La producción llamada My So-called life (transmitida en Chile por La Red en horarios insufribles) tuvo sólo una temporada y pasó rápidamente a ser una pieza de culto. La protagonista era Claire Danes. Luego de esa actuación Danes tuvo una carrera discreta como actriz de cine hasta que el año pasado volvió a irrumpir en la TV con Homeland, la serie con mayor fanfarria del último tiempo.

Homeland (Canal FX) es uno de esos productos atractivos en su complejidad que tiene la virtud de agitar los clichés del género —personajes buenos de un lado, villanos del otro— con un guión de ritmo apabullante y giros resueltos en curvas cerradas. Una historia repleta de piruetas ejecutadas sobre la superficie resbaladiza que brinda una cultura de la paranoia instalada en Estados Unidos luego del ataque a las Torres Gemelas. La primera vuelta de tuerca es el lugar común del dúo de personajes complementarios reunidos por su trabajo policial.  Homeland juega con la idea de la pareja pero en lugar de unirlos por la fidelidad y el sentido de lealtad, lo hace por lo opuesto: la permanente amenaza de la traición y la perpetua sospecha. Los compañeros de serie son aquí antagonistas, amantes, víctimas y victimarios. Todo a la vez.

Claire Danes es Carrie Mathison, una agente de la CIA consagrada a su carrera de espía experta en el conflicto político de Medio Oriente que está alerta ante la posibilidad de un ataque terrorista. Su principal sospechoso es un marine norteamericano —Nicolas Brody interpretado por Damian Lewis— que luego de estar ocho años secuestrado por Al Qaeda es rescatado en la mitad del desierto, transformado en héroe de guerra y encumbrado en una lustrosa carrera política. Todos celebran el retorno del soldado menos Carrie que tiene razones para creer que él ahora trabaja para el enemigo. Y está en lo cierto. Brody volvió para vengar la muerte del niño árabe que conoció en cautiverio y que murió asesinado por un ataque norteamericano. El inconveniente es que el menor muerto es nada menos que el hijo del terrorista más buscado por la CIA y que el responsable político de su muerte es el vicepresidente de EE.UU.

Carrie y Brody son unos antagonistas que se permiten incluso tener sexo pero que permanecen en veredas opuestas. El telón de fondo de Homeland es un estado de excepción ética, un toque de queda a las lealtades y el efecto persistente del síndrome de Estocolmo.
La atormentada Carrie es el nudo central de la trama y mientras su mente es la metáfora de la alienación ambiental —sufre trastorno bipolar y al final de la primera temporada se somete a un electroshock— el cuerpo magullado por la tortura del sargento Brody es la expresión de la herida física de un mundo sigilosamente violento.

Puede ser vista como el síntoma de una época en la que el temor a lo desconocido se volcó de los ovnis y fantasmas de Los Archivos Secretos X a la amenaza concreta de un enemigo igualmente espectral, encarnado tanto por el integrismo islámico como por la intolerancia camuflada de patriotismo. Un espacio de matices que los guionistas han sabido combinar con destreza y que nos hace reflexionar sobre el costo de la paranoia como razón de Estado.

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