Intensa, cruda, apasionante, la historia de un equipo de competitivos y arrojados cirujanos de un hospital de Nueva York de principios de siglo mezcla personajes controvertidos y fascinantes, con la descripción de una época en la que todo estaba por definirse (y casi todo podía pasar).

En “The Knick” puede que haya más sangre que en película de vampiro (calcule no más la mesa de operaciones) y que los “héroes” dejen mucho que desear, pero preste atención: esta es una serie top ten, es decir, YA tiene que incluirla en su lista de pendientes, si es que aún no la ha visto.

La producción de HBO, que dirige nada menos que Steven Soderbergh y protagoniza Clive Owen, está a punto de estrenar segunda temporada y en sus 10 primeros capítulos, sin anestesia y a la vena, nos ha mostrado a un antihéroe de aquéllos, así como la temeridad con que se practicaba la medicina sabiendo casi nada.
El genial y creativo cirujano Dr. John W. Thackeray (Owen) es adicto (¡pero en mala!) a la cocaína, sustancia que por lo demás se expendía en las farmacias y se usaba regularmente en los hospitales como anestésico.

Arrogante y prepotente, Thack se ve obligado a recibir en su equipo al Dr Algernon Edwards (Andre Holland) -con una excelente formación en las mejores universidades de Europa- porque quien lo incorpora al staff es Cornelia Robertson, representante de la familia que sustenta al hospital.
Lo que molesta a Thack ¡y ni qué decir al resto del equipo! es que Edwards es negro.
El Dr. Edwards, que cobrará cada vez mayor relevancia en la historia, tampoco se las hace fácil: es muy educado, pero es orgulloso, conflictivo y tan resuelto como el resto de sus colegas.

En realidad, cada uno a su modo, unos más que otros, todos son pendencieros y competitivos, en una Nueva York en estado semi salvaje, una sociedad en formación, igual que la medicina, donde los prostíbulos, las mafias chinas con sus fumaderos de opio, las peleas clandestinas con el añadido de ratones en el improvisado cuadrilátero, las monjas que adoptan niños y las aborteras discretas conviven con el personal del hospital Knickerbocker (The Knick) y la aristocracia local.
Entre estos doctores, la dulce y avispada enfermera Lucy Elkins (Eve Hewson, la joven hija actriz de Bono), que aprenderá a la par que sus jefes y se involucrará insospechadamente en asuntos que no debería.

Los cirujanos -en medio de un anfiteatro con alumnos y otros médicos observando- hacen césareas a pacientes con placenta previa, extraen tumores, apéndices, etc. Todo a ciegas y probando sus hallazgos (créame, algunos sobreviven). Sin guantes, sin mascarillas.
Nada más saque la cuenta que la penicilina recién hace su entrada en 1928, que el hallazgo de los grupos sanguíneos ocurre entre 1901 y 1911, que los rayos X (que aquí aparecen como la gran modernidad, que lo era) descubiertos en 1895 por Röngten se aplicaban alegremente con bario radioactivo y que la cocaína se usaba con fines medicinales desde 1880 (Freud la recetaba a sus pacientes).

Hacia los capítulos finales aparecen siquiatras con sus peregrinos métodos, ensayando -al igual que los cirujanos- en sus hospitales con los desdichados pacientes.
El último primer plano del capítulo 10, ese con que cierra la primera temporada, deja pasmado al espectador más preparado, con una imagen muy simple, pero rotunda.
Una muestra más que “The Knick” es, como toda buena serie, un espléndido largometraje por entregas, en el que en 10 horas han ocurrido tantas cosas y tan vertiginosamente (las elipsis, gran recurso muy bien usado) que todas las piezas de ajedrez terminan en los más inimaginables lugares del tablero.

Dato: el personaje de Thackery se inspiró en el Dr. William Stewart Halsted, uno de los cuatro fundadores del John Hopkins Hospital de Baltimore, quien luchó contra la adicción a la coca y la morfina a lo largo de toda su carrera.

Dónde: Temporada 1 en HBO Go y HBO on demand. Temporada 2, comienza el 16 de octubre.

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