“Me gustan estas fotos. Tienen algo futurista y también limpio, sin tanto maquillaje. Pero el peinado hace que parezca otra persona. Es una estética medio industrial y un poco punk”.
Sentada en una mesa del restorán Quínoa, a cara lavada, Javiera Díaz de Valdés está lejos de representar a la fémina futurista que capturó el lente de Tomás Reid. También se encuentra a años luz de la chica que acapara páginas publicitarias como rostro de una gran tienda. Simple, sencilla, más tímida que diva de la televisión, pide un café helado y a ratos las manos le tiemblan de los nervios. “Me aterran las entrevistas, hasta que entré a este lugar me he preguntado por qué acepté…”, se recrimina en voz alta la mujer quien por estos días ha estado en el ojo público por su figuración en el último clip de Los Tres, Hey hey hey, donde encarna una relación lésbica con María Luisa Mayol, gran amiga suya. De inmediato la historia de seducción entre dos mujeres incendió las redes sociales, no sólo por sus atrevidas escenas, sino porque el desenlace —ambas muertas por un macho celoso— fue duramente criticado por la ministra del Sernam Loreto Seguel, quien acusó de incitar al femicidio.

A Javiera las críticas le resbalan. Está totalmente inmune. Desde hace un par de años comenzó con un proceso de liberación y limpieza y ya no le importan los comentarios. También aprendió a quererse y a aceptar su ego, el que —reconoce— la empuja cada cierto tiempo a ser el centro de sesiones fotográficas como la que ahora ilustra la portada.
“¡Claro que hay ego! Pero sin culpa. Me he ido asumiendo cada vez más como una persona hedonista. Pero aquí es súper castigado; te tratan de frívola, pero me he ido aceptando y hasta digo: ¡Qué suerte tengo! En el fondo, por ser lo suficientemente descarada para hacer lo que quiero. Soy honesta y no me reprimo”.

De niña, Javiera Díaz de Valdés soñaba con ser actriz, o tal vez modelo. Tenía apenas diez años y realizaba una revista donde ella hacía todas las entrevistas (al perro, la nana, su familia); y donde ella era obviamente la portada. “Mi hermano me tomaba fotos y yo las revelaba; me hacía cargo de la producción, del maquillaje y el peinado. Me vestía de hombre, de mujer, de distintas cosas”, ríe.
Eso, a pesar de que siempre fue una chica tímida, retraída, demasiado sensible. “Pero de forma inconsciente trabajé para superarlo. Esa revista que hacía era dentro de mi casa, un juego íntimo, espontáneo. Ahora soy una tímida asumida. Pero al mismo tiempo la sociedad te castiga; es el peso de lo formal”.

—¿Se ha sentido enjuiciada?
—Todo el rato, obvio. Es súper fácil percibirlo a través de las redes sociales; estoy en Twitter, me he metido a Google a verme y sé que algunos tienen malas opiniones de mí y me critican, la típica gente que ve todo de manera negra. Hay una tendencia a oscurecer la realidad, a pervertirla, buscar el lado negativo, sobre todo si tienes suerte y eres exitosa.
Pero en el acto agrega:
“¿Sabes lo que he hecho para sentirme libre? Dejar de enjuiciar. Antes era muy rebelde, llena de prejuicios; catalogaba a la gente por la música que escuchaba, su forma de vestir y la religión. Ahora tengo opinión pero ya no soy categórica. Estoy más abierta. Debe ser porque también viví el juicio y el prejuicio de ser muy cuica en la escuela de teatro; o por ser linda… Son los típicos clichés, pero aprendes a no hacer lo mismo y te vas liberando”.

—¿No le da miedo dejar de ser linda, que la gravedad cause estragos en su cuerpo?
—Claro, ¡obvio que lo he pensado! Aunque es curioso: me siento mucho mejor en la medida que pasan los años. Cuando era más joven, flaca, sin ninguna arruga, tenía una inseguridad patológica. Pero los años me han traído calma, que es mucho más placentero que ser linda.

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—El mundo de la televisión es bastante cruel con las mujeres una vez que pasan los 40 años.
—Me pregunto qué va a ser de mí. Por eso también me proyecto en otros planos, por ejemplo con mi pyme. Ahora estoy partiendo con un puesto de jugos naturales que se va a llamar Guayo. La gente está tomándose las calles, los parques, eso es una tendencia en todo el mundo. Ahí nació mi idea de puestos de jugos naturales de frutas y verduras, saludable y rápido.

—¿Se considera una buena actriz?
—Me falta un montón, aunque cada vez me siento mejor; tiene que ver con la madurez, con procesos mentales, con dejar atrás las inseguridades. Ahora tengo más confianza.

La transformación de Javiera Díaz de Valdés ha sido potente. De ser criada en un hogar laico y haber asistido a una misa en no más de tres ocasiones, hoy es creyente y reza. “Hablo todos los días a un dios que en realidad no es Dios sino que está representado por la naturaleza. Converso con devoción, con mucha gratitud y emoción. Pido con fe, desde el corazón, en un acto de fe tremendo. El solo hecho de tener fe ayuda a ser más positiva, a angustiarte menos, a confiar”.

—¿Qué impulsó este cambio en su vida?

—Tiene que ver con una época de limpieza, de querer tomar buenas decisiones, estar cerca de gente positiva, buena onda. Hoy todo lo que resuelvo tiene que ver con lo que me hace bien. Además, soy hiperreactiva: las cosas me hacen muy bien o muy mal. Pero hace dos años que hago ashtanga (yoga) y me ha servido un montón para dormir bien. Es como una higiene integral: va desde lo que como, las decisiones que tomo, la gente con que me rodeo y con quienes trabajo. Desde chica he sido muy vividora, precoz, curiosa, pero ahora voy hacia otro lado, analizando y viendo qué cosas me hicieron mal y empezar a tomar caminos más maduros. Tengo una hija y lo que me pasa la puede afectar también a ella.

—¿Es madurez o tiene que ver con que en algún momento tal vez tocó fondo?
—Eso suena muy dramático; más bien tiene que ver con llegar a ciertos límites… Pero empecé a tomar las riendas de mi vida. Tengo 32, ya no soy tan joven y, a diferencia de antes, ya no me atrae tanto lo dark…

—¿Por qué, carreteaba mucho?

—Siempre he sido buena para salir, me encanta, voy a morir así. Pero ahora te lo digo sin culpa. No me parece algo negativo mientras no afecte el equilibrio general.

—¿Pero en algún momento afectó?

—Sí, bueno, y además me separé (hace dos años, de Pablo Mackenna), lo que también fue un tremendo tema. Ahí sólo tienes dos opciones: o te hundes o tiras pa’rriba. Opté por limpiar, ver qué personas me hacen bien, buscar relaciones de cariño, generosidad, buena onda; tratar de descansar, liberarme de las culpas y rezar, que tiene que ver con un acto de fe profundo. Me ha dado mucha tranquilidad tener fe, saber que las cosas van a estar bien; que vas a vivir muchos obstáculos en tu vida pero que servirán para mejor. Todo es por algo.Wp-Javiera-488-2

—Y esta limpieza ¿qué cambios positivos generó en su vida?
—Estar en paz es lo más positivo que te puede pasar; liberarte de angustias, descansar, estar tranquila, te hace ver las cosas con otro filtro. Incluso para recibir los juicios y críticas; cuando no estás bien te afectan, te sientes culpable, y cuando estás sana, cualquier crítica que recibas se derrumba porque estás mejor parada.

—En lo laboral, ¿qué cambios realizó?

—Siempre he sido muy itinerante. Es parte de mi personalidad; nunca he estado mucho tiempo en un lugar. Así como algunos se angustian sin una pega estable y su norte es conseguir un contrato eterno, para mí es al revés: busco que cada día, cada mes, sea distinto. Trabajo desde los 12 años; era modelo, hacía comerciales, garzoneaba y con esa plata me iba de viaje. Siempre busqué no permanecer mucho tiempo en una sola parte. Ha sido mi opción. De hecho el 2013 me salieron pegas en la tele y decidí no hacerlas; quería darle espacios a películas, cortos, vídeos, cosas más alternativas. Además que venía de trabajar mucho, con demasiadas cosas al mismo tiempo, con una hija…

—Aunque también tiene un contrato con una gran tienda que le permite esa libertad.
—Sí, es cierto. Pero no ha sido tan determinante. Cuando recién partí en la tele me ofrecieron un contrato por dos años y casi me morí. Me angustió y dije que no. Lo mismo cuando una amiga me dice ya, juntémonos el viernes de la próxima semana: no sé si ese día voy a querer ir, si voy a tener otras cosas, no puedo decidir con tanta anticipación.

—¿En sus relaciones de pareja es igual?
—No es que un día ame y al otro no. Vivo mis relaciones en el día a día, me proyecto porque es romántico. Antes me atormentaba, me preguntaba si iba a durar mucho o poco, qué iba a hacer el día que la relación se terminara o, al contrario, si nos casaríamos y seguiríamos juntos, pero me relajé. Siento que lo que tiene que pasar en el futuro tiene que ver con cómo esté llevando el presente; si me siento bien con mi pareja en el día a día, lo más probable es que con el tiempo se vaya haciendo más sólido. Ahora me gusta más el presente en calma. Con fe: ¡qué gran palabra: corta, precisa, power!

—Lo que sí es muy claro es que todos los hombres con los que ha estado han sido muy poco convencionales: un poeta y dos roqueros.
—¡Es verdad! El perfil del ingeniero, del abogado, no va conmigo. No es por despreciar, pero no me nace coquetear con un hombre así. Simplemente son gustos y a mí siempre me cautivaron los hombres poco tradicionales. Tiene que ver con la creación, con intereses parecidos, yo también estudié algo relacionado con el arte.

—Aparentemente, su novio el músico Sebastián Román también ha influido positivamente en este potente proceso de cambio que se ha gestado en usted.
—Me lleno de la persona que tengo al lado; influye demasiado en mi carácter. Mi mamá siempre me dice que si una pareja me hace feliz o no, se me nota mucho. Y mi pololo me ha hecho muy bien, me proyecto con él. Esta es una relación de verdad, pero dejémoslo hasta ahí, no quiero hablar tanto…

De lo que sí habla es del polémico video de Los Tres y que, más allá de la controversia, para ella está lleno de simbolismos personales. “Primero que nada soy muy amiga de Malú; es pareja de Boris Quercia, quien me dirigió en Sexo con amor cuando yo tenía 19 años y debuté en los medios —dice sobre el rol de una chilena criada en Francia y su famosa escena de la lavadora, inscrita a fuego en la filmografía erótica nacional—. Y ahora volví a trabajar con él después de más de diez años, ¿loco no? No podía negarme”.

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—Aunque el guión era bastante osado…
—¡Y feliz, me encanta! Estoy acostumbrada a hacer esas cosas. Me da placer. Imagínate: darle un beso a una mujer, ¿por qué alguien no va a querer hacerlo? Lo entretenido de ser actriz es que puedes realizar ese tipo de cosas. Tampoco es primera vez: ya antes había hecho roles donde me he dado besos con otras mujeres. Esta fue una más.

—¿No representa para usted una suerte de transgresión?
—Me parece normal y también lo encuentro sensual, para qué te voy a decir que no… Pero en el minuto que lo estoy haciendo no me ha provocado más nervio que besar a un compañero hombre. En Mujeres de lujo (la teleserie en la que actuó en 2010) me daba besos mucho más largos; lo mismo he hecho en teatro, en un video clip y otro que viene en camino. Y en una película que vamos a filmar sobre la historia del motel Valdivia interpreto a una lesbiana… Lo he hecho montones de veces y tengo plena consciencia de que es una fantasía muy entretenida de hacer.

—¿También en su vida personal?
—No, soy muy heterosexual. No me imagino teniendo una relación con otra mujer. Una cosa es experimentar y otra bien distinta es tener un vínculo que dure y se proyecte en el tiempo, que te levantas con la otra persona. No es lo mío, pero lo encuentro admirable.

—¿No le importa que, por representar tantas veces un rol lésbico, la gente la encasille? ¿Que los hombres la miren nada más que como una fantasía?
—Me da igual, si me quieren ver de esa manera, problema de ellos. Soy libre de hacer lo que quiera; da lo mismo si he interpretado cuatro veces a una lesbiana. Que digan lo que quieran, ya está bueno de preocuparse del que dirán.

—¿Cree que eso tenga costos en su carrera?
—Hasta ahora sólo he recibido beneficios, y si ha habido costos no tengo idea, ni me acuerdo. Pero claro, acá la gente te juzga. En Twitter leí comentarios como “qué lejana es ella al mundo gay…”. ¿Cómo lo saben, por qué? La gente me ve de una forma y no tiene idea de cómo es mi vida en realidad, ¡eso es lo más bacán!: el misterio.

—Sin embargo, el video también generó la indignación de la ministra del Sernam, como lo expresó en Twitter.
—Y la visión de mucha gente cambió. Es impresionante cómo las redes sociales influyen en las personas, cómo determinan su opinión. Horrorizarse es más fácil que reflexionar. De encontrarlo sexy, cool, hubo amigos míos —a los que quiero y piensan parecido a mí— que incluso me dijeron: “igual me pareció violento…”. Y tú que ves el video de la Rihanna que no puede drogarse más, que se saca la mugre con el pololo; o a MIA, con un clip donde pretendían eliminar a todos los colorines, ¿y eso significa que estén a favor de matarlos? La misión de los videos siempre ha sido provocar: ¿O alguien se olvida de Corazones rojos de Los prisioneros? Ellos no estaban por el femicidio; al contrario: el disco entero era una denuncia al machismo. No se estaban haciendo parte. Tal vez la ministra no ha visto todos esos vídeos, su mirada era más susceptible y lo interpretó de otra manera.