Ni el reggaeton logra opacar la estética kitsch del culebrón. Esas historias televisadas regadas de envidias, lágrimas y celos, han sobrevivido en el tiempo y ahora se han cambiado de domicilio con plataformas como Netflix. Desde Ciudad de México, la gran meca latina del espectáculo, parece tramarse una nueva escudería narrativa, donde no es coincidencia que Luis Miguel haya llevado su tragedia de estética ochentera, a la pantalla con similar factura que la serie La casa de las flores, el fenómeno que trajo de vuelta a Verónica Castro, la inolvidable heroína de Mariana, los ricos también lloran.

Como si estuviera escrito, esta vez el director Manolo Caro (33) emplea los mismos códigos que por décadas consolidaron un género de decorados artificiales para contar historias de amor aplastadas por diferencias sociales y mentiras que no permiten la luz. Es la poesía latina que, como la ópera que nació en Florencia en el siglo XV, se armó de ropajes mezclados con bijouterie dorada y pisos embaldosados para lanzar su narrativa muy de la mano de una estética kitsch, que como la hiedra comenzó a aferrarse a la pared del set de televisión y a las emociones de un público enorme.

En La casa de las flores una matriarca interpretada por Verónica Castro aparece en escena como una socialité dueña de una florería de lujo que es capaz de hacer lo imposible para manifestar ante el mundo que ella maneja los hilos de una familia perfecta. Pero ¡mentira! tal como enuncia la definición más clásica del kitsch, todo está tijereteado por el deseo de aparentar ser, donde el trabajo de la pintora Roberta Lobeira, también mexicana y amiga de Manolo Cano, es piedra angular en el relato. Su retrato de la familia De la Mora corona el salón principal de los protagonistas y también sirve de cortina para cada episodio.

“Realismo mágico contemporáneo”, dicen de la obra de Lobeira y su tono, por cierto, es un manual de estilo permanente en esta historia donde la heroína esconde la basura bajo la alfombra de pétalos y fuma marihuana para liberarse por un rato de su falso paraíso, un inmenso mar de lágrimas finalmente.

Como la hiedra, que se va enredando enredando, La casa de las flores es la consagración de un género, pero sobre todo es el triunfo de una estética que se impone ante el mundo como una nueva chinoiserie, un corazón de latón que resiste el óxido. El kitsch vive tiempos de gloria lejos de su modesto origen. Señoras y señores, larga vida al
kitsch.