En la vida todo ocurre 20 años después. Eso nos enseñó La Madrastra, eso aprendimos con Los Títeres y constatamos con Fuera de Control. Graduados, la nueva teleserie de Chilevisión, vuelve sobre el tema de cómo los años se cobran revancha luego de una fiesta de graduación colegial que tiene algo de la legendaria telenovela de O’Globo La reina de la chatarra, a su vez una suerte de mutación alegre y elegante de la película Carrie de Brian de Palma. El guiño generacional de comienzo de los ’90 es sin duda una apuesta por continuar con la orgía de nostalgia que tanto fruto rindió con los ochenta y que TVN capitalizó de manera un tanto grotesca con sus teleseries nocturnas de adultos jóvenes que no se resignaban a las arrugas.

La trama arranca en una fiesta de graduación de colegio. La heroína es Laura (Fernanda Urrejola) que mantiene una relación con su compañero Pablo (Ricardo Fernández usando la peluca más ridícula de la historia televisiva nacional). En plena fiesta Laura descubre a Pablo besándose con otra compañera. Despechada, busca consuelo en Andrés (Marcial Tagle), quien naturalmente ha estado enamorado de ella en silencio. Una cosa lleva a la otra y tienen sexo. No vuelven a verse. Laura perdona a Pablo, se casa con él y tienen un niño. Dos décadas después no sabe de quién es su hijo. Secretos, venganzas, humor y un reparto un tanto desconcertante. ¿Es realmente necesario forzar al público a imaginar que Marcial Tagle es un galán y que su padre es Fernando Farías, el almacenero de Los 80? ¿Es posible que Ricardo Fernández, con esa expresión de seminarista, tenga actitud de truhán y macho alfa? Las variaciones de la masculinidad son un desafío aquí y en muchas otras producciones nacionales en donde los elencos parecen quedarse cortos de varones disponibles.

En su original argentina Graduados fue un éxito en el que incluso participó Charly García. El tono de comedia y la revisión clásica de los sueños frustrados de una generación fueron el gancho para lograr el rating. Entre los elementos que cambian en la versión local el más vistoso es el personaje de Marcial Tagle, allá lo interpretó Daniel Hendler que está muy lejos de la imagen de gordito pachanguero. Además, en Argentina la serie tenía esa impronta de movilidad social tan difícil de adaptar al medio local: personajes de una clase media variopinta que comparten en una misma escuela y luego derivan a oficios y profesiones disímiles. En este punto la adaptación fracasa porque no alcanza a ser un espejo en el que la audiencia pueda reflejarse: el oficio de paseador de perros sólo tiene sentido en ciudades densas, de burguesía viviendo cerca del centro y no en barrios como Los Dominicos o La Dehesa. Asimismo, la horizontalidad de trato entre clases de los argentinos se desploma, la empleada de la familia se transforma en una caricatura vociferante y la antigua tradición del sicoanálisis rioplatense —fuente de tanto talento oratorio trasandino— se desbarranca en una sicóloga que se expresa a fuerza de gritos.

Allí donde Soltera otra vez (otra adaptación argentina) alcanzó una digna puesta en escena, Graduados no logra más que una especie de remedo, pero funcional al nuevo estilo de teleserie-gag surgido primero en programas juveniles como Yingo y luego explotado por TVN en su horario de la tarde. Puede que alcance un nivel aceptable de sintonía, nada peor que La Sexóloga en cualquier caso, pero no podrá igualar la calidad del producto trasandino.