En la primera temporada de Girls (HBO) hay un diálogo entre dos de las chicas que protagonizan la serie. Una de ellas es Shoshanna, una estudiante inocente y torpe de 21 años. La otra es Jessa, su prima de 24 años, que recorre el mundo catando todas las drogas posibles y que llega a vivir por un tiempo a Nueva York después de una temporada en París. Shoshanna la recibe con júbilo. Como una manera de lograr complicidad adula su estilo de vida y en seguida le pregunta con cuál de todos los personajes de Sex and the City se identifica y agrega para ilustrarla: “porque yo definitivamente soy Carrie, aunque a veces soy Samantha”. Shoshanna dice la frase con una sonrisa pícara que oculta el más vergonzante de sus secretos: es virgen. Jessa no le responde, permanece en silencio y la contempla con un rictus de lástima mezclada con asco.

Girls asumió así la inevitable comparación con Sex and the City: ambas relatan la historia de un grupo de mujeres, transcurren en Nueva York y logran hacer de la ciudad un personaje más y en ambas el sexo —y sus sucedáneos como el amor, la infidelidad y la neurosis— es el centro de la trama. Pero si la serie de Sarah Jessica Parker presumía de cierto estilo y una ensoñación de elegancia, Girls opta por un camino naturalista, en donde todo lo que puede parecer vulgar, tosco y humillante se exalta, en algunos casos con alevosía. Otro punto importante, mientras Sex and the City arrancaba con sus protagonistas acercándose a los 40, las chicas de Girls apenas se acercan a los 25.
El grupo protagónico encabezado por Hannah Horvath (siempre al filo de la cesantía, ex adicta a la heroína) vive toda clase de pellejerías y traspiés. Un atraso en el ciclo menstrual enciende de inmediato las alarmas de aborto o una discusión en una comida puede terminar con las confesiones más devastadoras.

La serie dirigida, producida, escrita y protagonizada por Lena Dunham tiene como inspiración su propia vida. Una suerte de autocracia creativa que ha rendido frutos: Dunham ganó dos Globos de Oro como actriz y como productora en la última entrega de esos premios. El guión obliga a sus personajes a hacer piruetas, desnudarse en sus infinitas carencias y a la vez declarar un par de frases ingeniosas por cada escena. Un drama en formato de comedia con permanentes guiños a la modernidad trendy gracias a la ropa —astuta y vistosamente vintage— y una banda sonora cuidadosamente alejada de los hits de radio y cercana al pop alternativo. La serie representa, por así decirlo, la contracara escéptica del hedonismo de terciopelo de Sex and the City y una apología a la derrota como estrategia para lograr un éxito que nunca es definitivo.

En Girls el sueño del hombre ideal es más bien difuso, si es que existe, y se relaciona con la posibilidad de lograr un orgasmo sin la sempiterna preocupación por la posibilidad de contagiarse una enfermedad de transmisión sexual. Hay un espíritu profundamente práctico —lo que no quiere decir alegre—  en esta serie que nuevamente elige el cliché de la división de los géneros como eje central. Es un retrato de época más que una declaración de principios generacionales, sobre todo porque no hay más motivos que la sobrevivencia. Tampoco es un espejo del alma femenina, principalmente porque nada indica que tal cosa alguna vez haya existido a pesar de la majadería de la industria cosmética y de la moda.