Las teleseries de la tarde se han transformado en un constante déjà vu que se mueve entre el sketch y la comedia, con mejor o peor resultado. Papá a la deriva es otro caso más de una trama que, como un eco, se repite desde los años noventa y que tuvo su más reciente éxito en Pituca sin lucas. El encuentro entre clases sociales es nuevamente el nudo de una serie ambientada en el Valparaíso actual, tan actual como que la protagonista es una damnificada del gran incendio del verano de 2014. Esos trazos de contingencia son justamente el mayor riesgo y el mayor acierto de una historia ágil, entretenida pero que, sin embargo, parece presa de una fórmula —la comedia liviana— de la que la industria local no ha sabido o no ha podido escapar. Tal como en Pituca sin lucas hay un acercamiento a la realidad a través de la política y los conflictos sociales, pero es un coqueteo que no logra un relato épico, sino apenas un condimento que no termina de imprimir un sello.

El marino viudo con hijos que conoce a una chica que se gana el corazón de los niños es la historia de la serie argentina Grande pá, de la española Ana y los siete y del clásico musical La novicia rebelde. Pero en cada una de esas producciones había más barreras que la sobre-visitada historia del hombre rico que conoce a chica pobre. Junto a las tensiones de clase había prejuicios de distinta índole: en Grande pá, por ejemplo, la heroína era una campesina pobre y poco agraciada; en Ana y los siete la niñera trabajaba como bailarina nudista y en La novicia rebelde el rival del galán era nada menos que el mismo Dios. Todos esos aspectos hacían posible que los personajes crecieran en conflictos y atractivos y que el mundo alrededor tuviera matices. En Papá a la deriva el gran impedimento para que el romance se concrete desde el capítulo dos, es que la protagonista tiene un novio por el que siente más compasión que amor, y el viudo una secretaria desesperada por meterse en su casa y en su cama. El enjambre de secundarios que orbitan alrededor, por otra parte, tienden con demasiada insistencia al retrato popular sin profundidad, que va de lo pintoresco a lo extravagante, un rasgo que acaba por aplanar las posibilidades de que cada mundo tenga su propio conflicto.

Algo pasó entre la década de los noventa y la actualidad que terminó congelando la producción de historias de telenovelas chilenas en un registro del que no logra despegar, con historias y calidad de imagen que cada temporada parecen más añejas. Basta comparar con cualquier secuencia de la brasileña Imperio para darse cuenta de la distancia que hay entre una industria viva y otra con un pulso errático.