Siente que está viviendo de yapa, un bonus track que le dio la vida luego del infarto que sufrió en marzo del 2011. Desde entonces Carolina Arregui (47, cuatro hijos) es otra: toma decisiones radicales, es capaz de decir no e incluso de ir a acostarse si tiene sueño, aun cuando haya invitados en casa.

Desde niña ha cultivado ese lado rebelde, impetuoso, como a los 16 cuando, sin decir agua va, armó sus maletas y se fue de la casa para buscar su destino. Era idealista —su líder era Don Quijote—, y recorrió y cantó en cuanta peña había para cumplir sus sueños de convertirse en artista. No pasó mucho tiempo y grabó un comercial para la TV, que le sirvió de trampolín para su debut como actriz en El juego de la vida de TVN. Después, a los 18, se casó con uno de los grandes directores de esa época Oscar Rodríguez (con quien tuvo a Oscar 27, Miguel Angel 26 y Mayte 23) y más tarde se consolidó como Nice; la inolvidable heroína-villana de Angel Malo que la lanzó al estrellato.
En diciembre pasado dio un nuevo golpe de timón. Desmotivada por los roles insignificantes, la poca valoración a sus 30 años de trayectoria y la cada vez mayor importancia que Canal 13 le daba a los realitys  en desmedro del área dramática —situación que le generó una depresión encubierta—, decidió renunciar a la estación televisiva que la vio nacer hace tres décadas, y sin pensarlo dos veces emigró a TVN para incorporarse al elenco de Pobre rico. Allí interpreta a Eloísa Rivas; una mujer popular y graciosa con la que no sólo explota su veta de comediante y ha disparado el rating de la teleserie, al punto que ya se confirmó su alargue hasta enero. “También me reencantó con mi profesión. Volví a realizarme, a sentir que mi trabajo traspasa, toca a la gente, que vale la pena llegar tarde a tu casa, dedicarle menos tiempo a tus hijos… En el 13 veía que marcaba el paso, que toda la entrega, pasión, daba lo mismo. Eso me desmotivó y me deprimió… Sentía que había que echarle para adelante nomás, que era lo que me tocaba vivir”.

ESTE NUEVO AIRE TRAJO A LA DIVA DE VUELTA, pero una diva poco convencional: cercana a la gente, humilde; que asegura jamás expondría su intimidad por plata; que en 1993 tocó fondo cuando un affaire con Fernando Kliche significó el fin de su matrimonio con Oscar Rodríguez, una larga sequía laboral, apuros económicos, enjuiciamiento público, soledad y olvido. También ha bordeado la muerte dos veces (tuvo un cuadro de divertículo en 2005 y un infarto el 2011), pero de todo no sólo ha sabido pararse y seguir. Carola es maestra para reinventarse y regresar siempre a la primera línea. “Revisando mi vida, no lo he hecho tan mal”, reflexiona. Y no sólo apunta a su buen momento profesional, sino a la estabilidad que al fin alcanzó en su vida personal. Ya cumplió diez años con el cirujano plástico Roy Sothers con quien vive junto a su hijas Mayte y María Jesús (12, de su relación con Patricio Castro). Los dos mayores, Oscar (fotógrafo) y Miguel (comunicador audiovisual) habitan en una casa que Arregui les construyó en el terreno que el padre de ellos tiene en El Arrayán.
—¿Se sintió diva alguna vez?
—No, lo encuentro terrible, ¡una enfermedad del terror! En eso me ayudó estar al lado de Oscar (Rodríguez) 20 años mayor, que me enseñó este mundo de cerca. Era fuerte ver caer meteoritos unos tras otros. Siempre digo que la humildad es la base para que tu trayectoria sea larga. No puedes creerte el cuento, si esta cuestión va y viene.
—¿Y qué pasa con el ego cuando hoy le tocan roles más de comedia que protagónicos?
—Mi ego está perfecto. Esto ha sido un regalo. Pensaba que estaba para papeles de abuelita y, de pronto, me dan a Eloísa; un personaje divertido, atractivo, con tres hombres enamorados de mí y que me encuentran rica, ¡imagínate! Que se emociona y le pasan cosas profundas con sus hijos. Ella es lo más parecido a la mujer del pueblo chileno… y  me identifica, porque aunque estemos hasta el cogote, siempre le ponemos humor para salir adelante…
—¿Y es tan chascona como ella?
—Sí, no soy tan esquematizada. La veta de humor la descubrí con Brujas, y me sorprendí. Despierta mi lado divertido, de querer echar la  talla, como cuando te encuentras con una amiga, le dices una broma, y ella te devuelve dos.
—La teleserie hace una radiografía descarnada del arribismo chileno, ¿comparte esa visión?
—El doble estandar es parte de nuestra idiosincrasia. Los pobres existen; esa gente humilde, de esfuerzo, que hace colas para tomar el Transantiago y pica el ajo para parar la olla y pagarle los estudios a sus hijos. Son tan reales como los que se creen la última ‘chupá del mate’ porque el marido trabaja en tal cosa y mandan a sus hijos a los colegios más caros; eso les da respeto… La clase media para abajo somos mayoría en Chile, los con muchas lucas están, pero en una burbuja, enclavados en un cerro y con todas las oportunidades del mundo.
—¿Cuánto le costó a usted abrirse camino?
—Hay que ser vivaracha y tener la voluntad de buscar aquellos que te hacen crecer, ser alguien; para eso necesitas tener aspiraciones. Las oportunidades hay que buscarlas, ponerte las pilas y aplicarte. Muchos jóvenes de padres con plata prefieren sentarse a pensar qué les gusta, en qué canalizarán sus energías, si estudian o se toman un año sabático… viajan, pololean, porque de casarse y tener hijos, ¡ni hablar!; demasiada responsabilidad. Hoy todo es relajado, los cabros quieren vivir lo más liviano posible, con la pura mochila nomás.
—¿Por qué se fue a los 16 años de su casa?
—Siempre fui agrandada, idealista, quería vivir mi vida y probarme que era capaz de mantenerme. El Quijote y todos esos conceptos me movían. Recorrí canales de TV, productoras, en los café concerts guitarreaba canciones de Mercedes Sosa, Víctor Jara, Joan Manuel Serrat. Era rupturista, creía en la bondad, en la cosa mística, y que no la he perdido.
—Da la sensación de que quería escapar…
—Tal vez, hasta de mí misma, de encerrarme en una vida de esquemas y reglas. No me gustaba que me pusieran límites, que me ordenaran y estructuraran la existencia, ¡no!, yo quería vivir mi volada de adolescente, en un tiempo en que las peñas te potenciaban esa cosa idealista. Y tomé el toro por las astas y apechugué sola. Para que veas mi temperamento y carácter; soy de armas tomar, de decisiones.
—No quería estructuras, sin embargo a los 18 figuraba casada, con hijos…
—Fue mi opción, nadie me obligó. Tú te haces el camino y el futuro.

‘SOY LA MISMA REBELDE DE SIEMPRE, aunque más tranquila, porque llevo la vida que me gusta. Mi regla es no obligarte a nada que no quieras hacer’.
—¿Esa rebeldía tuvo que ver con la ausencia de su padre que murió poco antes de nacer?
—No alcanzó a marcarme. A los tres años mi mamá —que tenía cuatro hijas— se casó con quien hasta ahora es mi papá, y tuvieron dos mujeres más. Ese hombre fue el gran amor de su vida, y yo lo adoro. Nelson es mi padre, y siempre quise ese patrón en los hombres.
—¿Buscaba una figura más paternal?
—Cuando a los 18 me casé con Oscar, él era todo: mi marido, el padre de mis hijos, quien me dirigía, un poco mi papá, mi consejero, lo más lindo que le puede pasar a una cabra tan joven. Y ahora, en una etapa bastante más avanzada, reencontrarme con el trabajo y el amor es maravilloso; pucha, ¡parece que no hice las cosas tan mal!
—¿Su revancha por lo mal que lo pasó?
—Lo que tengo me lo gané día a día, con esfuerzo, voluntad, cariño y una sonrisa. Todo lo que se pudo haber especulado, dicho y dejado de decir, hoy no tiene importancia. Nunca tuve que desgastarme en dar explicaciones; no lo necesitaba.
—Lo pasó mal, muchos años enjuiciada.
—Fue duro, pero desde el dolor, aprendes; te fortaleces y eres capaz de pararte más fácil. Si no importa cuántas veces te caigas, sino la voluntad que tienes de levantarte. Y no sólo por ti, sino por los que te rodean y te necesitan. Si los héroes son los que dan la batalla hasta el último y tienen un final feliz. Nunca me envenené, albergué odio, ni me lamenté por qué a mí. Y todo valió la pena, porque si no hubiera pasado por eso, no me estarían ocurriendo las cosas que me pasan ahora.
—Dijo que no haber cerrado el capítulo de la muerte de su madre pudo ser una de las causas de su infarto, ¿qué dejó pendiente con ella?
—Quizás habernos dado más tiempo y decirle más seguido que la quería. Las pérdidas de tus seres no se cierran nunca. Este año murió mi hermana de cáncer; hay que aprender a convivir con la pena, que el dolor vaya amainando y entender que a medida que pasan los años empiezan a morir quienes están a tu alrededor.
“Encontrarme con la muerte me hizo ¡vivir a concho!, a valorar todo, con las personas que yo elegí y haciendo lo que quiero, ¡punto! Ese es el aprendizaje, no hay más. Este tiempo de yapa, este bonus track, ¡vale oro! Ya no me desgasto en lo que no quiero, aprendí a decir no. Hoy vivo sin presiones, como soy; al que le gustó bien, al que no, ¡también! Si tengo invitados y quiero ir a acostarme, no tengo problemas en decirles: ‘quedan en su casa, ¡buenas noches!’. No más explicaciones ni sacrificios; y si lo hago, será contenta”.
—¿Le tomó respeto a la muerte?
—No, no le tengo miedo a nada. Sólo a perder un hijo; sufrir una enfermedad que me deje cagada, pero viva; y a la soledad impuesta. Para todo lo demás estoy preparada.
—¿Incluso a quedar sin pega y sin dinero?
—Cuando me fui de mi casa no tenía ni uno, me puse a trabajar y gané mucho por harto tiempo. Después me separé, cambió mi vida, tuve poco; lo justo y necesario para darle de comer a mis hijos. Teniendo para eso y pagar las cuentas está todo perfecto.
—¿No quedó con miedo a la pobreza?
—No, porque te insisto: nunca nos faltó nada, ni estuvimos tan botados de la mano de Dios. Tenía trabajos esporádicos, ahorros y su padre también estaba presente. Fue un período difícil, pero tomé las precauciones: me fui a vivir a la playa, cambié a los niños del colegio, mi vida dio un giro radical.
—¿Le costó abandonar la vida que llevaba?
—No le tengo ni un apego a la plata. Es necesaria para educar y darle lo mejor a tus hijos; el resto es para guardarla, regalarla o compartirla, no para ostentar. ¿Tú crees que voy a andar arriba de un deportivo de lujo o enjoyada?, ¡el día del loly!, no me interesa.
—¿Qué no haría jamás por plata?
—Prestar el poto, no transo mis principios. Tampoco haría un reality de mi vida…
—¿No seguiría los pasos de las Argandoña?
—No, quiero tener mi vida, no andar con una cámara colgando, ¡atroz! Por mi temperamento no podría estar tan expuesta, piensa que salgo de mi casa solo a grabar. No voy a fiestas ni a restoranes. Mi intimidad, mi familia, es sagrada.
—¿A ningún precio?
—¡Ni por un millón de dólares! Hay cosas que no se compran ni se venden, que no tienen precio. Respeto a quienes lo hacen, no tengo nada en su contra. Si alguien acepta vivir cinco meses mostrando su vida las 24 horas, ¡perfecto!; para mí, sería una tortura, ¡una pesadilla! ¿Vender a costa de qué? Para muchos puede resultar atractivo, yo prefiero un documental.
—¿Y justifica que TVN desembolse 250 millones entre Raquel y su hija?
—Está bien pues, le acertaron, al público le gusta y ellas no tienen problemas con ese tipo de cosas, así como otras personas no les complica mostrarse en pelotas en la TV. Yo tengo mis principios, mi familia, un marido y dignidad. Hay cosas que sí puedes ventilar, pero otras que son íntimas. Mi cuerpo es mío, jamás haría un desnudo o una escena de sexo explícita.
—¿Qué límites debe tener una figura?
—Cada cual pone los suyos. En las entrevistas hablo sobre las cosas que a la gente le interesa, y saben que soy honesta y transparente, por eso me creen. Lo que no quiero contar forma parte de lo privado, y es lícito respetarlo.
—¿Por qué no habla de política?
—Ni de política, ni de fútbol ni de religión. Me debo al público, y si te casas con un partido o equipo te cierras puertas y dejas gente afuera.

SE ABURRIÓ DE QUE LE PREGUNTEN POR SUS CIRUGÍAS, y que la gente piense que su pareja, el cirujano plástico Roy Sothers poco menos que la hizo de nuevo. “Y no pues, mis grandes operaciones han sido por urgencias. Me he arreglado sólo las pechugas y el abdomen, después de amamantar a cuatro cabros, ¡era lo mínimo!”. Reconoce algunos retoques y bótox, nada más. “Lo importante es no hacerse nada que te cambie mucho. La vejez hay que asumirla como corresponde”.
—Una tentación que Roy se dedique a esto.
—Podría ser, pero imagínate, me la pasaría en el quirófano. Uno debe cuidarse, la gente te ve todos los días, cachan altiro si te hiciste algo.
—¿Hasta dónde llega usted?
—Mi límite es mirarme al espejo y verme bien. Frente a un rollito hay que aplicar abdominales, ir a yoga, si meterse al pabellón no es un deporte. En un spa puedes arreglar un montón de cosas sin necesidad de intervenirte.
Cumplió 10 años con Sothers, y sólo tiene palabras amorosas para ese hombre que vive entre Santiago y Viña, y que asegura le salvó la vida en dos oportunidades: cuando se le perforó el intestino por un cuadro de divertículo y la socorrió a tiempo en medio del infarto. “El es quien necesitaba a estas alturas: un buen compañero, un partner, que esté contigo en las duras y en las maduras”.
—¿Se había topado con muchos pasteles?
—¡Uff!, si estos hombres como Roy están en extinción. Hemos construido un camino, y después de una década puedo decir que es lo mejor que me pudo pasar. Me enorgullece por sus valores, por lo que hace, por el padre que es. Con él quiero llegar a vieja, sé que lo voy a pasar bien.
—¿Por qué no se han casado?
—No es tema. Ya me casé y me separé, ahora estoy en otra. El compromiso no está en un papel, sino en uno, en la vida, en el día a día.
—Usted quería tener un hijo con él, ¿por qué Roy no se entusiamó con la idea?
—En un momento dijimos pucha que sería lindo tener un hijo, pero no. O sea cuatro por mi lado, tres por el suyo, habría sido una locura, mejor esperar a ser abuelos. Pensamos después en adoptar un niño haitiano… Son esas ideas locas, románticas que te vienen.
—¿Cambió como pareja en esta pasada?
—Soy la misma, la esencia no cambia. Puede que esté más tolerante, y ahora cuento hasta diez antes de tirar la patochada. Más paciente y comprensiva, y trato de no imponer sino decir ¿sabes?, yo pienso diferente. Pero cuando te sientes segura, tranquila y feliz con alguien que te responde con amor y cariño, entregas lo mismo. Esos errores, esas cosas de temperamento, los arrebatos hoy no sirven. Y si vamos a cometer un arrebato, ¡cometámoslo juntos!, que sea entretenido, y tomados de la mano. Quiero que nuestros hijos vean eso, seamos un patrón de conducta, y digan ¡qué entretenidos los viejos! Ellos lo pasan súper con nosotros, nos vamos a la playa, de viaje, nos sentamos a comer con un traguito, y hablamos de todo con plena libertad.
—¿Sus hijos aceptaron sin problemas a Roy?
—Lo adoran, no sólo por lo que me salvó dos veces la vida, sino por cómo es él, respetuoso con ellos. Yo soy la mamá, y él participa en lo que yo le permita, jamás va a pasar a llevar un territorio que no le corresponde. Fíjate que a estas alturas el amor es distinto, y el nuestro es divertido, movido, porque pucha que viajamos harto. Llevamos la juventud por dentro, lo que evita que nos convirtamos en unos viejos de mierda.
—¿Como vive el éxito de su hija Mayte?
—No lo veo tan así. Hizo un buen trabajo en Infiltradas, le dieron mucha importancia, pero fue un momento. Se ha destacado más por su belleza, simpatía y simpleza. Está aprendiendo rápido el oficio, va para arriba, aunque ella es de muy bajo perfil.
—¿Por consejos de su madre?
—¡Estás loca!, ella me los da a mí. Tiene modelo; salió corregida y aumentada.
—¿Con ganas de trabajar juntas?
—Me encantaría, y ojalá sacarla de La sexóloga; se les pasa la mano con tantas imágenes de sexo. No creo que lo esté pasando bien. Su personaje no existe, con suerte la vez muy de tanto en tanto con un hábito, dice un par de cosas, pero sin historia ni argumentos, que es lo que ocurre con esa novela en general. Estoy tratando de verla, pero me cuesta, termino siempre en Discovery Channel.

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