“¿Se puede llegar más profundo?”, le preguntó Felipe a su amigo Germán Recabarren cuando salió a flote. Habían buceado veinte metros precisos. Ni uno más ni uno menos. Mientras se deslizaban con máscaras y tubos de oxígeno vieron jardines submarinos y un enorme árbol de coral en forma de abanico. Por sus cavernas pasaban cientos de peces amarillos que eran correteados por lobos marinos. “Parecían danzar alrededor de nosotros”, ahora recuerda Germán desde la terraza de su casa en Robinson Crusoe. Era el primer viaje de Felipe a la isla después de la tragedia del tsunami de 2010 y para ambos era un gran reencuentro. Se habían conocido de niños, cuando el animador pasaba sus vacaciones en la mítica hostería El Pangal, ahora hotel Noi. Aunque antes Felipe había buceado en Isla de Pascua y Punta de Choros, esa vez confesó que se había sentido libre y feliz como nunca, que se había enamorado de esos jardines en silencio y que, de alguna manera, le había perdido miedo al mar.

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Había vuelto como figura clave en el plan de reconstrucción impulsado por Felipe Cubillos y su fundación Levantemos Chile. Se sentía en confianza. Con Germán y su hermano mayor, Aldo Recabarren, tenían una amistad a raya, principalmente cultivada con cabalgatas a los nueve años, excursiones al cerro El Yunque y, más adolescente, con guitarreos en la playa. Así como con Germán se enamoró del buceo, fue con Aldo que aprendió a cabalgar, a manejar las riendas y a internarse a galope por senderos vírgenes. Se sentían piratas en una isla indomable. “Le gustaba mirar los pájaros, escuchar como cantaban y a veces se quedaba callado, solo, en silencio. Miraba el horizonte y permanecía quieto por un buen rato. Nosotros lo dejábamos y seguíamos con nuestras tonteras”, cuenta Aldo. Al principio, les tenía miedo a los caballos. “Entonces andábamos primero en mula, despacito. De a poco se fue entusiasmando y, como yo digo, le quedó dando ‘vueltas el bichito’. ¡Quién se lo iba a imaginar! Después hasta era jugador de polo”.

Los paseos eran por el cerro Centinela, Punta de Islas y sobre todo Arenal, cerca del aeródromo: el lugar favorito de Felipe. Una playa de difícil acceso, de arenas blancas y aguas curiosamente no tan frías. Justo al frente está la bahía “Sal si puedes”, el lugar preciso donde el animador se sumergió con Germán para observar las torres de coral. En ese punto, demostraron después las evidencias, se estrelló el CASA C-212 de la Fach el 2 de septiembre de 2011.

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“Con el tiempo siento que todo tiene sentido. Cuando buceamos esa vez en “Sal si puedes”, Felipe transmitía una mirada serena y calma, quería ir más allá, pero por seguridad le dijimos que no. Cuando estábamos abajo, vi sus ojos detrás de la máscara de buceo. Transmitían belleza, serenidad. Es difícil explicarlo”, prosigue Germán. Esa vez era doblemente especial. No se habían visto en años. Cada uno había tomado distintos rumbos en la vida. Aldo se dedicó a la extracción de la langosta en las remotas islas Desventuradas y San Ambrosio, Germán construyó una escuela de buceo junto a Gloria, su mujer. “Cuando nos contaban que era famoso, no creíamos. En esos tiempos no llegaba la señal de Chilevisión, el canal donde comenzó su popularidad”, reconstruye Aldo.

Cuando el avión no aterrizó esa tarde, quedaron mesas puestas. Marcela Recabarren, tía de Germán y Aldo, lo esperaba en su Posada del Pirata, el hostal donde Felipe se sentía en familia. “Llamó antes, por la mañana. Me acuerdo que pidió langosta para la comida. Pero ya se había acabado la temporada. Entonces, le propuse un pastel de cangrejo dorado y panacota, el postre que más le gustaba. Quedó feliz”, cuenta mientras nos muestra fotos de sus visitas, de las cartas que le mandaba y de la sensación de que Felipe está cerca. “Como si nunca se hubiera ido”. Su marido, Manuel Chamorro, trabaja hasta hoy en el aeródromo. El día de la tragedia estaba de turno y fue uno de los primeros en avisar que el avión no había tocado la pista. Marcela escuchó todos los reportes. En su casa también tiene una radio de transmisión. “Nosotros conocemos cómo son los vientos y las mareas. Veíamos por las noticias que había esperanzas, que los buscaban con desesperación. Pero en la medida que el sol se fue yendo me convencí de que ya no habían posibilidades”. Como si fuera un sobrino que la visitaba cada cierto tiempo, ahora relee los escritos que le dejó Felipe: ‘Con gente como tú, Marcela, esta isla es cada vez más mágica. Y tu casa es la más amorosa de las costas del mundo , te quiero y te admiro’.

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Los padres del animador tenían amigos en la isla. Uno de ellos era Carlos Griffin, dueño del Pangal y de una línea aérea llamada Taxpa que comenzó sus vuelos regulares a Juan Fernández en bimotores a principios de los años ’80. Fue con la familia del empresario que un Felipe de nueve años estuvo en el archipiélago por primera vez. Se quedaba por temporadas largas y los hijos de Griffin junto a los Recabarren eran una pandilla que se encaramaba en los árboles y buscaban tesoros.

Lejos de la televisión y de las fotos de galán es a ese niño a quien más echan de menos en la isla.