Al borde de la piscina WET del W Santiago junto al RED2ONE bar con una vista majestuosa al sector alto de la ciudad, Carolina de Moras se roba las miradas de un grupo de extranjeros que, aletargados, toman el sol y la observan. Su cuerpo tonificado se mueve con soltura para la sesión de fotos. Sensual, posa para la cámara como en sus mejores tiempos de modelo, cuando se radicó en Alemania como figura de la agencia Elite. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y hoy, a sus 35 años —y con una carrera meteórica en televisión— se ha transformado en una de las mujeres ancla de CHV, conductora del matinal del canal del grupo Turner y ganadora del Copihue de Oro como mejor animadora justo antes de su tercer año en el Festival de Viña. “Estoy confirmada hasta el 2018. Voy a hacer un total de cinco festivales, parece que soy una de las mujeres que más ha durado”, asegura mirando fijo, sin ocultar su orgullo.

—¿Esperaba recibir el Copihue de Oro?

—Me siento feliz de haber recibido este premio. Siento que es un espaldarazo cargado de energía para seguir adelante. Y lo más importante: un agradecimiento y reconocimiento al público. Es que cuando uno ha trabajado tanto y ha renunciado a tantas cosas que para mi han sido importantes, hoy solo doy gracias al apoyo del público y veo que ha valido la pena. Estoy feliz estoy cerrando un año súper contenta.

En su vida todo funciona a ritmo cronometrado, sin espacios para la desorganización o la pérdida de tiempo y que acentúan su imagen de mujer perfecta. “Más que nada soy obsesiva; me gusta hacer las cosas bien. Soy así desde muy chica, desde que vivía en Osorno y mi pasión era el atletismo. Tenía que ser la mejor: si iba a correr, debía ser la más rápida; si se trataba de saltar, tenía que ser la que llegara más lejos. Tampoco me torturaba, pero mi meta era ser la mejor de todas. Tengo esa capacidad para ponerme un objetivo y trabajar hasta conseguirlo. O sea, este cuerpo no es sólo gracias a mi genética o a que deje de comer y listo, se me paró el poto… ¡Eso no existe! La gente a veces me dice es que eres demasiado estupenda… Y yo les contesto que sí, pero porque me saco la mugre… ¿Sabes cuántas veces no tengo ganas de ir al gimnasio? Pero voy aunque sea arrastrándome. Me organizo. Sé que es la única forma de mantenerme, y porque creo en la salud y el bienestar que entrega el deporte. Me calma la cabeza. Cuando estoy agobiada, salgo a trotar.

—Bien autoexigente. ¿Eso explica su rápido ascenso en TV? En sólo 5 años logró una carrera envidiable.

—Porque me he dedicado a trabajar, no esperar a que lleguen las cosas. Hago la pega y tomo la responsabilidad que significa aceptar ese tipo de desafíos. Me hice cargo de un matinal, y eso involucra aceptar que estoy expuesta a críticas, desafíos, comentarios y pruebas. Todos los días me levanto con la certeza de que debo atravesar el desierto y no sé si voy a llegar del otro lado… Conociendo este medio, en cualquier momento pueden moverme el piso, o me dejan sin agua y listo, hasta ahí nomás llegué. Entonces soy súper responsable. Más aún cuando mi decisión fue trabajar en TV, y mi objetivo no es ser una más del montón.

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—Eso es ser competitiva.

—Pero conmigo. Soy más autoexigente que competitiva.

—Pero no todo depende siempre de usted. El 2011, cuando trabajaba en Buenos Días a Todos, experimentó una serie de momentos duros; no fue muy bien recibida por sus compañeros de trabajo y enfrentó un duro clima laboral…

—Me sentía como nadando en una pecera que no me correspondía. Fue súper difícil. Hubo demasiadas cosas que llevaron a que nada fluyera, y además existían muchas ganas de hacer picadillo. Fue una tremenda escuela.

—¿En términos humanos o televisivos?

—Humanos, lejos. Porque ya cuando te están dando en el suelo y estás hecha un chicle, llega un momento en que ya nadie te puede tirar más para abajo. Y en ese sentido aprendí mucho. Tuve que confiar en mis capacidades.

—¿Se sintió maltratada?

—La palabra queda chica. Fui excesivamente violentada. Cuando las cosas no eran mi culpa, o cuando en realidad no había verdades claras, o cuando había tantas cosas que tú decías “chuta, pero el problema no soy yo, el problema son los otros que quieren imponerme banderas que no me corresponden”.

—Qué difícil para una persona que venía con una trayectoria tan autoexigente, de pronto darse cuenta de que las cosas no dependen de su esfuerzo, necesariamente.

—Sí, venía haciendo una carrera súper exitosa de modelo y había luchado harto por ella. Fue un aprendizaje a nivel personal muy grande, tuve que contenerme, aprender a conocerme y a hacerme respetar.

—¿Qué fue lo más difícil?

—Saber callar, a morderme la lengua; uno tiene una tendencia natural a defenderse cuando encuentra que algo es injusto y no corresponde.

—¿Por qué callar?

—Si hablaba generaba más polémica. Tienes que aprender en algún momento a guardar silencio para tratar de bajar la tensión de las cosas. Pero son temas que ya pasaron; lo rescatable es la forma en que uno crece como ser humano.

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—¿Perdió la ingenuidad?

—No sé. Siempre he sido una persona que confía, que cree en la gente y, en cierta forma, tuve que detenerme y poner más atención. Ver muy bien dónde quería depositar mi confianza. En el fondo me di cuenta de que en televisión no todo es color de rosa y que no hay que confiar ni entregarse tanto. Es lo mismo que sucede en una empresa, en una oficina. Es parte de cómo nos relacionamos los chilenos.

—¿Donde la envidia es un componente?

—Me saqué el premiado. Llegué nuevita a un programa donde estuve dos, tres meses haciendo una sección, y al cuarto mes ya era la animadora, y al sexto mes el matinal era mío, cuando había muchas haciendo la cola por años. Pero yo no lo pedí, no le fui a tocar la puerta a nadie; el destino me lo entregó. Era la oportunidad y hay que hacerse cargo de las oportunidades, por algo aparecen.

“Llegó un momento en que miraba hacia arriba y decía: “Dios, de verdad no sé qué más me quieres mandar, porque ya tocamos fondo…”, reconoce sobre ese feroz 2011, cuando las tragedias y dificultades en su vida se sucedían una tras otra. “Al maltrato que vivía en la TV, además me estaba separando… Al poco tiempo mi papá murió de un cáncer fulminante, y a los cuatro vino el accidente de Juan Fernández donde desapareció Felipe y cuatro personas más del equipo. Entonces de repente subes la vista al cielo y dices ¿hasta cuándo? ¿Qué tanto tengo que seguir aguantando? Ya es suficiente”.

—¿Y qué concluyó?

—Aprendí a aceptar el dolor, algo que no había enfrentado nunca. Vivía una vida cómoda, tranquila, feliz, súper bendecida y querida; y de repente viene esta avalancha. Al principio lo rehuía, no sabía qué hacer. Pero comencé a hacerme cargo y a reconocer lo que sentía. Luego tuve que encarar los miedos. Me preguntaba ¿miedo a qué, de lo que tengo, de lo que no tengo, de lo que perdí? Me fui para adentro y empecé un crecimiento interno súper intenso para poder pararme. Después de algo tan potente sólo tienes dos opciones: o te caes y ya no te levantas, vives desde la victimización, o lo tomas con otro sentido y dices: “¡hasta cuándo, qué más tengo que aprender!”. Y yo me fui en esa actitud: crucé esa vereda y dije “qué otra cosa tengo que recibir, qué debo aprender”. Y me puse a hacer cursos de todo tipo: reiki, meditación trascendental. Tomé todas las clases imaginables.

—¿Qué pasó con la religión?

—No quise pararme frente a Dios a pedirle explicaciones; opté por construirme espiritualmente para tratar de buscarle un sentido a esto. Y me metí en una lectura muy profunda de los gurús tradicionales: Eckhart Tolle, Deepak Chopra, Osho, teorías de la vida y la muerte.

—Además se estaba separando después de 9 años de relación.

—Ay sí, pero no hablemos de eso. Llevo mucho tiempo separada y ya está superado. Hoy tengo una gran relación con el papá de mi hija. Para qué ventilar cosas que ya fueron.

—¿Pero qué fue lo que pasó?

—Como muchas personas, no funcionó. Tratamos, y ahora tenemos una hija maravillosa, preciosa, que amamos con el alma. El participa mucho en su crianza y viaja con Mila bastante. Y yo trato de que todo sea súper fácil para las dos partes.

—Porque usted ha dicho que se separó muy enamorada. Hasta tenía el traje de novia comprado.

—Sí, fue muy doloroso. Me costó separarme porque lo quería mucho, mucho…

—¿No fue decisión suya terminar?

—Eh… no lo sé. De repente puedes estar muy enamorada, pero se trata de dos seres humanos que no logran llegar a un punto de acuerdo y la relación se vuelve cada vez más tirante. Cuando eso sucede lo más valiente es decir “no más” y no seguir maltratándose.

—¿Lo vio venir?

—Sí, pero no te haces cargo ni lo trabajas en el minuto. Ahí están los grandes errores. Hay mucha gente separada que podría haber solucionado sus problemas y sus diferencias en el momento, pero no lo hicieron. Como hay otros cuyas relaciones tenían fecha de vencimiento.

—Tan perfeccionista, ¿cómo asumió esta pérdida?

—Me costó. Al principio lo más duro fue asumir que la relación ya no iba más. Fue un proceso largo: me había emparejado para toda la vida; quería que llegáramos a viejitos juntos, cuidarnos. Y asumir que la historia se había terminado fue doloroso. Más encima estaba con mi hija de meses y pensaba, ¿cómo se lidia con todo esto sin una pareja? Pero las relaciones son de a dos (dice recurriendo a su lado más racional): si el engranaje no da vuelta es porque las partes no están funcionando nomás. Así de simple.

“Entiendo mi culpa y también la de él”, agrega Carolina. “Tengo la capacidad de ser súper observadora y comprendo muy bien en qué fallé y cuáles fueron también las carencias y debilidades que pudo haber tenido él, lo que me permitió perdonarlo”.

—Las personas muy autoexigentes suelen ser igualmente duras con los demás. ¿Le pidió mucho?

—Eso es muy cierto, aunque no te equivoques; también soy súper dócil, capaz de apagar mis propias necesidades para no provocar más conflictos.

—¿Se postergó?

—Sí, mucho… Fui muy paciente, al punto que más que una virtud, la paciencia se convirtió en un defecto. Llega un punto en que la olla explota.

“Ahora no estoy en pareja. Tuve una relación después de separarme, de varios años, pero no prosperó. Hoy enfrento mis expectativas desde lo que no quiero. Tengo muy claro lo que espero de mi próxima relación: no pasarme a llevar. Eso lo tengo más que claro, porque aguanto mucho, demasiado…”.

Después de relaciones largas y estables, Carolina se enfrenta a su primer tiempo sola. “¿Y sabes qué? Me encanta. Las decisiones las tomo yo y ahora hago lo que realmente quiero. Estoy en una reconciliación con la soledad, un redescubrimiento y me he dado cuenta de que es muy entretenido; tengo tiempo, los fines de semana puedo quedarme en pijama viendo una serie o haciendo panoramas con mi hija. Es curioso, antes me negaba a la idea de estar soltera, para no sentirme vulnerable…”.

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—¿Cómo es eso?

—Es que muchas veces la gente lo ve como si fuera un defecto, “algo debe tener que no está con un hombre”. Pero yo lo paso bien así. Por supuesto que sigo creyendo en el amor, en entregarte sin miedo, más allá de tus cargas del pasado.

—Después de cuatro relaciones que no han resultado y tras llevarse más de alguna decepción, ¿cuál es su conclusión?

—¡Hay que buscar a otro nomás! (Ríe). El tiempo cambia, las personas también lo hacemos. Y tengo una pega expuesta, no es fácil acercarse a una mujer tan reconocida.

—El que se atrevió con usted fue el ex agente de Chile ante La Haya, Felipe Bulnes.

—Ah, pero no voy a hablar de ese tema. Nada que decir. Hay errores que no corresponden nombrar y tampoco lo voy a exponer a él. Eso es todo lo que puedo contar. Por respeto a él, porque nunca tuvimos nada que ver y porque siento que al final en este país te exponen… No puedes ni salir a comer aunque sea en un grupo de a cuatro porque de inmediato se inventan rumores.

—¿Entonces no tuvieron nada que ver?

—Es que no tengo nada que decir; me cae súper bien, es súper profesional, nada más que agregar.

—¿En qué clase de hombres se fija?

—No sé si el tipo formal o serio, pero me gusta admirar a la persona que tengo al lado, sentir que cada día es un aprendizaje, una entrega.

—¿Da lo mismo en qué se desempeñen?

—Sí. Claudio, por ejemplo, el padre de Mila, es quince años mayor que yo.

—¿Sus otras parejas también han sido mayores?

—Sí, un poco. En el fondo busco solidez, me gustan los hombres resueltos, no cabros chicos: para eso tengo una niñita de seis años. Un hombre maduro, con alegría de vivir y energía. Y soy bastante convencional: me gusta que me conquisten. Creo en las relaciones. No me veo en un futuro sola. Al contrario, me proyecto haciendo mi familia, siempre en pareja.