El programa —ambicioso show que regalaba un auto cada media hora— fue un fracaso. El país era otro, TVN era muy diferente y la televisión chilena, muy distinta. Lo único que ha permanecido de esos años es la importancia de Raquel Argandoña para el negocio del espectáculo. El hecho de que 25 años después sea el sueldo de la Argandoña el origen del comidillo dice más de sus sorprendentes capacidades de supervivencia que del repentino arranque de escrutinio financiero sobre los malabares de TVN para empinarse en la sintonía. Ella fue farándula antes de que esa etiqueta alcanzara el rango de industria. Supo navegar y sobrevivir a cambios políticos y sociales a los que muchos sucumbieron. La lista de caídos en combate es larga y abarca desde Antonio Vodanovic hasta Paulina Nin de Cardona pasando por Maluenda y el propio Santis.

Raquel es ejemplo de una nueva forma de lograr el éxito cuando se inauguraba el modelo neoliberal: fue la chica de Villa Frei que como Miss Chile deslenguada ganó un Fiat 600, la modelo insolente que puso en su lugar a Mario Kreutzberger y la mujer ancla de un noticiero cautivo del régimen militar.
En una de las escenas del programa Las Argandoña, Kel Calderón le enrostra a su madre la incapacidad para guardar un secreto y la compulsión por hacer cada movimiento de su vida privada un asunto de dominio público. Paradójicamente lo hace en frente de una cámara en el departamento arrendado por un canal de televisión para registrar no sólo la vida de su madre, sino la suya. Pasajes como éste hacen del docurreality un artefacto extraño, bien facturado pero que termina por hacer que el personaje de la rubia villana eterna se desvanezca en el foso de la trivialidad cotidiana.

Así como Los Méndez (TVN) no es la Familia Osbourne —el docurreality en el que se inspiró—, Las Argandoña está lejos de ser Keeping up with the Kardashians (canal E!), el show que sigue a las Kardashian, símbolos de celebridad instantánea y despilfarro sin culpa. La frivolidad necesita sostenerse en el ámbito de lo inalcanzable para resultar atractiva. Y en ese contexto no hay comparación porque mientras Kim Kardashian puede exhibir una amistad con Paris Hilton, fiestas en jets privados y antojos millonarios, Las Argandoña muestra a una mujer que se levanta de madrugada para trabajar en un matinal y que tiene de compinche a su anciana madre. Es cierto que viven con una comodidad desconocida para la gran mayoría de los chilenos, viajan y compran como sólo un quintil de ingreso lo puede hacer, pero no hay un Donald Trump que las invite a comer ni una duquesa de Alba que las lleve de paseo. El problema con Las Argandoña es que nadie a su alrededor —ni los novios, ni las amigas, ni sus actividades laborales— está a la altura del relato que quisieran contar: uno de frivolidad sin límites, sofisticaciones ridículas y fiestas interminables. En lugar de eso lo que hay es Pablo Schilling, Lolo Peña, Patricia Maldonado y la empleada de toda la vida preparándole un tecito a su patrona al final de la tarde. Un matriarcado que de tan chileno puede resultar aburrido.

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