Villano entre villanos, maestro del engaño. Kevin Spacey (54) hizo noticia con House of Cards, una magistral serie candidata al Emmy. Es una serie especial: no va por televisión abierta ni por cable; sólo por la señal online de Netflix, para ver por internet. Como ahora está de moda esto de ver temporadas completas, el 1 de febrero pasado lanzaron de una vez los trece episodios.

Ahora trabajan en la segunda temporada. Spacey —que lleva diez años viviendo en Londres, como director artístico del tradicional teatro Old Vic— ha dirigido, producido y actuado. Mucho antes, en 1996, fue una de las estrellas del filme En busca de Ricardo III, de Al Pacino. Hace dos años protagonizó Ricardo III en el Old Vic, una obra en que el malvado rey le habla a menudo directamente a la audiencia: “Mirar a los ojos del público y hacerlos cómplices, fue delicioso”.

En House of Cards Kevin también le habla frecuentemente a la cámara. “Es más íntimo, pero todavía se siente rico y excitante mirar al lente y saber que estoy mirando a los ojos de la gente”.

Wp-spacey-450

Para esta entrevista en Londres, aparece bronceado, con un terno azul claro y camisa blanca abierta. Destila éxito y poder. Tal como su personaje en la serie, Francis Underwood, un líder político de Carolina del Sur que, cuando lo postergan en el puesto que le habían prometido como Secretario de Estado, nos dice acerca del hombre que pusieron en su lugar: “Casi me da lástima. El no eligió ser puesto en mi plato. Cuando lo corte en pedacitos y lo arroje a los perros, enfrentará esa inescapable verdad brutal: ‘¡Mi Dios, al final sólo conseguí convertirme en menudencias!’”.

En una de las primeras escenas, atropellan a un perro en el vecindario. Underwood se acerca y ve que el animal sólo va a sufrir. Mira a la cámara y dice: “Hay dos tipos de dolor: el que te hace más fuerte (o dolor inútil), y el dolor que es sólo sufrimiento. No tengo paciencia para las cosas inútiles”. Y lo estrangula.

En la vida real, la manera de hablar de Spacey da mucho trabajo al director de escena. Usa ritmos inusuales, acentúa palabras inesperadas, chasquea sus dedos cuando surgen otras, acelera en respuestas abruptas repentinas, o disminuye el paso en disecciones lánguidas; se involucra y se ausenta.

Kevin nació en Nueva Jersey el 26 de julio de 1959 y creció consciente de los peligros de la ambición frustrada. Su padre escribía manuales técnicos, pero soñaba con ser novelista (cuando murió, Spacey descubrió que había escrito una novela en 16 volúmenes, que jamás mostró). De su vida privada el actor no habla. Su pareja hace ya muchos años, Dianne Dreyer (supervisora de guiones), lo acompañó a recibir el Oscar al Mejor Actor en 1999.

—¿Qué separa al hombre ambicioso del hombre de éxito?
—Oh, no sé. La suerte probablemente. No creo que puedas ser solamente ambicioso y no tener suerte… Tuve mucha suerte con mucha gente que creyó en mí muy joven y me amparó.

Wp-spacey-450-2

Tenía 13 años cuando participó en un taller que dirigía el célebre Jack Lemmon. El veterano actor se le acercó y dijo: “Eso estuvo maravilloso. Debes ir a Nueva York y estudiar porque eres un actor nato”.
Siguiendo el consejo, terminado el colegio, se fue a estudiar drama a la famosa Juilliard School. Al poco tiempo estaba actuando en Broadway. De allí pasó a algunas series, como L.A. Law.

¿Un gran año? 1995. Triunfa con Los siete pecados capitales (Mejor Villano de los premios MTV) y Los sospechosos de siempre (Oscar al Mejor Actor Secundario).

Hoy la apuesta está en internet. El director de House of Cards es David Fincher (El Club de la Pelea, La red social), quien dirigió a Spacey en Los siete pecados capitales. El guionista, Beau Willimon, tiene experiencia con dramas políticos: hizo el guión de Los idus de marzo (George Clooney). “Me gustó el hecho de que Beau fuera dramaturgo. Si íbamos a intentar tener un arco prolongado, entonces era enormemente importante contar con alguien que entienda de la estructura”, afirma Kevin. La serie ha sido tal éxito que lo llevó a postular al Emmy como mejor actor. Su malévola esposa, Robin Wright, a la mejor actriz.

“La televisión ofrece algo diferente del cine y del teatro. Consigues el tiempo para examinar un personaje o una serie de circunstancias durante un largo arco; es algo que no puedes hacer en una cinta. Las películas son muy condensadas. Ha habido un cambio hacia filmes más largos, de modo que para mí tiene mucho sentido que los directores, actores y escritores quieran trasladarse a un lugar en el que sientan que pueden explorar temas complejos, ya sea antihéroes o historias acerca de política”.

House of Cards presenta un retrato mucho más oscuro de la política estadounidense que The west wing. ¿Cómo se compara con la vida real? “Cuando terminamos de filmar, vuelvo al hotel y prendo la televisión, a menudo pienso que nuestras líneas no son tan descabelladas”.
En la serie Spacey es un demócrata, amigo de Bill Clinton. “Me ayudó mucho que los líderes de la Casa de Representantes me permitieran seguirlos por el Capitolio sólo para comprender lo que es acorralar a 218 congresistas y conseguir que voten lo que tú quieres. Tal vez el acertijo moral de la serie es: Francis es diabólico, Francis es brutal, pero es eficiente. Consigue que se hagan las cosas”.

—¿Cree todavía en la política?
—Creo en el servicio público.

Wp-american-beauty-450

Lo han descrito como muchas cosas en su carrera: arrogante, vano, inescrutable. ¿Reconoce estas cualidades en sí mismo? “¿Soy arrogante? He sido, seguro; todos han sido. ¿Es esa mi cualidad 100 por ciento? No; eso no es lo que soy”.

—¿Por qué las personas siempre le están pidiendo que haga de villano? Estoy pensando en el Jack Vincennes de L.A. Confidential; en el John Doe de Los siete pecados capitales; en el Keyser Söze, de Los desconocidos de siempre…
—No puedo responder esa pregunta porque no lo veo como un villano. No hago de villano. Ni siquiera sabría cómo hacerlo. El público es el que debe decidir qué es. No puedo juzgar los personajes que actúo, sólo puedo hacerlos.

Se ve un poco molesto: sus ojos brillan.
—Son seis películas en que las personas se han quedado pegadas y han dicho: ‘¡Oh, es un villano!’; pero llevo 25 años haciendo muchos otros papeles.

—Esos filmes se han destacado, insisto; usted aporta algo a esos personajes.
—Sí, pero me está haciendo una pregunta que debo responder desde afuera y yo estoy adentro. No tengo idea…
Así es entrevistar a Kevin Spacey. El es encantador, voluble, a veces político, a veces casi infantil en su entusiasmo, luego repentinamente cauteloso o impaciente, ligeramente malhumorado.

¿Será ambicioso como Francis Underwood, su personaje? “Ya no. Fui, y mucho, por alrededor de diez años; entonces me dije: ‘OK; eso ocurrió mejor de lo que esperaba’, y allí decidí cambiar mi foco”.
Las cosas llegaron al clímax con Una belleza americana (1999), cuando obtuvo el Oscar al Mejor Actor. “Pensé: ‘¿Pasaré los próximos veinte años tratando de superarme a mí mismo?’ Y mi respuesta fue: ‘No, ya lo hice. Quiero hacer algo diferente’. Venirme al Old Vic fue la elección correcta”.

Spacey confirmó que va a retirarse en 2015. ¿Está haciendo planes más allá? “Bueno, House of Cards tomará algún tiempo y no sabemos si vamos a hacer más temporadas después de estos 26 episodios. Siento como si los diez años que he vivido en Londres me hubieran ido preparando de alguna manera para algo como esto. Este es un largo compromiso: un personaje notablemente interesante y complicado. Espero ser un mejor actor ahora que lo que era cuando comencé en el Old Vic”.