TV, que nos tomaba catorce horas diarias.

En 1981 no sólo cambia pantalla por un nuevo formato: el café concert. Su vida personal vive un giro, ya que haciendo ¡Por la Chica! conoce al dueño de la sala El Sucucho, Jorge Rendic. Hoy es su marido y padre de su talentosa hija bailarina Catalina. En este año de celebraciones, la pareja partió a Las Vegas y renovó votos. 

En los ’80 se metió en el underground. Sintió la presión de ironizar en teatro temas sociales, no políticos. Así que esta reina de la bohemia se sumó al grupo de artistas que cantó Chile, la alegría ya viene en la campaña del No.   

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Siguen los cambios: la siguiente década la remeció. Nuevamente se reinventaba. Tomó otro camino profesional y se fue al extranjero sin mayor certeza que partir de cero.

—¿Fue muy difícil dejar el escenario?

—Estuve dos años dando vueltas a la idea. Y, después, otro completo en decidir viajar.

—¿Sintió que su marido la necesitaba bajo el escenario?

—Yo lo necesitaba amar completamente. Mi papel de mujer era mediocre. Yo no sé ser part time. Soy siempre una persona a tiempo completo. Y había que criar a una hija. No podía ser mezquina. ¿Puedo dejar el espectáculo? No. Pero Mario (Kreutzberger) me ofrece una posición distinta (productora artística) en Estados Unidos. El ’90 se va a Miami.

En 1995 crea su academia de teatro musical MDA Studios. El que replica hoy en Chile, en Avenida Bilbao, en pleno Barrio Italia. Desde que dejara Miami en 2006 para volver a Santiago, es su máxima pasión. Acá se encontró con una escena totalmente distinta a la que dejó. 

—¿Le molesta que chicas de hoy se definan como show woman?

—Les falta preparación. Muchas de las que nombran en Chile son vedettes. Para ser show woman hay que hacer reír, llorar, bailar, tocar instrumentos, escribir.

—¿Y hoy existen escenarios en Chile para desarrollar aquello?

—No existe esa preparación. No hay teatros de revistas para crecer.

—Tampoco estelares.

—Esa era otra televisión. Hoy es un negocio. Se requiere de productos desechables que funcionen. La TV ya no es para prepararse, es para sobrevivir, ganar dinero y, quizás, hacerse famoso. El camino del aprendizaje está en otras partes: en provincia, mucho más que en Santiago.

—¿Cuál es el ‘Método Maitén’?

—Explorar. Eres el hacedor de lo que serás. Nadie te está esperando. Tienes que ir buscando. Ocupar ese espacio vacío.