La revisión de la historia traumática reciente latinoamericana parece no sólo rendir frutos en Chile. El año pasado la audiencia colombiana transformó en su predilecta a Pablo Escobar: el patrón del mal, una suerte de superproducción que relata la vida y obra del mayor criminal en la historia de ese país. La serie, estrenada en Chile por Mega, ha sido un acierto para su deslucida oferta de ficción y aún más un gancho para ver, aunque sea como efecto colateral, el último tramo de Meganoticias, el noticiero con menos personalidad de la televisión local.
El patrón del mal relata el origen, auge y caída del cartel de drogas que prácticamente secuestró a Colombia en los ’80 y transformó al país en una especie de paria internacional. Si la violencia política en el cono sur emanaba de las dictaduras y de los conflictos ideológicos, en Colombia lo hacía de las cuadrillas de traficantes que habían logrado un mercado consumidor inagotable en EE.UU. La figura de Pablo Escobar encarna, por lo tanto, un sistema internacional de economía ilegal que se extendía por el mundo al ritmo de márgenes de ganancia obscenos que empujaban a los criminales a abrirse paso al costo que fuera. La producción logra un hilo narrativo directo y simple a pesar de la tupida trama económica, social y política involucrada.

El personaje de Escobar es la del hijo de la profesora de pueblo que se inicia robando lápidas en un cementerio y trepa en el mundo de la criminalidad hasta convertirse en un potentado que incluso intenta blanquear su nombre y el de sus negocios colándose en la política. Es un antihéroe sin la profundidad sicológica del monumental Tony Soprano, pero muchísimo más desgarrado y cruel.  La desproporción económica y la podredumbre ética aparecen directamente relacionadas: en una escena Escobar y su lugarteniente cuentan fajos de billetes en una bodega llena de dólares mientras discuten los detalles del asesinato a un alto mando del ejército que lidera la lucha contra el tráfico de drogas. Esos pequeños gestos, aún más que los balazos, cautivan al espectador.

El narcotráfico marcó a Colombia de diferentes maneras, a distintas escalas y con las ambigüedades pertinentes para un fenómeno de tales dimensiones. Desde las historias más dolorosas hasta la comedia en torno a los lujos esperpénticos que se permitían los patrones de la droga. El valor de la serie es recoger ese registro amplio de consecuencias y exhibirlos —en algunos casos esbozarlos al borde del estereotipo— en un relato con el encanto de una teleserie brasileña y el guión de una producción de HBO. Quizá los únicos ripios están en cierta edición musical desprolija que tal vez sean sólo de la versión internacional de la obra y no del original exhibido en Colombia.

El patrón del mal y el rosario de personajes que pone en escena es un poco de historia y de actualidad. Una pieza de ficción que logra explicar lo que un documental difícilmente podría. Es a fin de cuentas una serie sobre el poder, sobre las maneras de encontrarse con él, usarlo y abusarlo. Una reflexión universal que en este caso tiene factura latinoamericana.

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