Animal político es una expresión utilizada para describir a hombres y mujeres que parecieran llevar en la sangre un instinto de supervivencia —más zoológico que humano— a los golpes de la vida pública: son pura acción y reacción, impulsos que ejercen gracias a una energía que desde la distancia parece sólo fuerza bruta.

Pueden tener su correlato en el mundo de la TV, entre los zigzagueos del rating y las veleidades de la fama. Uno de esos personajes podría ser el actor, devenido en ejecutivo y reciclado en animador Vasco Moulian.
Su última reencarnación como conductor de Sin dios ni late (Zona latina) viene precedida de una carrera singular en la industria televisiva local. Irrumpió como personaje secundario con aspiración de galán en las teleseries de Canal 13. Su desempeño en los culebrones fue discreto pero le dio impulso para convertirse en empresario teatral. Con ese estatus volvió al trece, esta vez como ejecutivo y escaló cargos imponiendo la política de la ‘parrilla flexible’ que tuvo su epifanía en la programación a todo evento de Los Simpson y la destrucción de la regularidad en el horario de los programas. La crisis del canal se agudizó y él terminó renunciando.

En un tercer acto tenemos a Vasco Moulian de comentarista de TV, asesor de imagen y conductor de televisión. En Sin dios ni late despliega un estilo que recuerda el concepto ‘parrilla flexible’ creado por él mismo y que en definitiva significaba dejar la identidad propia de lado y acomodarse a la supuesta voluntad de la audiencia. La virtud del conductor en este caso no es otra que la de la gelatina que se adapta al molde o la de ciertos bichos que cambian de apariencia según el paisaje. Moulian admira profundamente a todos y cada uno de sus invitados aunque nunca sepa enumerar claramente las razones. Admira a Karol Dance, a Bonvallet, a políticos, modelos y cantantes siempre de una manera profunda y sentida. Porque él es de mucha emoción, de mucha piel…

Su truco no es exactamente entrevistar, lo que pretende es confesar por vía de la empatía extrema, con la información previa encogida a su mínima expresión y el ánimo persistente por lograr algún tipo de anécdota vacía que le ayude a justificar los arranques de risa con los que cada dos minutos rompe un diálogo que rara vez es fluido. Uno de los episodios más interesantes del último tiempo ocurrió con Claudio Sánchez como invitado, el legendario reportero de Canal 13, un confeso admirador de la obra del general Pinochet. Moulian transformó la entrevista en una suerte de ajuste de cuentas con Canal 13, hablando de indemnizaciones impagas, supuestas persecuciones políticas y desprestigiando a antiguos compañeros de trabajo. Una pieza de colección con más de conventilleo que de cualquier otra cosa. Sánchez ocupó la pantalla para desquitarse —sin ninguna contrapregunta— y luego pontificar sobre moral y legislación laboral. El entusiasmo del conductor fue tal que a la vuelta de comerciales celebró su propio desempeño calificando lo que acababa de perpetrar como una  ‘muy buena entrevista’.

Tal como los animales políticos, algunos animales televisivos parecen responder más a su biología que a las exigencias éticas del entorno. Muchos pueden incluso convencer a otros de talentos que son poco más que maromas de sobrevivencia. Otros incluso pueden llegar a tener su propio programa de entrevistas.

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