La declaración parece ser mucho más que una referencia al costo de un aborto clandestino; resulta ser un perfecto resumen de esta serie, o más bien del tema de fondo de la producción con mayor impacto desde Los 80. Lo que señala ella en un arrebato de feroz realismo es que la libertad se alcanza sólo con dinero. Si no hay fondos para financiarla sólo queda resignarse a una vida en un sitio eriazo en la periferia. Todo parece indicar que la adolescente tiene la razón: un liceo abandonado por las autoridades, las calles desangeladas, los amigos curtidos en el desamparo y la violencia desatada por el narcotráfico. Pero la misma serie indica que la prosperidad económica sin más sentido que el goce de comprar puede ser una trampa.

Charlie (Iván Alvarez de Araya) es el protagonista de El reemplazante. Un ejecutivo financiero devenido a profesor temporal luego de que se le acusara de usar información privilegiada en una operación millonaria. Un personaje que encarna los peligros de una vida consagrada a juntar billetes y tener sexo con la hija de un director de empresa que no lo quiere como yerno. La rubia guarda algún tipo de afecto por él, aunque no puede evitar su destierro a los márgenes de la ciudad una vez que cae en desgracia. Tal y como lo dice un viejo y sabio eslogan surgido en los albores de la televisión latinoamericana: Los ricos también lloran. La diferencia es que pueden financiar los antidepresivos, cabría agregar. Charlie es la conexión entre el planeta de los suburbios y el que palpita al ritmo de la bolsa en las oficinas de Isidora Goyenechea.

El reemplazante pudo ser una imitación de bajo presupuesto de la película Mentes peligrosas, pero no lo fue. El trabajo de los guionistas y el director de El reemplazante le torcieron la mano a un destino previsible y lograron una producción ruda y a la vez llena de matices dramáticos, sin más alarde que el de un coro de personajes dibujados con trazo fino por un elenco brillante. Desde los secundarios, la abuela narco tumbada en el bergere de cuero negro a la orden de su nieto brutal, o la mujer del profesor harta ya de vivir de allegada, hasta los protagónicos condenados a caminar en el filo del despeñadero ético. En algo recuerda a la película Caluga o menta, o los corcoveos del poder narco de series como The Wire. A veces también hace que inevitablemente se la compare con el festival adolescente en riesgo social exhibido por Cangry y Dash (Canal 13), un docurreality que curiosamente fue subtitulado El precio de la fama. Cangry y Dash debutaron como parte del elenco de Perla, en donde pasaron de ser llamados sencillamente ‘los flaites’ a ser una suerte de revelación cómica con historia propia, con un estilo a medio camino entre el dúo hip hop y el de Don Francisco y Mandolino. Ellos querían dinero, y el destino quiso que lo obtuvieran a bajo costo y acompañado de los beneficios de la celebridad. Cangry y Dash no parecen ser muy distintos de los jóvenes representados en El reemplazante. La diferencia es el género televisivo elegido y la profundidad del mundo puesto en pantalla. Es la distancia que hay entre el estereotipo de una realidad y la ficción de un mundo tristemente real.