The Killing es el mejor ejemplo de cómo una fórmula que puede parecer conocida y reconocida puede alcanzar una dimensión nueva gracias al talento de un guión espléndido y unos personajes entrañables. Primero está la receta, el tópico, eso que se supone pone a la producción en el filo del cliché: pareja de detectives con vidas disfuncionales, asesinatos con motivaciones misteriosas que se entrecruzan con los hilos invisibles del poder político. Luego el toque de autor de una serie originalmente danesa que logró éxito internacional con su versión norteamericana. 

La producción, aunque rodada en Vancouver por razones presupuestarias, está ambientada en la lluviosa ciudad de Seattle, que más que un mero paisaje le imprime un tono y una atmósfera a las historias. La locación consigue un cierto encanto nórdico que evoca en algo la serie Wallander, aquella del solitario detective sueco en donde el foco está puesto en la fragilidad de las relaciones humanas. 

La serie arranca con la desaparición de una adolescente que trastorna la plácida vida de una familia de clase obrera. Como la punta de un hilo que en la medida que se tensa desarma un tejido tupido revelando su entramado, el guión va desarmando las primeras apariencias y mostrándole al espectador las historias sumergidas bajo la superficie, los pequeños secretos que pueden ocultar grandes horrores. En ese sentido es inevitable la comparación con Twin Peaks. Tal vez el guiño a la serie de los años ’90 fue voluntario, tal vez no. Aun así las similitudes con aquella serie son, a la larga, una especie de pista falsa, como muchas otras que en los capítulos terminan confundiendo tanto a los detectives protagónicos como al espectador. The Killing juega con los prejuicios de la audiencia de una manera sutil. Como un dedo acusador pareciera burlarse de los clichés internalizados y torcerlos de una forma inesperada, sin las fanfarrias de triunfo que suelen acompañar la escena en que la verdad queda al descubierto.

La serie instala un vínculo con el espectador, lo desafía. Va dejando carnadas y sembrando dudas para mantener la atención en un relato que se balancea entre una historia bien contada y un coro de personajes que logran una profundidad insospechada. En cada capítulo aparece un nuevo matiz, una nueva luz que le da sentido a las acciones de cada uno de los miembros del coro encabezado por la detective Sarah Linden, arrojándolos a una maratón de desafíos éticos cotidianos de consecuencias devastadoras. La detective Linden, interpretada con acierto por Mireille Enos, tiene el atractivo de los que saben convivir con la derrota. 

The Killing estrena en agosto su cuarta temporada y final en Netflix, mientras tanto en el canal de cable AXN exhibe las temporadas anteriores. 

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