Los mitos, las leyendas, el arte y la literatura están sembrados de historias de venganza. Hay pocas cosas tan humanas, tan triviales y a la vez sobrecogedoras como el desquite acompañado del sentimiento agridulce del triunfo condicionado por la herida. El vengador es un ser complejo, ambiguo, podemos tenerle simpatía, compasión, comprenderlo incluso en su afán y hasta alentarlo a que lo lleve a cabo, pero tenemos siempre el presentimiento de que su causa se enredará con su destino.

El vengador es un ser complejo, ambiguo, podemos tenerle simpatía, compasión, comprenderlo incluso en su afán y hasta alentarlo a que lo lleve a cabo.

Shakespeare lo ilustra de manera luminosa en El mercader de Venecia con el personaje de Shylok, el viejo menospreciado y humillado que intenta cobrar revancha y termina asfixiado por una justicia que le niega su estocada final, y peor que eso, por el resplandor de la felicidad de sus contrincantes. La teleserie Avenida Brasil es una historia de venganza. Como lo fue Los títeres de Sergio Vodanovic o Fuera de control de Pablo Illanes, sólo que llevada unos pasos más allá, con un espesor particular en la indagación en torno a los vaivenes de la fortuna y el poder.

Nina vuelve a Río de Janeiro después de años convertida en una chef con un dejo de sofisticación muy ajena al vertedero de basura en el que se crío. El retorno tiene un solo objetivo: vengarse de Carmina, la mujer que le robó a su padre, lo empujó a la muerte y la abandonó en un tiradero inmundo para sacarla de escena. Carmina ahora está casada con un jugador de fútbol retirado que vive de la fortuna hecha en tiempos de gloria en una mansión de los suburbios. Nina decide entrar en sus vidas aparentando ser otra persona, una cocinera asediada por las deudas que necesita mantener a una madre enferma y está dispuesta a trabajar como parte de la servidumbre de una casona repleta de un clan de nuevos ricos tributarios de los millones del negocio del fútbol. Lo logra, sin calcular que el hijo adoptivo de su enemiga es justamente su gran amor de infancia.

Nina tiene algo de la Fiera radical, aquella heroína de los noventa encarnada por Malú Mader que buscaba hacer justicia por sus propias manos y otro poco de La reina de la chatarra, la teleserie brasileña que retrataba la pugna entre una millonaria reciente y una familia de abolengo sin un cobre, pero con reconocimiento amplio de un medio que se rinde a su linaje. Sin duda en Avenida Brasil, hay algo de retrato social del Brasil actual, próspero y a la vez descontento —algo que sin duda evoca nuestra realidad— en el que convive la miseria, la opulencia, la violencia y una nueva burguesía moderna que trata de empujar por cambios profundos. El cuidadoso dibujo de esos bordes, que por ratos parecen ambiguos y contradictorios, es uno de los muchos méritos de la producción brasileña: Una teleserie con un guión en perfecta combinación con una puesta en escena de iluminación cinematográfica.

En cada episodio de Avenida Brasil se presiente que el destino encierra una tragedia nueva.

En cada episodio de Avenida Brasil se presiente que el destino encierra una tragedia nueva, tal vez mayor que la que originalmente mueve a la heroína. Algo nos indica que en este caso el final feliz con torta de novia es un cliché superado por las pasiones, los rencores y los secretos de una trama exuberante y un coro de personajes que resulta adorable, aun aquellos que hacen exhibición de la más delirante de las maldades.

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