La primera escena de The Crown es una metáfora de lo que vendrá. Felipe, heredero al trono de la exiliada monarquía griega, es condecorado por el rey de Inglaterra y elevado a un rango de nobleza local. La misma ceremonia sirve para que renuncie como heredero de otras tierras y asuma como súbdito del imperio británico. Es el paso que antecede a su matrimonio con Isabel, la hija mayor del rey.

La serie recrea los primeros años del reinado de Isabel II, la monarca que desde la posguerra se transformó en un símbolo: encarnando la forma exitosa de cómo un gobierno medieval se adaptó a los desafíos del siglo XX. La actriz Claire Foy representa una monarca que asume una responsabilidad para la que fue preparada desde pequeña, un personaje educado para ser, más que un individuo, una institución colmada de comodidades, pero profundamente restringida en sus libertades.

El relato transcurre casi siempre en espacios de intimidad, conversaciones privadas cuidadosamente ambientadas. Hay interiores de castillos con pisos de madera crujiente, hombres en perfecta tenida de caza, telefonistas frente a grandes tableros de madera llenos de enchufes y salones repletos de retratos de familia. Vestidos de fiesta, de cóctel y de campo; coronas, collares y tiaras.

La trama combina pasiones frustradas por las obligaciones de Estado, intrigas de funcionarios y un político anciano —Winston Churchill— que debe enfrentarse a su propia decadencia, como un animal en extinción que se niega a reconocer que sus mejores años ya no volverán.

The Crown tiene, tal como Downton Abbey, el encanto de los vestigios; es la puesta en escena de aquello que sobrevive al paso del tiempo y se instala en una época que le resulta extraña, un hábitat nuevo —el de la modernidad— que por un lado parece rechazar los signos arbitrarios de una sociedad de castas y por otro los necesita como contrapunto de aquello considerado más valioso. The Crown también es una historia de cómo los privilegios y el poder significan una constante renuncia.