La televisión de los ’90 le dio un nuevo giro a la idea de conversación televisiva. De la formalidad cursilona de los diálogos estelares de los ’80, con pautas prefabricadas y las frases de buena crianza que cultivaba —como quien acicala una orquídea— el maestro Raúl Matas, desembocamos en el relajo jaranero de Kike Morandé en aquel pionero de la pachanga en pantalla llamado Cóctel. No sé si diría que eso es una evolución, pero sí un cambio con un rumbo incierto en dirección a la idea más nefasta de intercambio de ideas: aquella que confunde la sucesión de chistes con la conversación, la alfabetización con tallas, el chillido como expresión de entusiasmo y la vulgaridad como síntoma de relajo y cercanía. El gran golpe dado por Gonzalo Bertrán con Viva el lunes expandió la cháchara como carnada de rating privilegiando la mezcla de personajes con muchas ganas de hablar y muy poco que decir: el humorista de pueblo, la rubia de moda, el futbolista del momento y el artista sin pudores.

Una combinación en apariencia ilógica, pero muy efectiva cuando la audiencia espera aturdimiento y el mínimo esfuerzo. El problema es cuando la telecháchara vacía se transforma en la norma y acaba agotando su fórmula o despeñándose en el vacío, como ocurrió en aquella célebre ocasión en que Kike Morandé fue encomendado para entrevistar a Catherine Deneuve. Los galones para hacerlo eran claros: Morandé tenía un tatarabuelo francés. Ese momento debería estar inscrito en la lista de los minutos más incómodos de la TV universal. Tal como algunos de los recientes programas de conversación dedicados al mundial de fútbol.

La Movida del Mundial es como el fantasma de las Navidades pasadas que acude al lecho del moribundo a enrostrarle sus errores. Sólo que en este caso, en lugar de ser un anciano solemne, baila cumbia, toma pisco sour y se viste de lentejuelas. La coctelera televisiva encabezada por Sergio Lagos, Diana Bolocco y Martín Cárcamo agita resabios de Viva el lunes y Vértigo con fuertes toques de farándula. El problema es que la frescura que le tratan de imprimir termina sumergida en un regusto añejo y forzado. Diálogos espasmódicos sobre asuntos insólitos y un mar de lugares comunes en torno al sexo dignos de recreo de colegio de hombres.

El cliché del chiste picante utilizado como transgresión pudo ser un gancho hace 20 años, pero ya no. Sólo es un aliño chabacano, la mayor parte del tiempo misógino como burlarse de las mujeres porque ‘no saben de fútbol’. Por más de dos décadas la orientación de programas nocturnos de entretención y conversación estuvo determinada por la necesidad de evasión de la audiencia. Y esa necesidad se colmaba con la estética que reivindica La Movida del Mundial. Programas como Mentiras Verdaderas indican que hay un camino diferente, una manera nueva de conversar frente a las cámaras sin terminar en una parranda chillona y pasada de moda.

Comentarios

comentarios