La cópula solía ser reemplazada metafóricamente por la imagen de los novios trozando juntos la torta. En los primeros años de la década del ’80 la irrupción de la cama como accesorio erótico estaba restringida a fugaces escenas de La señora —una miniserie de 1982 con un delgado Gonzalo Robles como galán— y de El juego de la vida (1983) que escandalizó al coronel que dirigía TVN por exhibir los hombros desnudos de Anita Klesky y Sergio Aguirre.

El cuerpo erotizado fue hasta mediados de los ’90 un coto propio de las series extranjeras tanto por razones culturales —Chile como reserva moral de Occidente— como por razones prácticas: elencos escasamente tonificados y galanes con tendencia al sobrepeso. La brasileña Pantanal exhibida en 1992 fue una especie de anuncio de que nuestra debilidad erótica debía ser revertida o al  menos compensada. El personaje de Yuma le mostró un camino a la audiencia y a la factoría televisiva local. Los ejecutivos advirtieron las señales y surgieron así proyectos múltiples que mezclaban en distintos grados y formas la voluntad de un destape: la espalda de Angela Contreras en Sucupira y los mocetones de pectorales marcados de Playa salvaje fueron los atisbos de una transformación a largo plazo cuyo extremo más reciente es La sexóloga, la nueva teleserie de Chilevisión.

Esta última es un ejemplo de que una idea llamativa no es lo mismo que una buena idea. La nueva teleserie es un síntoma de que nuestra debilidad erótica televisiva es profunda, y me atrevería a decir que de carácter estructural. La sexóloga tiene más del Show de Benny Hill que de Emmanuelle y acude con profusión a la estética del sex shop como bandera de una liberalidad que tiene el espesor de una cáscara de huevo. La sucesión de escenas de acoplamiento acompañadas con diálogos de dudoso ingenio más que una exaltación de la sensualidad provocan un cuestionamiento incómodo sobre la vida interior de los guionistas. Sólo en Chile un personaje sexo dependiente, profesional exitoso y musculado ejemplar puede organizar un ménage à trois en la habitación contigua a la de su madre. Sólo en Chile los galanes viven con su madre pasados los 18. Sospecho que Freud tendría mucho que decir sobre eso y sobre la persistencia de Héctor Noguera en el rol de macho alfa picarón que tan refrescante podía resultar hace dos décadas cuando su pareja en la ficción era Delfina Guzmán y aun no se promulgaba la ley de divorcio.

Uno de los precios más altos de La sexóloga sin duda es el que pagará un elenco forzado a representar una y otra vez un conjunto de tics sin más destino que el vacío propio después de una resaca. Más que una trama la serie es el fruto de un entusiasmo mal encaminado que confunde la necesidad de un ritmo trepidante con la sucesión promiscua de escenas tan fugaces como insatisfactorias y una sumatoria de relaciones tensionadas por la ansiedad histérica de parecer modernos cuando evidentemente la realidad dice otra cosa.

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