En otro tiempo el futuro que nos mostraba la ciencia ficción era algo plateado y brillante. Era un lugar donde todos nos elevaríamos sobre máquinas veloces capaces de viajar al espacio y comeríamos alimentos en forma de pastillas servidos por robots de apariencia humana. Ese universo tecnológicamente mejorado y científicamente higiénico era una promesa que habitábamos en nuestros sueños, pero que comenzó a resquebrajarse lentamente en algún momento entre el estreno de Blade Runner y el fin de la era de los transbordadores espaciales. De esa trizadura surgieron los hermanos Andy y Lana Wachowski. 

La misma pareja de hermanos creadora de Matrix es la responsable de la serie Sense8, de Netflix, un proyecto ambicioso con una trama compleja que puede resumirse así: Ocho personas de distintas culturas y diferentes ciudades del mundo forman, sin saberlo, un grupo vinculado por ciertos atributos sensoriales compartidos. La historia comienza cuando todos ellos tienen la visión de una mujer vestida de blanco que se enfrenta a un hombre que aparentemente busca matarla. Junto con esa visión surge la de un hombre que intenta explicarles sus atributos y contactarlos entre sí. Sense8 es una historia hecha de fragmentos esparcidos que se van ajustando y cobrando sentido en la medida de que la serie avanza. Una suerte de caleidoscopio de varias dimensiones que le da una nueva luz al género de la ciencia ficción habitualmente vinculado a la idea de futuro tecnológicamente determinado. En este caso se trata de un presente, social, política y culturalmente fracturado, pero unido por los efectos secundarios de la globalización.  

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La estética de Sense8 guarda ese aire de naturalismo publicitario trendy de Matrix, confeccionado a la altura de la corrección política multirracial de las grandes ciudades cosmopolitas donde se desarrollan las historias. Todos los protagonistas son guapos en su propio estilo de belleza y a pesar de sus diferencias —étnicas, religiosas, sexuales— están atravesados por la hegemonía de una cultura pop que los une. La secuencia en la que todos tararean el one hit wonder del grupo noventero 4 non blondes es uno de los más divertidos de la serie. Cada uno de los protagonistas —todos de la misma edad— vive la violencia de su entorno de una forma particular y de alguna manera está en una tensión con las regulaciones sociales sobre su vida y su cuerpo.

Sense8 es una pieza rara que se disfruta con paciencia, algo así como un gusto adquirido que debe contemplarse sin ansiedad, esperando que la propia historia nos muestre la hebra que conduce el relato.