La última teoría sobre el origen del mal se basa en una de las series de televisión más aclamadas de los últimos tiempos. 

Después del fenómeno de Los Sopranos que hipnotizó al mundo al humanizar la vida de los mafiosos en New Jersey y del éxito del triller sicológico Dexter que escudriñaba en los laberintos de la mente de un asesino serial, la teleaudiencia pensó que más violencia era imposible. Pero llegó Breaking Bad —que en castellano significa volviéndose malo o corrompiéndose— para mostrar cómo alguien puede cambiarse al bando de la oscuridad en un segundo y sin mirar atrás.

En la producción de la cadena AMC, Walter White, interpretado por Bryan Cranston, es un tipo que siempre ha seguido el camino correcto. Químico prodigioso sin éxito alguno, con el sueldo de profesor que recibe en una secundaria de Alburquerque, Nuevo México, apenas le alcanza para mantener a su mujer embarazada y a un hijo discapacitado. Por las tardes se las arregla para hacer unos pesos extra en un lavaautos hasta que recibe un diagnóstico demoledor: cáncer al pulmón. Más desesperado por el descalabro económico que implica la enfermedad que por perder la vida, se lanza a la producción clandestina de una de las drogas más destructivas del mercado: la metanfetamina. En el violento mundo del narcotráfico,  el abnegado maestro perderá cualquier vestigio de moral hasta convertirse, incluso, en asesino. Todo, con el fin de asegurar el futuro económico de su familia. 

El argumento no sólo le sirvió a su creador Vince Gilligan para arrasar con todos los premios de la industria en las últimas temporadas, también motivó una investigación de la Facultad de Antropología de la Universidad de California, UCLA, publicada en el libro Violencia tortuosa de Alan Page Fiske y Tage Shakti Rai. Ahí, los científicos hablan del síndrome Breaking Bad para explicar que muchos de los actos de violencia nacen del deseo de hacer el bien o lo que sus ejecutores perciben como algo correcto. 

La tesis inspirada en la feroz mutación del personaje, incluyó cientos de estudios sobre violencia realizados en los cinco continentes, sobre la base de los cuales se concluye que la mayoría de los que cruzan al lado del mal, independiente de su nivel sociocultural y económico, lo hacen con la certeza absoluta de que el acto ilícito que van a cometer no sólo es correcto sino que además es completamente necesario.

“La moral de uno mismo no sólo consiste en ser bueno, educado y pacífico, sino que también incluye el sentimiento de que, en algunos casos, existe la obligación de hacer algo sin tener en cuenta las consecuencias prácticas. Se trata de personas que sienten el deber moral de infligir un daño a otros. No hablamos de cómo justifican su proceder, sino de las motivaciones que tienen en su fuero interno y que son las que finalmente los empujan al vacío”, explica Page Fiske. 

Según el otro investigador, Shakti Rai, la analogía de la producción que tiene a la ciudad de Alburquerque convertida en su santuario de sus fanáticos, funciona a la perfección con el estudio porque “el verdadero drama se desencadena cuando White cree que tiene una responsabilidad moral para con su familia que es más importante que los estándares morales de la sociedad”. Hay quienes sostienen que el trabajo de la UCLA no hace más que dar una explicación neurocientífica al acto de no hacer lo correcto. Incluso, el connotado siquiatra forense español Alfredo Calcedo Barba, de la Universidad Complutense de Madrid, va más allá. “El ser humano tiene una clara tendencia a hacer el mal, la que es compensada gracias a la educación y al entorno que nos muestra las consecuencias que tendría cometer un acto delictivo. Eso es lo que en definitiva explica porque la mayoría se abstiene. El mal forma parte del ser humano  por lo que nuestro cerebro no sería responsable de nada”, asegura.

Más allá de la naturaleza biológica, ¿existe en algunos una bomba del mal que espera ser activada en cualquier minuto? Para la genética la respuesta es sí y recibe el nombre de ‘el gen del guerrero’ que haría que algunas personas tuvieran una predisposición programada a comportamientos violentos. Ubicado en el cromosoma X, es el encargado de producir la enzima conocida como monoamino oxidasa (MAOA-L) que sirve para degradar neurotransmisores como la serotonina, la epinefrina (adrenalina) y la dopamina. Si su nivel es bajo el cerebro queda saturado de neuroquímicos de una manera que induce a la violencia. 

El origen del mal seguirá siendo objeto de conjeturas, estudios y nuevas teorías. Mientras en el mundo real, en este preciso instante, con la sombra de la muerte en la espalda y obligaciones ineludibles imposibles de afrontar por el camino del bien, quizá cuántos están a punto de seguir los pasos de Walter White.