Los chilenos utilizamos una oratoria ortopédica y un lenguaje deshuesado poco dado a la concreción.

Hay sociedades con grandes capacidades de oratoria, donde los niños son estimulados a expresarse con elocuencia y concisión. Sociedades como la italiana, la española o la argentina. Incluso los británicos, de quienes se dice que suelen hablar del clima para no delatar sus emociones, tienen sus propias estrategias expresivas. Los chilenos, en cambio, estimulamos el recato, el silencio y la síntesis. Utilizamos una oratoria ortopédica y un lenguaje deshuesado poco dado a la concreción y las certezas.

Hablamos desde la inseguridad y el temor al ridículo. Este carácter de parquedad endémica y déficit de oratoria ha tenido una consecuencia grave en la posibilidad de desarrollar programas televisivos de conversación. A no ser que esté azuzado por el calor de la contingencia política —A esta hora se improvisa, Tolerancia Cero— o tenga como centro el cotilleo de farándula —Primer Plano, SQP—, la oratoria se vuelve raquítica, imprecisa, poco enjundiosa. En Vértigo hubo que crear un formato que se concentra en el ataque a los invitados, por lo general celebridades de poca monta dispuestos a una sesión de tortura a su dignidad por algo de dinero. En este caso, lo que resulta atractivo es el monólogo ácido de Yerko Puchento, que cumple el rol de bufón de la audiencia. Pero se trata de un soliloquio ensayado, sin posibilidad de respuesta. Luego de su aparición el programa se diluye, pierde forma y nervio hasta terminar despachado por el túnel del payaseo sin sentido y la futilidad máxima. Mentiras Verdaderas de La Red trató en sus comienzos de crear una estrategia que estimulara el debate, pero terminó cediendo a la explotación del chismorreo de farándula y eventualmente al tratamiento de alguna noticia de actualidad. El diálogo no prospera más allá de la opinión de alguien sobre otro ausente, es el pelambre como eje dramático de la sociabilidad chilena lo que pena y persiste.

Por esto debe ser que el concepto de Late Show no termina de prender en la TV local. Cada vez que algún conductor se ha aventurado en el formato el desarrollo es tímido, deslucido y no logra el impacto que ha tenido en otras latitudes. Es la condena que enfrenta  El Late (CHV) de Nicolás Copano. Los invitados no lucen, quedan opacados en una conversación que nunca se decide a serlo y que nadie parece disfrutar. Los esfuerzos por hacer del programa un espacio cómico, irreverente y zafado de convenciones terminan por agotarse en un ejercicio sin fondo que ni siquiera salva la natural astucia del conductor. Hay más personajes cómicos que minutos de diálogo, una multitud de caricaturas que lo hacen parecer una suerte de remezcla del Club de la Comedia.

El Late cae en el mismo yerro de otros espacios de conversación nacionales, tratar el sentido del humor como sinónimo de chiste y las ironías como instrumento de acoso. La estructura del espacio parece estar diseñada para fracturar la posibilidad de reflexión mínima, tanto por las interrupciones cómicas como por una edición que en lugar de tijere-tazos ejecuta la continuidad con la sutileza de los hachazos de un loco. Este primer programa de Copano merecía más, está hecho con el entusiasmo de los que han visto mucha televisión extranjera inteligente, pero con la torpeza de quien se lanza a producir algo sin detenerse a pensar cuál es el objetivo central del asunto. Y ese fin en el resto del mundo es conversar.

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