En lo más profundo de la tradición latinoamericana de la telenovela, yacen junto a los amores difíciles, la experiencia de la injusticia cotidiana, que brota de la desigualdad entre estamentos de sociedades que parecen nunca terminar de abandonar la colonia. Esa violenta desigualdad solía estar representada en los culebrones clásicos, por el amor prohibido y secreto entre una jovencita del servicio doméstico  y el hijo de los patrones. La trama se resolvía al final del culebrón con un gesto conservador: resultaba que la joven era la hija perdida de una familia de magnates, lo que volvía todo a su sitio. La pareja podía unirse sin sobresaltos. 

La teleserie colombiana La esclava blanca (CHV) tuerce el guión tantas veces visto, lo sitúa justamente en la colonia —el momento en que nació el orden que padecemos— y arranca cuando Lucía, la joven heredera de un hacendado justo y generoso que repudia la esclavitud, sobrevive a la matanza y crece en un palenque de esclavos fugitivos. Su vida cambia cuando la familia adoptiva negra es capturada y ella es enviada a un convento del que escapa para volver a las tierras de su familia a buscar justicia, suplantando a una marquesa española.

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La esclava blanca debe ser una de las contadas excepciones en que uno de los protagonistas es una persona negra, en este caso el esclavo Miguel, que debe soportar el acoso de su amo y la crueldad del administrador de la hacienda. Miguel era el enamorado de juventud de Lucía, se reencuentran y el amor permanece intacto. Lucía le revela sus planes a Miguel y ambos comienzan una relación clandestina atravesada por los deseos de revancha y justicia.

La serie entra en la categoría de superproducción, tanto por la puesta en escena —inusualmente cuidada para el formato— como por la selección del elenco —internacional— y la calidad técnica de la imagen. Es además una producción que cuestiona desde la representación del pasado, la violencia del presente. El primer y más potente cuestionamiento, es el que alude a las raíces de la discriminación racial, la que mantiene a raya hasta hoy a los personajes morenos en las producciones de ficción latinoamericanas, pero también se vislumbran otros signos de violencia institucionalizadas por el dinero, el género y la religión. 

La nueva teleserie de Chilevisión es una respuesta sofisticada al alicaído imperio de las producciones turcas. La esclava blanca tal vez no logre cautivar una audiencia muy extensa, pero establece un estándar de calidad que se disfruta y agradece.