El largo ciclo que terminó con los estelares clásicos de la televisión chilenaVamos a ver, Lunes gala, Sabor latino, Martes 13, Siempre lunes comenzó a declinar tímidamente a fines de los ’80. El primer síntoma de que una época de la televisión llegaba a su fin fue el programa de conversación Viva el mundial estrenado en Canal 13 para el mundial de México de 1986. El nuevo espacio prescindía del formato habitual que creaba la fantasía de un espectáculo de variedades por el que pasaban cantantes y humoristas alternadamente presentados por un animador modoso y bien pronunciado que hacía las veces de maestro de ceremonia vestido de fiesta. El éxito de aquel espacio, conducido por Javier Miranda, sepultaba el esquema clásico, impulsaba el chachareo informal, la nota del reportero payaso y la visita de los famosos del momento. Pasarían nueve años para que el esquema germinal alcanzara el rango de formato estrella con Viva el lunes, el símbolo de los ’90. Allí confluyeron Kike Morandé, un empresario devenido en animador de trasnoche de La Red; Cecilia Bolocco, la divinidad honoris causa de nuestra pequeña industria del entretenimiento y Alvaro Salas, la representación del parrillero gracioso, narrador del chiste sin filo. 

Si Argentina tuvo pizza, champán y Susana Giménez, Chile tendría Viva el lunes, un guiso a medio camino entre el charquicán y el locro que mezclaba personalidades y las transformaba en versiones digestivas de sí mismas. Caricaturas de sus propias vidas dispuestas en pantalla para el juicio de la audiencia. Era el aperitivo para la cultura del reality show y la farándula, dos géneros primos hermanos con vínculos incestuosos y que terminaría por reinar durante las primeras décadas del nuevo milenio desde Protagonistas de la fama hasta Pelotón, pasando por SQP y el recientemente desaparecido Alfombra roja.  

Todo indica que vivimos el final de otro ciclo. La pérdida sostenida de audiencia ha obligado a cancelar o desplazar de horarios programas que hace 10 años ocuparían portadas. La zigzagueante pauta editorial de Primer Plano —el buque estrella de la farándula— es el síntoma de un desplome generalizado. Cada edición raspa la olla de la anterior, en un ejercicio de salvataje y desentierro de figuras olvidadas y caídas en desgracia que poco tienen que ver con la carnicería de personalidades de otra época. El comidillo amoroso, la desventura sexual, el lío de poca monta futbolero fue reemplazado por las penas de una viuda, los vaticinios de un brujo que predice desastres naturales o la campaña solidaria para un bailarín con necesidades de urgencia. El zoológico parece haber sobreexplotado a sus bestias de feria y el público se aleja hastiado de un espectáculo que cumplió el que quizá sea su único sentido: demostrarnos que se puede lucrar con la miseria humana y enfrentarnos a que incluso el vacío puede encandilarnos si se cuenta con la dirección de televisión adecuada y el clima social propicio para hacerlo.