Las vacas flacas de la televisión local al parecer llegaron para quedarse. La sombra de la crisis ha provocado distintas consecuencias, algunas más trágicas que otras. Entre los efectos inesperados de los tiempos de pellejería se cuenta la aparición de productoras externas de telenovelas y el retorno de los programas de concurso en horario nocturno.

El éxito de Pasapalabra, que en su modestia logró una sintonía de respeto, le brindó un respiro a Chilevisión y un indicio al resto de los canales. Es muy probable que la decisión de Canal 13 de programar La rueda de la suerte estuviera influida por el éxito que alcanzó el espacio que conduce Julián Elfenbein, quien de ser una víctima del desplome de TVN, logró retomar su carrera televisiva gracias a Pasapalabra.

La rueda de la suerte es una franquicia extranjera con particular éxito en la televisión española, en donde ha tenido distintas versiones desde la década del ’90. A diferencia de Pasapalabra está concentrada en preguntas sobre cultura pop, un juego de memoria, concentración y trivia que aumenta en dificultad a medida que los mejores van superando etapas. La versión chilena es conducida por Diana Bolocco, quien tiene como modelo y asistente a Yair Juri, el encargado de ir develando las letras ocultas. La sensación que provoca el programa para los mayores de 40 años es la de un viaje en el tiempo, una puesta en escena con regusto vintage, pero actualizada en sus personajes y apariencia, en donde se retoma la costumbre del concursante lleno de entusiasmo y el público perpetuamente alegre de Sábado gigante.

Por suerte Diana Bolocco no es Don Francisco. Su desenfado no tiene tanto que ver con la facilidad para burlarse de los participantes ni con el paternalismo que establece con ellos, sino con la capacidad de hacer humor consigo misma y aliñarlo con observaciones pícaras. Bolocco, como conductora talentosa, ha debido adaptarse a las difíciles circunstancias de la industria local y sortear el declive de Vértigo, asumir un late show de recursos limitados y ahora hacerse cargo de La rueda de la suerte, que hasta hace una década seguramente habría sido emitida en horario vespertino. Mientras su hermana Cecilia gozó del ciclo más bullante de la televisión local, ella ha enfrentado las turbulencias de una industria que no supo desarrollar sus talentos y se apoltronó en la banalidad. El resultado de esa farra de talentos es una pantalla predecible y sin identidad que parece desfallecer.

La rueda de la suerte cumple el cometido de la entretención a bajo costo, pero carece de un nervio que es central en Pasapalabra: la fantasía del mérito intelectual como vía de ascenso que encanta a la audiencia y hace posible que los concursantes se transformen en personajes que trascienden el programa. Difícilmente ocurrirá lo mismo con la ruleta, pero al menos es un intento digno de sobrevivencia.