En el capítulo final del programa Yingo de Chilevisión su conductor, Karol Dance, hizo la siguiente reflexión: “Me han preguntado qué se siente haber llegado a este momento, y creo que es parecido a egresar de cuarto medio”. Yingo, sucesor de Mekano, tributario de Rojo, nieto bastardo de Extra jóvenes y chozno de Música libre era una extraña y curiosa mezcla de géneros unidos por un nudo común: el espíritu adolescente, uno que se caracteriza por la inquietud hormonal constante, rara vez acompañada de meditación.

Yingo llegaba a su fin después de poco más de cinco años de transmisión y su conductor lograba sellar el ciclo con una metáfora perfecta: la del egreso de una generación de adolescentes. Lo que fue ese grupo dice mucho de los valores culturales del momento, un ciclo largo iniciado a principios del nuevo milenio en el que se perfilaba la irrupción de un segmento juvenil avivado por el destape del cuerpo. El programa aparecía bajo el imperio del consumo desatado de un país sembrado de norte a sur de malls y barras libres. Su primera influencia es musical: un nuevo pop latinoamericano hipersexualizado y de corte tropical se encontró con la valorización extrema del formato de la tele-realidad. El axé primero y el reggaeton después se confabularon para crear un clima musical especialmente atractivo para los sectores más populares de la juventud. Aquella en la que tener un nombre como Karol o Faloon no era un asunto más extraño que fantasear con un futuro de estrella de la TV.

La nueva generación no era una que simplemente buscara estar en contacto con las tendencias musicales de moda y compartirla entre pares, sino que querían llegar ellos mismos a ser celebridades. El hambre de fama es lo que define la cultura generada por la industria del espectáculo y hasta el surgimiento de los programas como Rojo, Mekano y Yingo en Chile se había expresado de manera tímida y siempre vinculada al canto popular. En adelante la juguera de la farándula crearía un campo amplio para la fama instantánea de personajes de talento recóndito pero el carácter suficiente para narrar intimidades frente a las cámaras.

La importancia que tuvo Yingo en la franja de la tarde de la televisión local fue fundamental: su influencia llegó a las teleseries vespertinas que terminaron convertidas en versiones de sketches adolescentes sepultando las antiguas tramas de la era Sabatini en TVN. El nuevo ritmo inundó desde el matinal hasta el horario de trasnoche con comidillos de baja estofa sobre figuras surgidas bajo la sombra de este programa y su sucedánea Calle 7. Arenita, Arenito, Harcorito y la infatigable Valentina Roth crearon una disneylandia inquietante, en la frontera entre la comedia barata y la tragedia de crónica roja. Una montaña rusa esperpéntica que nunca se sabe qué tan abajo puede llegar y que está emparentada con la oferta inagotable de miseria humana producida por los reality shows.

El fin del programa juvenil bandera de Chilevisión abre una interrogante sobre el futuro. Así como en Inglaterra la cancelación del legendario Top of the Pops fue la consecuencia de una generación que ya no necesitaba de la televisión para enterarse de las novedades musicales, el final de Yingo tal vez marque el fin de una era y el comienzo de otra. El misterio no es tanto hacia dónde van los nuevos jóvenes, sino cómo hará la televisión para distraerlos en ese camino. Hasta el momento, hay que decirlo, sólo los aturdía con una sobredosis de furor desatado, sin más forma y contenido que el de una borrachera de fin de curso.

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