Uno de los problemas endémicos de la ficción chilena, en contraste con la de otras naciones latinoamericanas, tiene que ver con el cuerpo masculino. En Chile los galanes por décadas no soportaban el mero acto de sacarse la camisa. En particular sus torsos no estaban a la altura de lo que se supone es una estrella: el péndulo se movía entre cuerpos magros pero sin músculos a la mera flacidez enclenque.

Basta hacer un poco de arqueología para encontrarse con escalofriantes escenas de dormitorio, playa o piscina con supuestos modelos de masculinidad que no soportan un segundo de comparación con actores de producciones de O’Globo o Telefé. No olvidemos que incluso Gonzalo Robles fue galán en La Señora. En no pocas secuencias los televidentes debían imaginar que veían a un icono sexual, cuando la realidad gritaba otra cosa.

Esto comenzó a cambiar en los ’90 con la resistida inclusión de actores-modelo, con Cristián de la Fuente como abanderado. La renovación fue liderada por Canal 13 mientras TVN se las arreglaba con Francisco Reyes disimulando su escasa tonicidad. Por eso, la primera dificultad que debía sortear Las Vega’s, no era trivial.

La historia tiene algo de la novela Mujercitas, una pizca de Midnight Cowboy y otro tanto de la hiperexplotada Full monty. La combinación es aceptable aunque no logra el encanto de Peleles o Soltera otra vez, las anteriores propuestas nocturnas del trece. Algo se desenfoca en una entrega que promete erotismo en una secuencia de créditos espléndida, pero que se deshilacha en demasiadas tramas que vistas desde fuera parecen de rápida solución. La tensión entre pacatería y desenfado es la más débil porque no hay un contrapeso que represente la represión moral más allá de un coro de beatas cuyo máximo símbolo de poder es asistir a la misa de domingo.

El peso dramático se lo lleva el personaje de Antonia Díaz, interpretado por Francisca Imboden, la viuda que se creía felizmente casada pero que va descubriendo la doble vida de su finado marido. El primer hallazgo es un cabaret secreto que resulta ser la tabla de salvación económica para ella y sus hijas cuando deciden darle un giro y crear un boliche de desnudismo masculino para mujeres.

El sainete de strippers funciona con la eficiencia de las sesiones de gimnasio de emergencia que algunos de ellos tuvieron que tomar para hacer sus papeles con la dignidad del caso. ¿Alguna vez las cámaras chilenas podrán registrar un cuerpo masculino con el mismo detalle y desenfado con el que recorrían el de Josefina Montané en Soltera otra vez? Al parecer la represión existe más del otro lado de las cámaras.

Sin embargo, uno de los grandes baches es un error no forzado: La inclusión de personajes de reality en el plan de cameos curiosos, lejos de ayudar la salpica de un oportunismo farragoso que desentona y ensucia el relato.
La serie dice mucho del tránsito de nuestra sociedad respecto del trato entre lo masculino y femenino, la relación con el cuerpo y el espacio del placer restringido al ámbito de lo clandestino.

De un conservadurismo asfixiante el país pasó a una especie de liberalismo de cartón piedra. Una versión pacata de destape aparente con visos de crisis de pubertad, en el que los que se jactan de atrevidos, deslenguados y desafiantes suelen obedecer sin darse cuenta, a motivaciones tradicionales y añejas. Las Vega’s puede ser una metáfora de ese desacomodo.