Nicolás Copano es un ave rara. Es un poco como Don Francisco —con quien suele compararse y a quien públicamente profesa admiración— y otro poco como la versión atemperada de Mario Pergolini. Copano tiene un pasado de niño sobreestimulado de los noventa, de adolescente de apetito voraz criado en el más neoliberal de los mundos, aquel de la satisfacción infinita de la transición democrática y el esplendor de los malls de suburbio. Hay en él una impronta generacional que arranca en la Zona de Contacto, aquel suplemento que era la promesa de vanguardia para la juventud apolítica y escéptica de la generación ‘rock and pop’, un tramo etario que alcanzó su esplendor con la llegada del primer McDonalds a Chile y su éxtasis con el unplugged de Los Tres en MTV latino. Todo eso cambió o desapareció, pero no así Copano.

El programa Vigilantes de La Red difícilmente puede separarse de su figura de conductor prematuro de televisión, hecho a sí mismo, muy diferente del típico ejemplar que asume el rol que la compañía de televisión le asigna. Porque Copano es tanto un conductor como un modelo de negocio, una suerte de pyme audiovisual que se inició en el cable y llegó a la pantalla abierta sin abandonar la estética de su público: una desfachatez fronteriza con el esperpento, opinante, desmadrada, en ocasiones excesiva y quizá por eso mismo con una dosis de honestidad poco habitual en la televisión abierta local.

Vigilantes se adueñó  de la estructura de El Termómetro, aquel programa de actualidad de Chilevisión, y lo transformó en un ‘show de noticias’. Un espectáculo de conversación de panelistas más o menos estables que debaten sobre la actualidad con invitados de ocasión. El resultado es un coro de voces que a veces desafina, pero que la mayor parte del tiempo atrapa en su propuesta deslenguada y polifónica. Como una cantata dirigida por John Waters —el director de Pink Flamingos— y ejecutada por un grupo de ovejas negras, grises y púrpuras con la garganta irritada. El resultado es extrañamente armónico en su estética de saturación auditiva. El programa no es la voz de la calle, porque si la calle estuviera poblada por su panel sería algo mucho más divertido y peligroso. El nuevo programa de Copano en La Red sí es el eco de los hastiados del discurso solemne y el comunicado oficial y una manera de llevar a la televisión abierta a la generación de las redes sociales, aquella que aún no aprendía a leer cuando Copano debutaba.

Vigilantes no es un programa para informarse, sino más bien una entrada a los temas de actualidad, un ingreso especial, cercano a la puerta de servicio, en donde el cuchicheo de la muchedumbre desmenuza los ejercicios de poder sin la presión de lo correcto y lo incorrecto. Una caja de resonancia en clave de parloteo que dispone a una altura accesible aquellos temas —políticos, económicos, sociales—  que solían estar reservados para ser tratados por adultos con criterio formado.

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