No fue fácil superar el capítulo de su repentina separación del periodista Amaro Gómez–Pablos a comienzos del 2014, tras diez años de relación y dos hijos —Julieta (11) y Alonso (4)—. Sin embargo, Amaya Forch se propuso en ese entonces no hundirse en el dolor y salir adelante de aquella polémica ruptura causada —según los rumores de esa época— por una supuesta infidelidad del ex hombre ancla de Televisión Nacional.

Un proceso intenso que, recuerda, lo vivió tal cual se le fue presentando. “Lloré mucho, despertaba llorando hasta que un día reflexioné que nadie merecía partir sus días así. Pensé en mis hijos, en los sanos y felices que eran; en todo lo bueno que tenía y concluí que exageraba mi dolor, que no debía quejarme. Empecé a centrarme más en mis ganas de hacer cosas que en mis quejas. Y si me ponía tontorrona, ¡la cortaba al tiro! No me gusta la nostalgia ni el rol de víctima; soy de aquellas que salen a vencer las dificultades”.

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Partió entonces por secarse las lágrimas, hacerse cargo de su nueva condición de mujer separada; tocó una y mil puertas para mostrarse vigente y encontrar trabajo. Se abrió a nuevas amistades y a dejarse querer por pretendientes. “Salí a bailar, cantar, juntarme con amigos, conocer gente distinta, ¡a pinchar! Conversé harto sobre el amor y desamor de otros; volví a abrazar a mis hijos, a reír y a bailar también con ellos. La familia es siempre la mejor terapia y de a poco comencé a rearmarme y ese peso que cargaba fue desvaneciéndose”.

Si su meta por esos días era nuevamente reír a carcajadas, a tres años y medio de entonces se puede concluir que la actriz y cantante cumplió su propósito. No solo se lo bailó todo, sino que volvió a enamorarse y a florecer en lo profesional. “Por primera vez puedo decir, ¡soy feliz!”, reflexiona.

Afirma que se acabaron las ansiedades, autoexigencias y disconformidades, volvió el equilibrio y la calma que le han permitido, además, desarrollar todos sus talentos y capacidades que hoy la tienen con la agenda copada. Además de los conciertos de boleros que ofrece junto a Valentín Trujillo, imparte clases de canto en la Corporación Cultural de Las Condes y de Vitacura, y hace unas semanas inició en el teatro Mori una nueva temporada de Bajo terapia; la obra más vista del 2016, en que junto a Willy Semler, Juan Pablo Bastidas, Catalina Olcay, María José Illanes e Iván Alvarez de Araya desmenuzan las relaciones de pareja.

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Como si fuera poco, hace unos meses se incorporó al elenco de Wena profe; la próxima vespertina de TVN donde en la década de los 90 debutó como actriz con la teleserie Rompecorazón (1994). Ahora interpretará a Jimena, una distinguida doctora y madre soltera, que con el correr de los capítulos iniciará un romance con el profesor de música de su hija, interpretado por Marcelo Alonso, con quien lo une una amistad desde los años en que eran compañeros de teatro en la Universidad de Chile. “Mi regreso a TVN ha sido simbólico y el reencuentro con Marcelo, ¡maravilloso! Debuté como colegiala y ahora seré mamá de una adolescente. Me he acordado mucho de María Izquierdo que hacía de mi madre. La admiraba y encontraba seca. Fue tan generosa conmigo, que espero ser igual con Vivianne (Dietz) que actúa como hija”.

Un regreso a la TV que Amaya se toma con cautela y sin grandes expectativas, quizá por su propia historia de altos y bajos, donde el éxito no ha sido una constante. “La vida se ha encargado de aterrizarme; cuando he estado en el peak, me he pegado porrazos y lo agradezco; de lo contrario, habría sido insoportablemente creída. No sirvo para ser una superstar ni tengo la necesidad de ser protagonista más que de mi propia historia. Los personajes pequeños y una carrera vertiginosa me han permitido vivir normal y desarrollar distintas inquietudes. Mi sueño ahora es recorrer Chile en bicicleta para algún programa cultural y publicar un par de libros”.

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Amor sin temores

“Apenas lo vi supe que volvería a enamorarme perdidamente”, confidencia sobre Daniel Enrione, el diseñador de muebles de 38 años que vive en Machalí —separado y padre de cuatro hijos— con quien cumplió ocho meses de relación. Se trata de su primera pareja formal después de separada. Lo conoció el año pasado cuando, por temas de trabajo, él llegó hasta su casa en Vitacura. “Esto me comprueba que el amor no se busca ni se encuentra, sino que sucede irremediablemente… a pesar de uno. No sé si estaba preparada, nunca me lo cuestioné ni lo busqué, ¡sucedió!”, afirma la Forch, quien agrega que a pesar de la atracción mutua, intentó evitarlo, partiendo como amigos confidentes. “Sin embargo, como buen hijo de geólogo, supo poner las piedras en el camino para que las fuera recogiendo y llegar hasta él”.

La amistad coincidió con la enfermedad de la abuela paterna de Amaya (Elma Bödecker), que en diciembre pasado murió de cáncer. Daniel se transformó en su compañía más fuerte; estuvo muy presente, cariñoso, fue quien más la contuvo; “por ahí entró”, reconoce. “De a poco, empezó a estar presente en todo lo que hacía, hasta que llegó el minuto en que quise compartir lo que me ocurría a diario con él; saber qué le pasaba, pensaba, qué lo hacía reír y ser feliz. Comencé a sentirme querida, contenida, acompañada, provocada, linda… ¡Qué importante es sentirte querida!; la vida y uno mismo se llena de colores. Es tan fácil querer, pero tenemos una sociedad mezquina que nos hace relacionarnos cada vez menos, cuando la esencia de la vida es el amor en todas sus formas”.

—Aun así se resistió, ¿temía sufrir?

—Mi visión del amor no ha cambiado. Lo vivo sin temores, ¡a concho!, porque aprendí que tanto la vida como el amor es ahora; se construye y disfruta hoy. Hay que experimentarlo profundamente y ha sido sorprendente, ¡me siento de 15!

—¿De qué manera la ha sorprendido?

—Con Daniel tenemos un amor honesto, donde cada uno es como es; no hay presiones, exigencias, obligaciones ni esperas que el otro cambie. Es una relación alegre, entretenida, apasionada, cariñosa, protectora, contenedora; somos muy amigos. Más que una pareja, lo siento un compañero. Quizá tenga que ver con la madurez, con el proceso de la vida. Cuando eres más chica, pones demasiada responsabilidad en el otro; hoy, en cambio, estoy más tranquila, madura, sin ansiedades. Agradezco cada minuto lo vivido.

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—¿Ese ha sido su aprendizaje, no ponerle carga a sus parejas?

—Sí, porque si estás con alguien es para hacerlo feliz, partiendo de la base de que tú también lo eres. Hay que dar cariño, contención y no esperar que el otro cambie o te solucione los problemas, sólo amarlo como es.
Que su pareja tenga cuatro hijos, lejos de complicarla, le gusta.

“Vengo de una familia múltiple, mis papás se casaron y separaron mil veces: Tuve hermanos, hermanastros, primastros que hoy son mis amigos. Todo suma y hace que sea más entretenido porque son amistades que aparecen y acompañan. Mis hijos están felices porque me ven contenta. Saben que esto es importante porque Daniel es la primera persona que les presento. Mi hija Julieta me habla harto al respecto, se proyecta”.

—Y usted, ¿se proyecta también?

—Vivo el día. Proyectarte significa ponerle pesos a la relación; yo prefiero enfocarme en lo que va sucediendo y celebrar lo que tengo, sin cargar con mochilas pasadas ni futuras. Este amor lo hemos construido de a poquito, aunque los cimientos están firmes; ya no son piedrecitas, ¡son adoquines!

La relación con Amaro

“Nuestra relación con Amaro es la de padres separados que tienen dos hijos maravillosos que nos unen en la tarea de sacarlos adelante”, confiesa Amaya sobre el vínculo que en la actualidad mantiene con el periodista y actual conductor del espacio que recorre Chile, Azul profundo (Mega). “Cada uno vivió su proceso acorde a su historia, valores y forma de ser. Un proceso doloroso, pero que superas. El tiempo te ayuda a comprender las razones del quiebre e, incluso, a agradecer”.

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—¿Logró perdonar?

—No se trata de perdonar, sino de ponerse no solo en los zapatos, sino en el cuerpo del otro. Al principio traté de entender lo sucedido desde mi punto de vista, hasta que me di cuenta de que debía hacerlo desde la perspectiva de él. Comprendiendo cómo es; tratando de ver la vida y nuestra relación bajo su mirada. Así logré entender varias cosas que me las guardo, pero que me dejan tranquila con respecto al pasado.

—En esa revisión, ¿asume errores?

—No me gusta hablar de culpas, uno se hace cargo de lo que hace y obvio que en una relación hay responsabilidades compartidas. Sin embargo, no me arrepiento de lo hecho, de lo vivido, de lo que he dejado de hacer o de las decisiones que he tomado. Mi vida entera me ha llevado a ser quien soy. Hoy me siento más joven, me río más, con mayor energía y sin peros con mi cuerpo. Más liviana, no cargo con cuestionamientos, incertidumbres ni ansiedades. Aprendí a aceptarme como soy; me caigo bien. Si hoy estoy así de feliz, es porque he sido consecuente con mis valores, por mi visión de las cosas; pero, por sobre todo, por el amor hacia mis hijos. Pensando en ellos vivo de esta manera, porque soy su formadora y ejemplo. Y las preguntas que a futuro tengan sobre nuestra separación, se las responderé con la tranquilidad y honestidad que siempre me han guiado.

—¿Llegará algún día a ser amiga de su ex?

—Conozco gente que lo logra; es sano. Hay otros que tenemos una relación más formal que funciona; al final, lo que importa es que ambos padres empujemos para el mismo lado respecto de los hijos y que ellos sean felices. Los míos lo son viviendo conmigo y también cuando están con su papá. Por fortuna, los niños tienen esa capacidad de entender, superar y adaptarse en un segundo; nosotros somos los lateros que nos damos mil vueltas y cargamos con mil culpas. Ellos se acomodan, y en eso es esencial que uno le tire buena onda a su ex delante de ellos. De niña me tocó vivir lo contrario y como hija sé que eso no funciona. Lo importante es el respeto y el cariño mutuo por los hijos.

—En ese sentido, ¿fue un error haber denunciado a Amaro por violencia intrafamiliar?

—Nunca hablé del tema y pedí a los medios que nos dejaran solucionarlo en privado. Esa posición aún la mantengo.

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Amaya asegura que la obra Bajo terapia —que analiza a las parejas y que presenta los viernes y sábado en el Teatro Mori— la ha hecho reflexionar sobre los motivos en que muchas veces esa persona que en un minuto fue partner, termina siendo una carga.

“Lo que hace la diferencia es la comunicación, pero la comunicación verdadera, sin miedos, cara a cara. Es común aparentar, acomodarte, dejar de ser quien eres para evitar problemas. Y llega el minuto en que dejas de ser tú, te postergas por los otros, que al final, te hace peor. Si no somos honestos con quien somos ni con el otro, incapaces de decirnos las cosas, difícil será construir una historia juntos. El mundo cambió, las mujeres ya no somos sólo esposas, también compañeras. Más dueñas de nuestras vidas porque podemos desarrollarnos en lo profesional. En ese sentido, las parejas y el amor han cambiado. Ya no se sacrifican los sentimientos por las obligaciones sociales. Hoy el amor se vive, no se arrastra”.