La serie Breaking bad tiene algo bíblico. Transcurre en un paisaje insolado y seco, en una ciudad bajo las reglas de un imperio representado por la FDA pero acechada por el peligro del mal encarnado en las bandas de narcos casi siempre morenos, casi siempre hispanos, o sea una tribu extranjera ajena al orden y la civilización de la metrópoli encarnada por un policía de drogas rudo y rubio. En medio de esto se encuentra Walter White, un hombre recto, padre de familia, trabajador y observante de las reglas.

Una suerte de Job de clase media norteamericana, que pese a su evidente civilidad es maltratado por el destino: su hijo adolescente sufre una compleja enfermedad neurológica, el dinero que gana como profesor de química no alcanza para cubrir los gastos y es sistemáticamente maltratado por sus alumnos y por el jefe de su segundo empleo como asistente de una tienda de reparación de automóviles. La primera diferencia con el Job bíblico es esa. Mientras que el personaje del Antiguo Testamento alguna vez gozó de prosperidad, el protagonista de Breaking Bad siempre ha vivido al límite del despeñadero. Por eso cada nueva desgracia es sólo una gota más en una tormenta permanente que termina por hacerse intolerable en el momento en el que le diagnostican cáncer terminal.

La serie estrenada por Mega para la televisión abierta, tuvo cinco temporadas en el cable y un extenso número de premios y reconocimientos de la crítica. Breaking Bad además sembró una audiencia mundial que se hizo adicta a sus muchos giros argumentales y esa suerte de historia de doble vida explotada al máximo.

La expresión Breaking Bad alude a eso, al momento en el que alguien abandona las normas y las convenciones y se lanza en un plan de ruptura y rebeldía, algo así como ‘salirse de madre’. No es necesariamente un día de furia, sino algo más profundo que la rabia, la convicción de que es necesario cambiar para sobrevivir y si ese cambio significa entrar en la penumbra de la legalidad no habrá más remedio que asumirlo.

En el primer capítulo de la serie Walter White, el personaje principal, les explica a sus alumnos que la química es como la vida: todo se transforma. La escena es el anuncio de su propia mutación. White, apremiado por las circunstancias toma el toro por las astas y se asocia con un ex alumno para entrar al negocio del tráfico de drogas de diseño. White resulta ser un artista en la construcción de sustancias ilegales que, se supone, le permitirán salir del ahogo económico y dejar a su familia con fondos suficientes para sobrevivir una vez que el cáncer terminal acabe por sellar su destino. Esta es una interesante pieza de frontera, se pasea por los límites éticos y culturales en una coreografía de relativismo apurada siempre por el ritmo de la violencia. Es como un western en donde nunca se está muy seguro quién lleva el estandarte del honor ni quién encarna la voz de la perdición.

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